Ficciones Borges, Jorge Luis


Borges, Jorge Luis. Ficciones - España : Alianza Editorial, 1998.
216 p.
ISBN 84-487-0470-3

Indización Juridica

DERECHO CIVIL > FAMILIA Y SUCESIONES> ALBACEAS
DERECHO Y CULTURA > CURADORES DE OBRAS
DERECHO COMERCIAL > CONCURSOS Y QUIEBRAS
DERECHO ADMINISTRATIVO > SERVICIOS DE INTELIGENCIA

Citas textuales:

“Fang, digamos, tiene un secreto, un desconocido llama a su puerta, Fang resuelve matarlo. Naturalmente, hay varios desenlaces posibles: Fang puede matar al intruso, el intruso puede matar a Fang, ambos pueden salvarse, ambos pueden morir, etc. En la obra de Ts’ui Pen, todos los desenlaces ocurren; cada uno es el punto e partida de las otras bifurcaciones. Alguna vez, los senderos de ese laberinto convergen: por ejemplo, usted llega a esta casa, pero en uno de los pasados posibles usted es mi enemigo, en otro mi amigo.”

“No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos. En éste, que un favorable azar me depara usted ha llegado a mi casa; en otro, usted al atravesar el jardín, me ha encontrado muerto; en otro, o digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma.”

 

INTERROGANTES

  • ¿Cuál fue el cambio de paradigma respecto de las normas concursales?
  • ¿Cuáles son los escenarios posibles ante un deudor que se concursa o quiebra? ¿Cuáles son las medidas que un acreedor debe tomar ante un deudor que se concursa?
  • ¿En qué situaciones se ve en detrimento el derecho del acreedor ante un fallido?
  • ¿Cuáles son los recaudos que la ley debería normar para evitar una quiebra fraudulenta encubierta?
  • ¿A quién beneficia realmente la ley de concursos y quiebras? ¿Cuál es la intención del legislador al regularla?

COMENTARIO

EL PAGO EN FRAUDE A LOS ACREEDORES,

EN UN CONCURSO PREVENTIVO

 Por Pedro Sánchez

Titular de Cátedra de Derecho Concursal de la Universidad Nacional de

Salta, en la Facultad de Ciencias Económicas, Jurídicas y Sociales”

E-mail: pedro.sanchez@abogados-salta.com

Enviado: 24/04/2017

EDITOR: Noelia Lopez (noelialopez@derecho.uba.ar)

Sumario: De tanto preguntarnos sobre distintas interpretaciones posibles de las normas jurídicas, nos hemos encontrado con Borges en “El jardín de los senderos que se bifurcan” y allí, o a partir de allí, proponemos una forma de mirar al derecho como algo no sólo dinámico (linealmente pensado hacia adelante) sino simultáneamente distinto (pensado en forma circular y en el cual interpretaciones antagónicas, son posibles). La propuesta filosófica, tal vez sea una revitalización de la diferencia entre norma jurídica, estática, y regla de derecho, dinámica; conforme fuera planteada por Kelsen en su Teoría pura del derecho[1].

De un acontecimiento que acaece en un tiempo y espacio determinados, decimos que es verdadero o falso; el Borges de “El Jardín”, propone la posibilidad de que infinitas cosas ocurran de manera simultánea y todas verdaderas, en términos de juicios lógicos.

Pues bien, a partir de esta idea[2] nos preguntamos si el derecho puede ser susceptible de distintas interpretaciones; todas, válidas.

Tal vez de esto se trate este trabajo, para lo cual vamos a utilizar de pretexto un instituto de uso frecuente en los concursos preventivos, que consiste en alcanzar las mayorías concordatarias mediante la utilización de los institutos de cesión de créditos o pago por consignación, para alcanzar las mayorías concordatarias[3].

Hipótesis: Si bien nuestro tema central está referido al pago en fraude a los acreedores en el marco de un concurso preventivo, surgió como hipótesis sujeta a demostración ulterior, que las obligaciones (y, en consecuencia, el pago) pierden virtualidad jurídica en el marco de un concurso preventivo de acreedores.

Introducción

¿Por qué se ha puesto en boga el análisis del derecho desde una perspectiva literaria o cinematográfica, o en última instancia, artística?

No sabemos, pero sí afirmamos que tanto el derecho como el arte tienen un común denominador: ambos modifican realidades.

Nosotros, desde Rabinovich-Berkman[4], metimos las narices en ese apasionante mundo y descubrimos algunas cosas interesantes. En este artículo, motivado y alentado por la Dra. Wierzba[5], recurrimos a “El Jardín de senderos que se bifurcan”, de Borges; aunque también declaramos que la punta del ovillo que nos llevó a  esta fusión jurídico-literaria, y un modo particular de entender el “tiempo”, fue Milan Kundera, desde su “Insoportable levedad del ser”.

Este autor, en “El inmortal”, plantea las virtudes de la finitud de nuestra existencia;  en “Funes el memorioso”, propone al pensamiento como un modo de soportar la realidad; en ambos, entiende al tiempo de forma lineal y hacia adelante. En cambio, en “El jardín de los senderos que se bifurcan”, propone una forma distinta de pensar la realidad; en la que el tiempo (y por consiguiente, el espacio) tiene una forma de entramado complejo y tridimensional.

En “El inmortal”, el devenir es lineal. Hay un pasado, un presente y un futuro, que nunca se sabe cuándo termina. Además de ser una loa a la muerte que se erige en el motor de nuestra existencia (así de paradójico), el tiempo transcurre hacia adelante. No sabemos si hay o no un final, pero si sabemos que la inmortalidad se alcanza en un espacio y en un tiempo determinados.

En “Funes el memorioso”, sigue habiendo una descripción de la realidad en términos de un pasado y un futuro, pero aparece, solapadamente, una idea circular del tiempo. La posibilidad de Funes de relatar (sin pensar) lo ocurrido durante un día cualquiera en exactamente un día, esboza una idea de una circularidad temporal (tal vez tomada del concepto del Eterno Retorno, de Nietzsche).

En cambio, en “El Jardín de los senderos que se bifurcan”[6] lo circular se convierte en laberíntico, y se plantea una nueva concepción del tiempo y, por ende, del espacio.  Siembra las bases para una comprensión compleja de nuestra existencia, que se traduce en distintas “capas de realidad”[7] o “dimensiones”[8] que ocurren en paralelo y simultáneamente[9]. Hoy, desde la física cuántica, parecería que esta forma de entender la realidad tendría respaldo científico (entendido como un método para adquirir conocimientos).

En ninguno de los tres cuentos se esboza la posibilidad de entender el origen ni el final de lo que ocurre.  Ello constituye un dato adicional que nos permite inferir que el trasfondo de Borges es siempre, o casi siempre, la muerte.

Como estos son modos de entender la realidad, y el derecho la integra e incluso la modifica[10], bien podríamos pensarlo en el formato del jardín de Ts’ui Pên, donde una norma jurídica pueda existir con una forma determinada, no haber sido siquiera redactada, o haber sido promulgada de un modo distinto. Luego, aceptada su existencia, pueda ser interpretada de distintas maneras: en una de ellas, por ejemplo, el acreedor tendrá derecho al cobro integral de su crédito; en otra, nada podrá exigir a su deudor (ni a nadie); y, en el medio, cientos de posibilidades de cobros parciales. Afirmamos que todas estas interpretaciones, en un plano abstracto, pueden ser ajustadas a derecho; y, –llevadas a un plano de realidad– todas pueden coexistir en casos concretos, que se producen a diario.

Tomamos la matriz del cuento elegido, y lo pensamos al derecho de un modo complejo, sin la soberbia de concebirlo desde una verdad absoluta.  Ello no obsta a que partamos de una premisa necesaria de análisis, que es la de aceptar la existencia o vigencia positiva de una norma jurídica. Nuestro objeto de estudio científico es la norma jurídica, y la matriz propuesta sólo sirve para justificar distintas interpretaciones posibles. Es decir, nuestro punto de partida es ius positivista.

Dos mundos, que conviven en un mismo tiempo

Sabemos que en el mundo del intercambio de bienes y servicios, construimos  normas jurídicas que le dan estabilidad al sistema.  Dentro de ellas, los alemanes plantearon el “shuld” y el “haftung”, con la finalidad de explicar que cuando alguien asume una deuda, el derecho le crea automáticamente un responsable, ante la posibilidad de incumplimiento de aquella.

¿Para qué?

Para que el sistema, monopolio de la violencia mediante, funcione y se produzca el elixir de los dioses: la acumulación de riquezas.

Dentro de esta complejidad sistémica (en términos de la teoría luhmanniana[11]), que conocemos como el derecho de las obligaciones, aparece un micro sistema que lo rompe desde adentro y lo deja sin fundamentos: el derecho concursal.

Este nuevo sistema, ideado o adaptado por un grupo de burgueses durante la Edad Media, para darle credibilidad y estabilidad al comercio, estaba pensado para regular las conductas entre sujetos que se dedicaban a lo mismo: ganar dinero como fin último de su actividad. Las normas eran más o menos “buenas” pero, en cualquier caso, tenían una finalidad práctica, que era instalar reglas de conducta colectivas que permitieran el funcionamiento y la estabilidad del sistema. ¡Vaya si lo lograron!

Para decirlo en términos simples, el que dejaba de pagar una deuda (cualquiera fuera el motivo) caía en quiebra instantáneamente, de pleno derecho; la quiebra era declarativa.  Como consecuencia de ello, al deudor se lo colocaba en una picota o en la cárcel; se disponía de sus bienes para ser repartido entre los acreedores; se lo torturaba para que confesara la existencia de bienes ocultos y hasta se podía disponer de su cuerpo, o de partes de él. Esto que suena casi a un cuento[12], tiene su importancia pues, con el paso de los años, se adaptó todo ese sistema normativo pensado, interpretado y ejecutado por los propios interesados (los comerciantes) al sistema jurídico de fondo y de forma.  Así, se encapsuló todo el procedimiento concursal dentro de un proceso judicial[13] y además se incrustaron institutos de derecho privado a una rama que nació de otro modo[14] y con otros paradigmas.  Todo ello genera, en la actualidad, una incomprensión de muchos institutos que se utilizan con cierta liviandad.

La consecuencia de estas dos misceláneas, que hoy conviven en la ley de concursos y quiebras, es que se utilizan los procedimientos concursales acríticamente, y sin más conceptos arraigados en el derecho de las obligaciones (nuestro pago por subrogación, es un buen ejemplo). Con ello, se “legalizan” actos fraudulentos que permanecen ocultos detrás de esta confusión, que se genera por no detenernos a estudiar con profundidad los procesos históricos de los institutos jurídicos y su relación con los contextos en los cuales nacieron y permanecieron en el tiempo.

A continuación desarrollamos lo que queremos decir con este último párrafo.

“El pago debe hacerse sin fraude a los acreedores”

Lo expresado en el subtítulo es lo que regula el art. 876 del Código Civil y Comercial[15] de la Nación; ahora, ¿qué significa?

La lectura de este artículo, en distintos contextos, puede aparejar distintas interpretaciones.

En el marco de una compraventa de un bien inmueble entre dos particulares, no creemos que existan muchas diferencias interpretativas para detectar un pago fraudulento que permita aplicar el artículo señalado.

En cambio, en el contexto de un concurso preventivo de un grupo económico, que ha tramitado bajo el régimen del concurso por agrupamiento, en el que se han formulado propuestas unificadas (arts. 65 a 67 L.C.Q.); se han realizado pagos por subrogación a algunos acreedores renuentes a aceptar la propuesta de pago; en el que los acreedores subrogados han dado sus conformidades, con las que se alcanzaron las mayorías establecidas por los artículos 45 o 67 del citado régimen; y, como consecuencia de ello, el juez del concurso ha homologado el concurso, la respuesta a la pregunta “¿qué significa que el pago deba hacerse sin fraude a los acreedores?” tiene mayor grado de complejidad y admite distintas respuestas posibles. Intentaremos dar algunas, aunque adelantamos que no somos buenos para las respuestas.

¿Cómo puede hacerse un pago en fraude a los acreedores?

Comenzamos por refrescar el concepto de pago: “… el pago es el cumplimiento de la prestación que constituye el objeto de la obligación (conf. Art. 865 CC y CN).  En otros términos, el pago significa el cumplimiento de la prestación debida y marca el momento de mayor virtualidad de la obligación, en la medida que ésta se constituye para pagarse”[16]. También, “… habrá pago cuando el deudor realiza la prestación debida a favor del acreedor, que comporta, al mismo tiempo, la extinción de la obligación”[17].

El pago supone la existencia de una obligación que se extingue mediante aquel acto jurídico. Lo que nos lleva a refrescar el concepto, ahora legal, de aquella: “La obligación es una relación jurídica en virtud de la cual el acreedor tiene el derecho a exigir del deudor una prestación destinada a satisfacer un interés lícito y, ante el incumplimiento, a obtener forzadamente la satisfacción de dicho interés” (art. 724 CCCN).

Si el deudor cumple exactamente con la prestación a su cargo, y con ello satisface el interés legítimo del acreedor, es decir, si paga, no advertimos que pueda haber un fraude en el acto jurídico extintivo de la obligación. Es decir, el pago en sí no podría ser fraudulento, sino la obligación. La posibilidad de realización de fraude mediante la creación de una obligación que –pago mediante– se haya pergeñado para defraudar a otros acreedores, supone necesariamente dos presupuestos: un sujeto ajeno a la relación obligacional fraudulenta y la insatisfacción del interés lícito de este otro acreedor. Huelga decir que pueden ser varios los acreedores insatisfechos.

En definitiva, lo que la norma parece regular es la conducta de un sujeto que paga una obligación, y mediante ese pago realiza un ardid o engaño para defraudar a otros acreedores, distintos de esa relación obligacional. El pago es parte de una maniobra que nace con una obligación ilícita o nula, y que fue constituida al solo efecto de sacar bienes del patrimonio del deudor, de un modo ilícito.

El problema que plantea el artículo en cuestión, y que el Código sanciona con la acción revocatoria, se puede dar “sí y sólo sí” en el fantástico mundo de la insolvencia, donde el presupuesto objetivo necesario es la insatisfacción de los intereses de los acreedores legítimos.

En efecto, nuestro mundo es fantástico y por muchas razones.  Por ahora, afirmamos sólo una de ellas: las obligaciones no tienen cabida y, por ende, su modo normal de extinción, tampoco.

¿Parece exagerada nuestra enunciación?, veamos:

La definición legal del nuevo código, de una obligación, tiene dos tramos (“shuld und haftung”).  El segundo, se refiere a la posibilidad de obtener forzadamente la satisfacción del interés legítimo del accipiens. Sin embargo, este elemento constitutivo del concepto Obligaciones no funciona, estrictamente así, dentro del mundo del derecho concursal.  Es decir, aquello que coloca a las obligaciones en la cima del mundo del derecho patrimonial[18] pierde virtualidad jurídica, pues nunca se satisfacen los intereses legítimos de los acreedores, tal como fueron concebidos.

Lo curioso, y que ya adelantáramos supra, es que aun cuando se han desnaturalizado conceptos básicos del derecho privado (el ejemplo de las obligaciones es solo uno de ellos, y fue elegido por su pertinencia en la materia), se los sigue utilizando, sin más, en el contexto del derecho concursal.  Es decir, la “civilización” de esta rama del derecho comercial y su incrustación dentro del derecho procesal[19], sólo genera confusiones al momento de interpretar normas; sin embargo, no es un tema que haya entrado en la agenda de quienes han analizado esta fusión civil–comercial en nuestro nuevo código.

Para concluir, reiteramos que un pago fraudulento solo puede plantearse dentro del mundo de la insolvencia, en el cual las obligaciones dejan de ser tales y, por ende, los pagos también. En los concursos, las obligaciones pierden el elemento que mejor las caracteriza, y que consiste en la posibilidad de ejecutar forzadamente los créditos contra los deudores remisos. En los concursos, los pagos nunca son el “cumplimiento de la prestación que constituye el objeto de la obligación”, ni tampoco satisfacen el interés de los accipiens.

Ambas afirmaciones, deberán ser probadas en otro trabajo, pues no constituyen el núcleo del presente; sin embargo, nos sirve como una preliminar para lo que viene.

 

El pago por subrogación, en un concurso preventivo.

Dos preguntas:

  1. ¿Qué es el pago por subrogación?

Wierzba[20] respondería: “… es aquel efectuado por un tercero, a quien se le transmiten todos los derechos y acciones del antiguo acreedor, por efecto de ese pago”. Como consecuencia de tal definición, el art. 914 del nuevo régimen regula: “El pago por subrogación transmite al tercero que paga todos los derechos y acciones del acreedor”.

  1. ¿Cómo funcionaría este instituto en el marco de un Concurso Preventivo?

Imaginemos una situación, probable:

Un sujeto p es titular de un crédito. Su deudor q, a su vez, tiene otras deudas pendientes de ser pagadas e incurre en estado de cesación de pagos.  Éste solicita la formación de su concurso preventivo y consigue su apertura.

Durante el trámite del procedimiento concursal, obtiene las mayorías previstas por la ley de concursos y quiebras para que el juez homologue el “acuerdo”. Dentro de las conformidades, hay algunas que completan la conformación de mayorías y que han sido formalizadas por otros sujetos, ajenos a las relaciones originales, denominados r, que han desinteresado a algunos acreedores originales mediante el instituto del pago por subrogación  (art. 914 CCCN). Dichos pagos se hicieron sobre los montos nominales verificados o declarados admisibles (art. 19 LCQ), aunque los subrogantes han aceptado la propuesta concordataria que consistía en quitas nominales del cuarenta por ciento.

Es decir, pagaron un monto nominal que los acreedores originales no se pudieron rehusar, pues se les abonó el cien por cien de los montos declarados verificados o admisibles; luego, aceptaron una quita del cuarenta por ciento de estos valores y, con ello, se obtuvieron las conformidades necesarias para que el juez del concurso homologue el “acuerdo”.

El dato que nos coloca en situación es que, en el concurso de q, existen acreedores  que verificaron sus créditos, no dieron sus conformidades, pero se les aplica la quita del cuarenta por ciento, por efecto del art. 55 LCQ.

Entonces, ¿esta sería la base fáctica del art. 876 CCCN?

Sí.

 

El jardín de los senderos que se bifurcan

Entre p y q existe una relación jurídica en la cual p es acreedor de q por doscientos mil pesos.

¿Cómo puede culminar esa relación?

De infinitas maneras posibles; aunque imaginaremos solo algunas, estrictamente vinculadas al derecho y a las pocas normas jurídicas traídas a colación.

  1. En un tiempo, q cumple su obligación, y paga su deuda íntegramente, en tiempo y forma.
  2. En otro, q se concursa, y comienzan a aparecer algunos senderos.

Por efecto de la apertura del concurso de q, y por el solo transcurso del tiempo en un contexto inflacionario, p pierde el cuarenta por ciento del valor de su crédito, como consecuencia de la suspensión de intereses regulada en el art. 19 LCQ. Luego, sometido a las mayorías del resto de los acreedores, su obligación principal ha sido novada por efecto de la homologación del concordato (art. 55 LCQ), y el crédito original de doscientos mil pesos se ha convertido en uno nominal de ciento veinte mil, por haberse aprobado la propuesta de acuerdo de una quita del cuarenta por ciento. A su vez, se homologó un plan de pago de tres anualidades, sin intereses, a contar desde los treinta días de homologado el concurso.

En este caso, p sufre una quita por el efecto inflacionario antes citado; luego, otra quita conformada por la mayoría de acreedores, en la cual él no tuvo injerencia, de un cuarenta por ciento nominal; finalmente, otra quita, de otro tanto, por el efecto inflacionario del plan de pago en tres anualidades.

Este p termina cobrando[21] un diez o veinte por ciento del valor de su crédito, varios años después de que su crédito fuera exigible.

  1. En otro tiempo, el acreedor p tiene suficiente entidad en la conformación de las mayorías que requiere el art. 45 LCQ, y q necesita de esa conformidad para alcanzar dichas mayorías.

En un sendero, p no le da la conformidad y q termina en quiebra, con cientos  de variables posibles vinculadas a la existencia de bienes realizables de la quiebra, a la tarea de la sindicatura y del juez del caso concreto.  Tales posibilidades van desde no cobrar un peso (hecho frecuente para acreedores quirografarios) hasta cobrar el cien por ciento de su crédito.

En otro, pasa lo que ya venimos insinuando:

Ante la negativa de p, de aceptar una propuesta de pago que redujera su crédito en un ochenta o noventa por ciento de su valor real, aparece en escena otro sujeto que denominamos r, quien paga el total nominal del crédito de p (que ya sufrió una disminución del valor real del cuarenta por ciento, por efecto del art. 19 LCQ y el contexto inflacionario).  Por imperio de lo establecido en el art. 914, y ante la misma propuesta que venimos planteando en las hipótesis anteriores, r acepta la propuesta concordataria, y con esa aceptación, q consigue alcanzar las mayorías requeridas en la ley de concursos, con lo cual, el juez del concurso homologa el concordato y se produce una quita real del orden del ochenta o noventa por ciento del valor real de los créditos verificados o declarados admisibles.

En este sendero posible, sin el pago por subrogación y sin la conformidad dada por r de la propuesta concordataria, q no podría haber obtenido una disminución tan significativa en su pasivo concursal.

Reiteramos la pregunta del título anterior: ¿Sería este un pago en fraude a los acreedores?

La pregunta admite varias respuestas posibles, dependiendo del caso concreto.

¿p, habría recibido un pago?

Parecería que no, porque “… el pago es el cumplimiento de la prestación que constituye el objeto de la obligación” (865 CCCN) y porque el pago “… pone fin a la relación jurídica satisfaciendo el interés del accipiens” (Calvo Costa – Sáenz, 57). En el caso que imaginamos, no se satisface el interés de p, pues se le paga menos del valor real de su crédito.

Y si no hubo pago, ¿p puede pedir que se le abone el saldo impago por disminución de su crédito real, en aplicación de normas concursales?; ¿hasta dónde llegan los efectos novatorios de la homologación concordataria?; ¿qué pasaría si algún otro acreedor (p no podría, por carecer de acción) impugna el acuerdo invocando el art. 876 CCCN, y consigue que q vaya a la quiebra, pero en la quiebra los acreedores quirografarios no cobran nada?

En el contexto normativo actual, no se nos ocurre formular estas preguntas  pues tenemos asumido que en los concursos se pierde y que, por el principio de seguridad jurídica, es conveniente que los patrimonios de los acreedores sufran los castigos que propina la ley concursal, sin preguntarnos cual terminó siendo la suerte de los deudores.

“Dura lex sed lex”, diría q.

Tal vez, en algún momento[22] podamos analizar si los concursos no deberían volver a circunscribirse a las cuestiones entre comerciantes, y que ellos acepten o no los riesgos propios de los negocios (incluida la cesación de pagos del deudor). Por ahora, sigamos viendo cómo los acreedores laborales o los acreedores no contractuales deben someterse a este tipo de lógica concursal, donde todo es posible, aún en una interpretación textual de la ley de concursos.

 

Colofón

En fin, en este apasionante sub mundo del derecho concursal, donde pasa de todo y todo lo que pasa, pasa fuera del expediente; donde las obligaciones pierden sus elementos esenciales, pues los acreedores nunca ven satisfechos sus intereses lícitos, que tuvieron en miras al nacer la obligación; ni pueden obtener forzadamente la satisfacción de dichos intereses. En donde los pagos no son el cumplimiento cabal de las prestaciones que constituyen el objeto de las obligaciones, queremos dejar planteada una última pregunta, dentro de este laberinto:

¿Cómo resolvería el derecho el conflicto que venimos planteando, entre un acreedor insatisfecho, un deudor insolvente y un “tercero” subrogante que ayuda a conseguir mayorías para la homologación de un concordato, si no existiera más norma que el “alterum non laedere”?

Tal vez este p, en este sendero, se tendría que resignar a recibir el pago por subrogación; tal vez, el resto de los acreedores concurrentes al concurso de q tendrían que aceptar cobrar menos por la fuerza novatoria del concordato; pero, también podría quedar una vía expedita, por un tiempo determinado, para que los acreedores que no obtuvieron satisfacción integral de sus créditos, pudieran reclamar la diferencia, en virtud de la evolución real del patrimonio del concursado.

Nos podríamos imaginar cientos de senderos posibles en la relación entre p, q y r, en el marco de un proceso concursal; sin embargo, nos conformamos con estas pocas hipótesis para dejar planteado una forma más humilde, si se quiere, de interpretar al derecho, con la permanente idea de que otra solución legal (distinta de la que se nos ocurre a nosotros), es posible y ajustada a derecho.

Hay otro trabajo, igual que éste, hasta el párrafo anterior, pero que termina con un paralelismo entre los tres cuentos de Borges y las distintas formas de concebir el tiempo y los sistemas de interpretación de normas lineales o circulares. Pero ese artículo se ha publicado en otra editorial y está siendo leído por otras personas y también por Ud. mismo.

[1] KELSEN, Hans, “Teoría pura del derecho, Introducción a la ciencia del derecho”, EUDEBA, Vigesimoprimera edición, Bs. As., marzo de 1985, páginas 45 a 49.

[2] BORGES no sabía (al menos eso creemos) pero hoy se sabe que la posibilidad de realidades paralelas, distintas y verdaderas, tiene sustento científico en la física cuántica.

[3] En GRAZIABILE, Darío J., Verificación Concursal de Créditos, 1ra. Ed., C.A.B.A., 2015, páginas 169 a 177, se desarrollan las tres teorías que tratan el tema de la sustitución subjetiva de créditos que se produce por cesión de derechos o pago por subrogación, mediante los cuales los acreedores que verifican sus créditos no son los mismos que expresan su conformidad a la propuesta concordataria.

[4] Ricardo RABINOVICH-BERKMAN, es el Director del curso de Doctorado que estamos cursando en la Universidad Nacional de Buenos Aires y quien, desde sus clases, nos ha abierto la posibilidad de un pensamiento lateral que nos permite pensar el derecho, desde una perspectiva no solamente normo lógica.

[5] Sandra WIERZBA, es investigadora de la UBA, y la responsable motivacional (no intelectual, para dejar a resguardo su prestigio) de que este trabajo haya salido publicado.

[6]El jardín de senderos que se bifurcan es una imagen incompleta, pero no falsa, del universo tal como lo concebía Ts’ui Pên.  A diferencia de Newton y de Shopenauer, su antepasado no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempos en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos.  Esa trama de tiempos que se aproximan se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades”. BORGES, Jorge Luis, “Ficciones”, Alianza Editorial S.A., Madrid, 1998, página 116.

[7] Charlie BROOKER, creador de la serie inglesa “Black Mirror”, en el capítulo 2 de la 3ra. Temporada, “Playtest”, plantea el tema de las capas de realidad a través de un juego virtual que el personaje central  Cooper (interpretado fantásticamente por Wyatt Russell) ingresa, luego de ser testeado y hasta seleccionado, sin que él sepa, por el dueño de una compañía de video juegos, a través de las “huellas” que va dejando con la utilización de internet. La experiencia que vive el personaje, y que atrapa al espectador de una manera casi terrorífica, terminan a la manera de Charlie Brooker, con un final increíble que deja al espectador sentado en su sillón un buen tiempo después de terminar de verlo.  Sin entrar en la trama del capítulo, el experimento al que se presta Cooper para la compañía de video juegos, plantea la posibilidad de distintas capas de realidad que suceden en simultáneo.  Esta fue nuestra llave a “El Jardín de los senderos que se bifurcan”.

[8] Brit MARLING y Zal BATMANGLIJ, creadores de la serie “The OA”, plantean el tema de las distintas dimensiones, a través de un grupo de personas que tuvieron experiencias con su propia muerte. El capítulo 6to. de la primera temporada “Paradise”, nos deja perplejos con un diálogo entre dos investigadores que trabajan sobre el descubrimiento de la existencia de vida después de la muerte (“nada espiritual, otra dimensión”, dice uno de ellos) y de cambios de paradigmas. “Creo que no tratamos con sólo una dimensión… creo que es múltiple”, contesta el otro.  Luego, este último llamado irónicamente Dr. Hunt, interpretado por Jason ISAAC, comparte información de su investigación con su colega y dice (minuto 11:52) la frase que lo lleva a estar en este pie de página y que nos ha dejado atónitos: “Imagina un jardín con senderos que se bifurcan”. Impresionante, ¿verdad?

[9] En este mismo momento hay otro alumno que ha abandonado la idea de hacer este artículo con este formato, y que es más feliz.

[10] SZTOMPKA, Piotr, “Sociología del cambio social”, Editorial Alianza Universal Textos, Madrid, 1995, utilizado en la materia Derecho y Sociedad, dictado por la Dra. Marta Biagi en este mismo curso de Doctorado.

[11] CÁRCOVA, Carlos María, “Las teorías jurídicas post positivistas”, Ed. Abeledo Perrot, Bs. As. 1ra. Edición, 1ra. Reimpresión, 2012.  En el Capítulo XVII de la citada obra, titulado “Complejidad y Derecho” explica somera y suficientemente el concepto de complejidad sistémica de Luhmann.

[12] SHAKESPEARE, William, en “El Mercader de Venecia” prueba la existencia de normas jurídicas vigentes en la Edad Media (el renacimiento es  una crítica de aquella época), creadas e interpretadas por los propios comerciantes que inventaron el crédito, tal como hoy lo conocemos, mediante sanciones rigurosas por incumplimientos de una simple obligación. La insolvencia estaba asociada al mero incumplimiento, lo que provocaba la inmediata quiebra del deudor, con la consecuente prisión, tortura y disposición de miembros del cuerpo humano del deudor, en manos de sus acreedores. Es conocida la intención de Shylock, de quedarse con un cuarto de libra de carne de su deudor, y el derecho que aquel tenía a disponer de una parte del cuerpo del mercader; también es conocido el final de la obra, que por interpretaciones y artilugios formales, dejan sin posibilidad al pobre Shylock de quedarse con el corazón de Antonio, el Mercader de Venecia.

[13] ALVARADO VELLOSO, Adolfo, “Introducción al estudio del Derecho Procesal, primera parte”, reimpresión, Editorial Rubinzal – Culzoni Editores, Buenos Aires, 2004, páginas 43 y 44: “Se entiende por procedimiento -concepto puramente jurídico- la sucesión de actos ordenados y consecutivos, vinculados causalmente entre sí, por virtud de lo cual uno es precedente necesario del que le sigue y éste, a su turno, consecuencia imprescindible del anterior”. Luego dice: “Se entiende por proceso -concepto puramente lógico- el medio de discusión de dos litigantes ante una autoridad según cierto procedimiento preestablecido por la ley. De tal modo, el procedimiento es el género (…), en tanto que el proceso es una especie de él …”. Esta diferenciación, no desarrollada en esta instancia, nos permitiría despejar muchos de los problemas procesales con los que nos encontramos a diario con los “procesos” (para nosotros, procedimientos) concursales.

[14] El derecho de las obligaciones (más allá de los nuevos paradigmas que hoy tienen presencia en los cuerpos legales) ha nacido desde la concepción de la igualdad entre el deudor y el acreedor, y su finalidad es mantener ese equilibrio; en cambio, el régimen concursal ha sido concebido para inventar un sistema de acumulación de riquezas con la figura del “Mercado”.  Las finalidades han sido distintas y su confusión ha traído enormes problemas de interpretación, que podrían encontrar cierta paz si nos remontáramos al origen de cada uno de ellos, y permitiéramos que las normas de control social tuvieran distinta plataforma.

[15] Si, Civil y Comercial, todo junto; como si fueran mundos que comparten los mismos paradigmas.

[16] WIERZBA, Sandra M., “Manual de Obligaciones Civiles y Comerciales, según el nuevo Código Civil y Comercial de la Nación”, 1ra. Edición, 1ra. Reimpresión, Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Abeledo Perrot, 2015, páginas 112 y 113.

[17] CALVO COSTA, Carlos A. y SÁENZ, Luis R. J., “Incidencias del Código Civil y Comercial, Obligaciones – Derecho de daños”, 1ra. Edición, 5ta. Reimpresión, Editorial Hammurabi, Buenos Aires, 2016, página 56.

[18] CALVO COSTA Y SÁENZ, obra citada, página 25: “… el derecho de las obligaciones constituye el eje sobre el cual giran casi todas las relaciones jurídicas de índole patrimonial”. Con esa frase, comienzan el libro.

[19] En las “Ordenanzas de la ilustre universidad y casa de contratación de la muy noble y leal Villa de Bilbao, insertos sus reales privilegios, aprobadas y confirmadas por el Rey nuestro Señor don Felipe V (que Dios guarde)”, de 1737, que fuera el primer antecedente legislativo argentino de la regulación de la quiebra, el procedimiento era regulado y ejecutado por comerciantes.  Los jueces sólo participaban en asuntos ilícitos y tangenciales. Es decir, no había un proceso judicial para regular la quiebra, sino un procedimiento cuasi privado.  La incorporación del procedimiento de la quiebra como un proceso judicial, regulado por un Juez ordinario, en el Código de Acevedo, es (para nosotros) la madre de los problemas científicos – interpretativos de nuestra ley de quiebras.

[20] WIERZBA, Sandra M., obra citada, página 105.

[21] Nos evitamos hacer el cálculo matemático y prescindimos de la paradoja de Aquiles y la tortuga, de Zenón de Elea.

[22] No todavía, porque la doctrina está muy entusiasmada con la unificación de los códigos civiles y comerciales.