Crónica de una muerte anunciada GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel


GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. Crónica de una muerte anunciada - 29a ed - Buenos Aires : Debolsillo, 2011.
144 p.
ISBN 987-1138-01-6

Indización Juridica

DERECHO PENAL > HOMICIDIO
DERECHO CIVIL > PARTE GRAL. > DERECHO AL HONOR / COSTUMBRE
DERECHO ADMINISTRATIVO > ORGANISMOS DEL ESTADO

 Vinculación:

Un pueblo actúa como testigo mudo de un crimen ritual, proyectado en “defensa del honor” de una joven.
La intervención de los funcionarios públicos se encuentra marcada por la ineficacia, no pudiendo estos evitar la comisión del delito, ni posteriormente realizar una investigación que corrobore lo declarado por los testigos.

 Citas textuales:

  • “…El abogado sustentó la tesis del homicidio en legítima defensa del honor, que fue admitida por el tribunal de conciencia y los gemelos declararon que hubieran vuelto a hacerlo mil veces por los mismos motivos…” (p. 59).
  • “…Yo sabía en qué andaban –me dijo- y no sólo estaba de acuerdo, sino que nunca me hubiera casado con él si no cumplía como hombre…” (p. 74).
  • “/…/ la realidad parecía ser que los hermanos Vicario /…/ hicieron mucho más de lo que era imaginable para que alguien les impidiera matarlo, y no lo consiguieron” (p. 60).
  • “…Pero la mayoría de quienes pudieron hacer algo por impedir el crimen y sin embargo no lo hicieron, se consolaron con el pretexto de que los asuntos del honor son estancos sagrados a los cuales sólo tienen acceso los dueños del drama…” (p. 112).
  •  “/…/ no era concebible que fueran a alterar de pronto su espíritu pastoral para vengar una muerte cuyos culpables podríamos ser todos” (destacado propio) (p. 95).
  •  “No oyeron los gritos del pueblo entero espantado de su propio crimen” (destacado propio) (p. 135).
  • “/…/ nadie creyó que en realidad hubiera sido Santiago Nasar” (p. 104).

Interrogantes:

  • ¿Quién o quiénes son los responsables del homicidio que es eje de la historia? ¿Es posible asegurar –como parece sugerir el autor–, que “todos son culpables” por omisión?
  •  ¿Pueden las costumbres sociales condicionar la valoración de los delitos, modificando los alcances del castigo y/o de la reparación del daño? ¿De ser así, es correcto que lo hagan?

Comentarios:

Por María Eugenia Borrajo
Estudiante de Derecho de la UBA
Ayudante de Derecho Internacional Privado
Adscripta al Proyecto UBACYT 2014-2016 “Lectores para la Justicia”
Becaria por el Programa de Intercambio Estudiantil de la Facultad de Derecho UBA
eugenia.borrajo@gmail.com

En esta obra, García Márquez narra el desenvolvimiento de un drama que culmina con el asesinato de Santiago Nasar a manos de los hermanos Vicario. El pueblo, en conocimiento del destino que le espera a la víctima, aguarda expectante el desenlace, siendo escasos y poco entusiastas los intentos por prevenirlo.

 Los hermanos Vicario recogen las ideas subyacentes en la sociedad para justificar el crimen: la necesidad de recomponer el “honor” de su hermana, Ángela Vicario, corrompido tras supuestamente haber incurrido en relaciones sexuales extra-maritales con Santiago Nasar.

Todo el relato sugiere un conflicto entre el derecho positivo (normas jurídicas que castigan el delito  de homicidio, e incluso la omisión culposa de evitarlo), y las costumbres de una sociedad, que valora de manera esencial la “honra” de las mujeres, asociada a su deber de llegar vírgenes al matrimonio.

El rol de la costumbre es tan destacado, que incluso luego del asesinato –e independientemente  del sentimiento de tristeza que experimenta su cíirculo más cercano–, Santiago Nasar no es considerado víctima: “Para la inmensa mayoría solo hubo una víctima: Bayardo San Román” (p. 97), el hombre que “devuelve” a su esposa Ángela Vicario tras la noche de bodas, por haber descubierto su falta de “inocencia”.  

Dos conceptos de “victima” entran entonces en juego: el del pueblo, y el del Derecho penal. Mientras que para el Derecho Penal se trata del sujeto pasivo del delito, para la sociedad es “víctima” el afectado por el crimen, pero únicamente para quien la tragedia careció de sentido:  “/…/ Santiago Nasar había expiado la injuria, los hermanos Vicario habían probado su condición de hombres, y la hermana burlada estaba otra vez en posesión de su honor. El único que lo había perdido todo era Bayardo San Román” (p. 97).

 También es motivo de debate la categoría a la que pertenecen los sujetos activos del crimen: ¿inocentes o culpables?

–Lo matamos a conciencia –dijo Pedro Vicario–, pero somos inocentes.
–Tal vez ante Dios –dijo el padre Amador.
–Ante Dios y ante los hombres –dijo Pablo Vicario–. Fue un asunto de honor” (p. 60).

El religioso insinúa que existen dos tipos de inocentes, sugiriendo que el mismo acto puede ser juzgado por dos autoridades en simultáneo, y ser objeto de sentencias opuestas. Porque aquello que es motivo de absolución en el ámbito de la fe, por encontrase –tal sería el caso– justificado en la protección del honor, no necesariamente debe seguir la misma dirección tras la interpretación que del derecho positivo realice el funcionario estatal.

Sin embargo, los hermanos Vicario no lo entienden así; el énfasis con que aseguran que “no se arrepienten de nada” proviene de un convencimiento de su inocencia, tanto “ante Dios” como ante los hombres.

En última instancia, se trata de un debate propio de la filosofía del Derecho, del positivismo vs  iusnaturalismo. Podríamos interpretar la posición de los hermanos Vicario como iusnaturalista, al encontrarse convencidos de la legitimidad de su accionar, conforme se desprende de sus palabras que la defensa de “cuestiones de honor” es una causa de justicia universalmente válida[1], independientemente de lo que determine el derecho positivo.

Ahora bien, lo curioso del relato reside en lo predecible, y por ende, prevenible, del homicidio:

Los hermanos Vicario les habían contado su propósito a más de doce personas /…/, éramos muy pocos quienes no sabíamos que los gemelos Vicario estaban esperando a Santiago Nasar para matarlo /…/” (pgs. 69-70).

Nunca hubo una muerte más anunciada” (p. 61).

 Atento a que la mayoría del pueblo estaba en conocimiento de la intención de los asesinos, pero nadie logró prevenir el desenlace, el narrador sugiere que el colectivo es culpable del crimen. Ello tiene dos implicancias: por un lado, que a determinado grupo le sea reprochable un delito, y que además lo sea por omisión. En este caso, se trataría del delito de “no impedir la muerte”, por correspondencia con el artículo del Código penal que tipifica el homicidio.

 Es posible destacar el fallo de la CSJN Argentina, en los autos “R. R. M. y otros s/ p.ss.aa. homicidio calificado”[2], en que se evidencian las posiciones doctrinarias disímiles en torno a la cuestión del homicidio por omisión. La mayoría confirma una decisión que sentenciaba a una mujer por el homicidio por omisión de su hijo. Sin embargo, la minoría de la Corte argumenta que ello viola el principio de legalidad, principalmente debido a que no evitar un resultado típico no equivale a causarlo. Como se observa, la categoría de “delitos por omisión” es motivo de controversia en el ámbito del Derecho penal, y no existe unanimidad de criterio en lo que atañe a sus condiciones de posibilidad.

Aunque el texto cuenta con más de 30 años, en “Crónica de una muerte anunciada” García Márquez describe un escenario que no ha perdido vigencia: desde la frecuente condena social a conductas tildadas de indecentes –una joven es, a la vez, destinataria de reproche, y sujeto “de protección” –, hasta las muertes prevenibles que se suceden e ignoran año a año, cuyos culpables podríamos ser todos.

Incluso el entretelón de la crónica nos es familiar: un alcalde que ordena una autopsia, a realizarse, no por un médico, sino por un párroco que arruina la evidencia[3]; un coronel que no logra evitar el crimen por estar ocupado organizando un partido de dominó[4]; y un juez que desesperadamente busca una explicación “racional” para plasmar en el sumario de la causa (aunque merece crédito por sus “distracciones líricas”, y su predilección por Nietzsche)[5]

La obra, además de entretener, invita a reflexionar sobre cuestiones tales como la responsabilidad colectiva por la inacción general ante situaciones en que tenemos la posibilidad de actuar y prevenir, y elegimos no hacerlo, como así también sobre las tradiciones, la moral, y el rol que –con demasiada frecuencia– ocupan en las tragedias.


[1] Véase NINO, C., Introducción al análisis del Derecho, 2ª edición, Buenos Aires, Editorial Astrea, 2003.

[2] De fecha 20 de agosto de 2014, Microjuris Online, Cita: MJ-JU-M-88457-AR.

[3]El párroco había hecho la carrera de medicina y cirugía en Salamanca, pero ingresó en el seminario sin graduarse, y hasta el alcalde sabia que su autopsia carecía de valor legal. Sin embargo, hizo cumplir la orden. Fue una masacre /…. /” (pgs. 87-88).

[4]Prometió ocuparse de eso al instante, pero entró al Club Social a confirmar una cita de dominó para esa noche, y cuando volvió a salir ya estaba consumado el crimen” (p. 125).

[5]Nadie podía entender tantas consecuencias funestas. El juez instructor que vino de Riohacha debió sentirlas sin atreverse a admitirlas, pues su interés de darles una explicación racional era evidente en el sumario” (p. 19). “Conocía muy bien a Nietzsche /…/  Estaba tan perplejo por el enigma que le había tocado en suerte, que muchas veces incurrió en distracciones líricas contrarias al rigor de su ciencia” (p. 114).