El señor de las moscas GOLDING, William


GOLDING, William. El señor de las moscas - 1° edición - San Salvador de Jujuy : Arenal, 2003.
192 p.
ISBN 987-20748-5-2

Indización Juridica

DERECHO CONSTITUCIONAL> PRINCIPIO DE LEGALIDAD>IGUALDAD ANTE LA LEY>DEMOCRACIA
DERECHO PENAL>POLÍTICA CRIMINAL>HOMICIDIO>PENA
DERECHOS HUMANOS>VIOLACIÓN DE DERECHOS HUMANOS
FILOSOFÍA DEL DERECHO>CIENCIA DEL DERECHO>FUERZA DE LEY / AUTORIDAD>PODER SISTEMA NORMATIVO>VALIDEZ JURÍDICA

VINCULACIÓN:[1]

En una sociedad libre y emancipada, la opresión y la violencia no desaparecen y en la más democrática de las sociedades, hay relaciones de poder. El liberalismo político elimina la indecidibilidad y la coerción; ofrece la imagen de una sociedad en la que han desaparecido el antagonismo, la violencia, el poder y la represión y; de ese modo, preserva neutralidad y racionalidad.  En El señor de las Moscas, el protagonista condensa la aporía de la visión liberal. Él comprende que el orden de las cosas no se sostiene solo desde la razón, pero no asume las consecuencias de lo sucedido. Ciertos intentos de asambleas democráticas, robos, apremios y hasta asesinatos que pasan desapercibidos, servirán para una innegable puesta en escena de la lógica política del liberalismo.

CITAS TEXTUALES:

“-He cogido la caracola para deciros esto: no puedo ver nada y ésos me tienen que devolver mis gafas. Se han hecho cosas horribles en esta isla. Yo te voté a ti para jefe. Es el único que sabía lo que hacía. Así que habla tú ahora, Ralph, y dinos lo que tenemos que hacer… O si no…” (p. 160).

“-Podías haber pedido fuego cuando quisieras, pero no: tuviste que venir a escondidas, como un ladrón, a robarle a Piggy sus gafas.

-Di eso otra vez.

-¡Ladrón! ¡Ladrón!” (p.166)

“…el grupo enmascarado se movió nerviosamente y rodeó a Samyeric. De nuevo corrió la cristalina risa. Las protestas de Samyeric brotaron del corazón del mundo civilizado…”. (p. 167)

“¿Qué es mejor, tener reglas y estar todos de acuerdo o cazar y matar? (p. 169).

 

INTERROGANTES:

-¿Cuál es el rol del derecho en una sociedad primitiva?

-¿Cuál será el castigo ante un homicidio en una sociedad como tal?

-¿Qué grado de compromiso democrático existe en una sociedad primitiva? ¿Y en la actual

– ¿Quién tiene el poder en la isla: las asambleas y las reglas o la fuerza física?

 

EDITOR: vinculación, citas textuales, interrogantes por Kevin Rother, integrante del proyecto Lectores para la Justicia. (rotherkevin@gmail.com)

 

 COMENTARIO:

Por Alicia Ruiz

Abogada por la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires.

Vicepresidenta del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de Buenos Aires.

Comentario publicado en: “La letra y la ley. Estudios sobre derecho y literatura”- Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación octubre de 2014. ISBN: 978-987-3720-10-9, cap. VII, disponible al 21-05-16 en http://www.saij.gob.ar/alicia-ruiz-capitulo-vii-proposito-senor-moscas-william-golding-cual-es-buen-orden-dacf140826-2014/123456789-0abc-defg6280-41fcanirtcod

¿CUÁL ES EL BUEN ORDEN?

1.

La lectura de El señor de las moscas me provocó diversas reacciones difíciles de tratar en una misma presentación. Las agruparé bajo dos títulos tentativos: “el descenso a los infiernos: entre el juicio moral y la tentación de interpretar desde el psicoanálisis” y “la aporía del orden racional”.

El primero, “el descenso a los infiernos: entre el juicio moral o la tentación de interpretar desde el psicoanálisis”, refiere a los momentos más dramáticos de la novela:

1) el pseudodiálogo entre Simón y “el señor de las moscas”, seguido de su desdichado intento de comunicar lo que ha descubierto al resto de los náufragos y de su aún más desdichada muerte; 2) la otra muerte inútil, la de Piggy, precedida del hostigamiento incesante que padece a lo largo del texto; 3) el ocultamiento de ambos crímenes, expresado del modo más terrible en la actitud de Ralph, prefigurado como el héroe desde la primera página.

El segundo, “la aporía del orden racional”, expresa la profunda indignación que sentí al concluir El señor de las moscas. Entonces comprendí que los sentimientos y las fuertes emociones a los que aludí en el párrafo anterior eran consecuencia de que había caído ingenuamente en las trampas del pensamiento liberal.

En lo que sigue tratare de mostrar por qué el orden y la razón, propios del mundo social del que provienen los protagonistas de la novela, no producen hombres buenos (no hay mujeres en el texto), no aseguran la vida y tampoco la felicidad o la paz universales. Es hora de empezar a buscar otros caminos para sustentar y profundizar el proyecto democrático.

¿Cuál es el buen orden?

2.

Muy brevemente quiero poner en discusión la perspectiva racionalista hegemónica y liberal que subyace en la obra de Habermas y Rawls.

Autores tan distintos como Derrida, Laclau, Chantal Mouffe y Rorty[2] coinciden en señalar que no hay un vínculo necesario entre universalismo, racionalismo y democracia moderna. Tampoco hay nada trascendente en categorías como “naturaleza humana”, “razón universal” y “sujeto racional autónomo”. Estas coincidencias no implican una renuncia al compromiso democrático sino que expresan un desacuerdo teórico de consecuencias importantes en el plano político.

Para los liberales la política, pensada como un proceso racional de negociación, “se convierte en un terreno en el cual los individuos, despojados de pasiones y creencias disruptivas y como agentes racionales en busca de su propio beneficio, aceptan someterse a los procedimientos que consideran imparciales para juzgar sus reclamos”.[3].

“La pretensión liberal de que un consenso racional universal podría ser alcanzado a través de un dialogo exento de distorsiones, de que la libre razón publica podría garantizar la imparcialidad del Estado, solo es posible al precio de negar el irreductible elemento de antagonismo presente en las relaciones sociales, lo cual puede tener consecuencias desastrosas para la defensa de las instituciones democráticas. Negar lo político no lo hace desaparecer; solo puede conducirnos a la perplejidad cuando nos enfrentamos a sus manifestaciones y a la impotencia cuando queramos tratar con ellas”.

El punto de partida liberal, que es individualista y racionalista, diluye el carácter de la política como acción colectiva y pierde de vista que ella es un campo cruzado por antagonismos múltiples donde se construyen identidades: un “nosotros” opuesto a un “ellos”[4].

Rorty, en oposición a Rawls y Habermas, descree de los argumentos racionales y universales para justificar la democracia y de que la acciondemocratica requiera de nociones como incondicionalidad y validez universal.

Para él los principios democráticos-liberales solo pueden defenderse de un modo contextualista “con la movilización de pasiones y sentimientos, la multiplicación de prácticas, instituciones y juegos de lenguaje que provean la condición de posibilidad de los sujetos democráticos y formas democráticas de voluntad”[5].

Para Rorty no es posible derivar una filosofía moral universal de la filosofía del lenguaje. El insiste en que las instituciones de las sociedades liberales occidentales no son la única solución al problema de la coexistencia humana que otros pueblos habrán de adoptar necesariamente cuando dejen de ser “irracionales”. Contra el tipo de liberalismo que sostiene que las instituciones democráticas serán más estables si puede probarse que fueron elegidas por individuos racionales bajo el velo de la ignorancia o en una situación de comunicación no distorsionada, el pragmatismo de Rorty advierte acerca de los límites de la razón y de la ventaja de pensar en términos de prácticas[6]. En su opinión, el problema de la ciudadanía democrática no es la racionalidad sino una cuestión de creencias compartidas, de donde se sigue que se califica a alguien como irracional no cuando usa sus facultades mentales de modo inadecuado sino cuando no comparte determinadas creencias y deseos[7].

Las tesis deconstructivistas van más allá en su crítica al pensamiento liberal (que, en un punto, también abarca a Rorty). Ellas asumen la inerradicabilidad del antagonismo y el dato de la indecidibilidad, siempre presente en la decisión, en cualquier decisión política que se escoja[8]. También exhiben el carácter ilusorio de cualquier propuesta que suponga que la justicia puede ser garantizada de forma definitiva a través de las instituciones sociales.

“Los sistemas de organización social pueden ser vistos como intentos de reducir el margen de indecidibilidad, y de dar lugar a acciones y decisiones que son tan coherentes como posibles dado el carácter constitutivo de cualquier antagonismo, el ocultamiento de la indecidibilidad ultima de cualquier decisión nunca será completo y la coherencia social solo será alcanzada al precio de reprimir algo que la niega. En este sentido, todo consenso, todo sistema de reglas objetivo y diferenciado implica, como condición de posibilidad más esencial, una dimensión de la coerción”[9].

En una sociedad libre y emancipada la opresión y la violencia no desaparecen y en la más democrática de las sociedades hay poder. Por eso “La política como intento de domesticar ‘lo político’, de acorralar las fuerzas de la destrucción y establecer el orden, siempre tiene que enfrentar los conflictos y el antagonismo. Esto nos obliga a entender que todo consenso está, por necesidad, basado en actos de exclusión y que nunca puede haber un consenso racional completamente inclusivo”[10].

El liberalismo político elimina la indecidibilidad y la coerción; ofrece la imagen de una sociedad en la que han desaparecido el antagonismo, la violencia, el poder y la represión y; de ese modo, preserva neutralidad y racionalidad. Para sus defensores cuando algún pluralismo debe ser excluido se recurre al argumento de que esa exclusión es el producto del libre ejercicio de la razón práctica.

Las exclusiones resultan así de un acuerdo libre alcanzado a través de procedimientos racionales (velo de la ignorancia o dialogo racional) y ajenas a las relaciones de poder. “En ese sentido, la racionalidad es la clave para resolver la ‘paradoja del liberalismo’: como eliminar a los adversarios permaneciendo neutral”[11].

Entonces, la demarcación entre lo que es o no racional requiere de una decisión que es política y que expresa cierta hegemonía. Lo que se tiene por razonable o irrazonable en una comunidad es lo que corresponde a “los juegos del lenguaje dominante y al sentido común que ellos construyen. Es el resultado de un proceso de sedimentación de prácticas y discursos cuyo carácter político ha sido omitido”[12].

3.

En El señor de las moscas hay una innegable puesta en escena de la lógica política del liberalismo: la prédica de la racionalidad para la toma de decisiones; el desprecio por las pasiones, por las creencias y por los individuos poco afectos a pensar, actuar y juzgar desde la razón; la presentación del conflicto como una muestra de la vuelta atrás, al primitivismo salvaje, al estado de naturaleza. La exaltación del consenso y de la ley frente a la fuerza y a la violencia. En el espacio social solo Ralph, su caracola, la asamblea y el debate ordenado, reglado y “democrático”. Todo lo demás es el espanto y la muerte.

Vale la pena preguntarse por qué ocurre lo que ocurre, por qué esos niños abandonados a su suerte y alejados del entorno en el que nacieron hacen lo que hacen. En la búsqueda de una respuesta, para mí, el liberalismo, por lo que escamotea y niega, constituye un obstáculo para la construcción de una democracia que supere las limitaciones actuales.

Para mostrar la debilidad del pensamiento liberal desde otro lugar, les propongo que revisemos algunos personajes y escenas del libro.

La oposición entre Ralph y Jack es evidente desde el inicio. Desde allí “parece” (solo parece) consagrada la supremacía moral del primero.

Ralph siempre está buscando entender y explicar que está sucediendo y las características del lugar donde han caído. El propone una forma consensuada de adjudicación de responsabilidades y de ejercicio de funciones, aunque lo hace desde el espacio de la autoridad (es el más reflexivo, el que formula sugerencias y es la encarnación de la autoridad).

Durante un tramo del relato las cosas parecen ser como Ralph las presenta.

El orden reglado se impone sin cuestionamientos. Los más débiles se colocan bajo la protección de los más fuertes y las decisiones se acuerdan por mayoría. Sin embargo, desde ese primer encuentro el antagonismo entre Ralph y Jack está latente. Las diferencias y la lucha por el poder conducen a la conformación de grupos cuya dinámica difiere. A medida que la situación de desamparo se prolonga, y el miedo y la incertidumbre aumentan, la confrontación se torna inevitable.

Cuando los cazadores van en busca de su presa y descuidan el fuego, el enfrentamiento no tiene vuelta atrás. La “barbarie” disuelve los lazos de sociabilidad y en cada uno emergen los costados más perversos, los menos “civilizados”, los más irracionales. Esto le sucede a todos, incluido Ralph —héroe racional, ciudadano modelo, jefe elegido democráticamente—, que ya en el comienzo de la historia viola una promesa y revela el apelativo cargado de desprecio con el que era y será llamado, desde entonces y hasta su muerte, “Piggy”, cuyo nombre nunca será conocido.

El crimen de Simón resignifica el texto. Simón es el único que comprende que el monstruo, la fiera, no está afuera, oculto entre los árboles y las malezas, sino que es parte de todos ellos. Ralph, en cambio, ejemplo de sujeto consciente y racional con capacidad para proponer el pacto social, no puede ni siquiera aceptar su responsabilidad en esa muerte. Alguien podría objetar esta conclusión recordando la conversación que mantiene con Piggy. Pero insisto, Ralph termina coincidiendo: el no estaba con los demás, estaba afuera y, peor aún, lo que ocurrió fue un accidente. La cosa no acaba allí, hay más espanto. Si alguien tuvo culpa fue el propio Simón.

La víctima es responsable de morir en manos de sus compañeros porque apareció de pronto en la oscuridad. Y todavía es peor la conducta de Ralph. Cuando son rescatados y le preguntan qué pasó miente, “Y llora por la pérdida de la inocencia”—dice el narrador de la novela—.

Hay un elemento más que quiero poner sobre la mesa. Los más vulnerables, los diferentes, los que están imposibilitados de hacer lo que se dispone (lo que otros disponen sin ni siquiera escucharlos): Piggy y Simon son los que mueren.

Piggy es mirado con desprecio porque es torpe, gordo y casi ciego. El es humillado hasta en el acto mismo en que se lo nombra, privado de sus lentes por la fuerza y de la comida que ansía como una forma más de castigo. Nadie, ni siquiera Ralph que se apoya y busca consuelo en él, valora su perspicacia y su criterio de realidad. Y hasta los más pequeños, a los que cuida, lo ofenden constantemente. El es desechable. Por eso, cuando Roger arroja la piedra que acaba con su vida, no se escucha ningún reproche.

Simón es débil y está enfermo. Le cuesta comunicar sus ideas y está siempre algo distante y ensimismado en un mundo propio. Como no lo entienden, como no se les semeja, los otros lo ignoran y acaban identificándolo con la fiera a la que temen. Nadie asume la muerte de Simón, es un cuerpo frágil que se hunde y desaparece en el mar. Su vida, que no mereció atención ni reconocimiento de ningún tipo, es de aquellas que “no sera llorada cuando se pierda”[13].

Ralph condensa paradigmáticamente, en el final de la novela, la aporía de la visión liberal. El comprende que el orden de las cosas no se sostiene solo desde la razón pero no asume las consecuencias de lo sucedido.

Donde queda la armonía que es presupuesta por el liberalismo para posibilitar el buen orden de la sociedad civilizada? .Cómo incluir en su discurso los enfrentamientos, el odio, la discriminación, el horror al diferente que día a día conforman el entorno en el que transcurren nuestras vidas? Un mundo donde el caos, el miedo y el desorden siempre vienen de afuera, donde siempre son los “otros” lo que interrumpen el discurrir de la vida social.

Freud señala que “es preciso contar con el hecho de que en todos los seres humanos están presentes unas tendencias destructivas, vale decir, antisociales, y anticulturales, y que en gran número de personas poseen suficiente fuerza para determinar su conducta en la sociedad humana”[14].

Los liberales parecen, en este punto, prefreudianos. Como Ralph, no se hacen cargo. Ellos defienden un modo de construir la sociedad que, al mismo tiempo, desoye la advertencia de Freud y elude el reconocimiento de que la conflictividad es estructural y no una patología erradicable. Al mirar hacia otro lado niegan la violencia y el poder que el propio modelo impone y acrecientan los antagonismos.

El señor de las moscas fue escrito hace más de cincuenta años. Si su trama conserva alguna actualidad, hemos perdido demasiado tiempo y no deberíamos resignarnos a que el mundo esté como sabemos que está.

[1] Vinculación, citas textuales e interrogantes elaboración de Kevin Rother, Integrante del proyecto Lectores para la Justicia.

[2] En este apartado presento una síntesis de las ideas expuestas por Chantal Mouffe y Ernesto Laclau en diferentes obras y particularmente algunas conclusiones que surgen del debate recogido en Critchle y, Simón; Derrida, Jacques, Laclau, Ernesto; Rorty, Richard, en Mouffe , Chantal (comp.), Deconstrucción y Pragmatismo, Coleccion Espacios del Saber, Bs. As., Paidos, 1998.

[3] MOUFFE, Chantal, “La política y los límites al liberalismo”, en Política, Madrid, Paidos, 1996.

[4] Ibid.

[5] MOUFFE, Chantal (comp.), Deconstrucción y Pragmatismo, op. cit.

[6] Ibid.

[7] MOUFFE, Chantal, “La política y los límites del liberalismo”, op. cit

[8] Ibid.

[9] Ibid.

[10] Ibid.

[11] Ibid.

[12] Ibid.

[13] BUTLER, Judith, “Marcos de guerra: las vidas lloradas”, Bs. As., Paidos, 2010.

[14] FREUD, Sigmund, “El porvenir de una ilusión”, en Obras Completas, t. XXI, Bs. As., Amorrortu, 1979.