El señor de las moscas GOLDING, William


GOLDING, William. El señor de las moscas - 1ª ed. San Salvador de Jujuy - San Salvador de Jujuy. : Arenal, 2003.
192 p.
ISBN 987-20748-5-2

Indización Juridica

DERECHO CONSTITUCIONAL> PRINCIPIO DE LEGALIDAD>IGUALDAD ANTE LA LEY>DEMOCRACIA
DERECHO PENAL>POLÍTICA CRIMINAL>HOMICIDIO>PENA
DERECHOS HUMANOS>VIOLACIÓN DE DERECHOS HUMANOS
FILOSOFÍA DEL DERECHO>CIENCIA DEL DERECHO>FUERZA DE LEY / AUTORIDAD>PODER SISTEMA NORMATIVO>VALIDEZ JURÍDICA

 VINCULACIÓN:

Las distopías de la literatura de los siglos XIX y XX, son un recurso contrafáctico para reflexionar o aleccionar sobre las condiciones de vida social, sobre la misma condición humana. La Obra de Golding nos invitará a reflexionar sobre la cultura y sus reglas,  las asambleas democráticas y el derecho al voto y a opinar,  los peligros de la obediencia debida y la crueldad de algunos crímenes. Pese al intento inicial de mantener las reglas que alimentan la esperanza de rescate, serán los instintos dionisíacos los que en definitiva venzan por sobre los frenos de la cultura.

CITAS TEXTUALES:

“Qué es mejor, la ley y el rescate o cazar y destrozarlo todo?”. (P. 169).

 “La roca dio de pleno sobre el cuerpo de Piggy, desde el mentón a las rodillas, la caracola estalló en un millar de blancos fragmentos y dejó de existir. Piggy, sin una palabra, sin tiempo ni para un lamento, saltó por los aires, al costado de la roca, girando al mismo tiempo. La roca botó dos veces y se perdió en la selva. Piggy cayó a más de doce metros de distancia y quedó tendido boca arriba sobre la cuadrada losa roja que emergía del mar. El cráneo se partió y de él salió una materia que enrojeció en seguida”. (P. 169).

 “- Se han llevado nuestro fuego

  La ira elevó su voz en un grito:

-¡Nos lo han robado!” (P. 159).

 “-Voy a ir con esta caracola en las manos y voy a hacer que la vean todos. Oye, le voy a decir, eres más fuerte que yo y no tienes asma. Puedes ver, le voy a decir, y con los dos ojos. Pero no te voy a pedir que me devuelvas mis gafas, no te lo voy a pedir como un favor. No te estoy pidiendo que te portes como un hombre, le diré, no porque seas más fuerte que yo, sino porque lo justo es justo. Dame mis gafas, le voy a decir…¡Tienes que dármelas!” (P. 161).

INTERROGANTES:

-¿Cuál es el rol del derecho en una sociedad primitiva?

-¿Cuál será el castigo ante un homicidio en una sociedad como tal?

-¿Qué pudiera suceder si el ejercicio de la moral fuese puesto en suspenso?

-¿Puede ser leída, el acto de mayor salvajismo y autodestrucción de Jack, como una parábola de la segunda guerra mundial, en la que Golding combatió? ¿Puede ser interpretada como una analogía de la violencia criminal del nazismo seguida por la violencia criminal de los aliados?

EDITOR: Vinculación, citas textuales e interrogantes elaboración por  Kevin Rother, Integrante del proyecto Lectores para la Justicia.( rotherkevin@gmail.com)

COMENTARIO:

 

Por Jorge E. Douglas Price
Abogado y Procurador, egresado en la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA).

Master en Teorías Críticas del Derecho y la Democracia por la Universidad Internacional de Andalucía.
Doctor en Investigación Jurídica por la Universidad de Lecce (hoy del Salento), Italia.

Juez de Cámara de Apelaciones en lo Civil, Comercial y de Minería de la Provincia de Río Negro. 

Comentario publicado en: “La letra y la ley. Estudios sobre derecho y literatura”- Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación octubre de 2014. ISBN: 978-987-3720-10-9, cap. VII., disponible al 21-05-16 en:
http://www.saij.gob.ar/jorge-douglas-price-capitulo-vii-proposito-senor-moscas-william-golding-marca-caracola-dacf140827-2014/123456789-0abc-defg7280-41fcanirtcod

LA MARCA DE LA CARACOLA.

  1. La distopía

La idea de aquello que pudiera suceder si el ejercicio de la moral fuese puesto en suspenso aparece representada con frecuencia en las novelas y en la literatura filosófica en particular.

Las utopías, desde aquella célebre de Tomás Moro, y las distopías de la literatura de los siglos XIX y XX —dentro de la que El señor de las moscas[1]se incluye como una novela más entres otras— [2]son un recurso contrafáctico para reflexionar o aleccionar sobre las condiciones de la vida social, sobre la misma condición humana.

Los fundamentos filosóficos —bien conocidos— sobre las condiciones innatas de la sociabilidad y moralidad humana (más allá de la discusión sobre si son efectivamente innatas), fueron expuestas de forma liminar en el comienzo de la modernidad por Rousseau en el Emilio y por Hobbes en el Leviatán.

Es bien conocida la diferencia entre los dos. Aunque, paradójicamente, adhiriesen a las tesis innatistas, iusnaturalistas y contractualistas, mientras que para Rousseau la condición humana tiene una tendencia innata a la bondad —que abandonamos progresivamente con la entrada en sociedad—; para Hobbes, la condición humana tiene una tendencia que también es innata pero, por el contrario, está orientada a satisfacer todos los deseos, aun cuando esto implique pasar sobre el cuerpo de los otros. Esto, según Hobbes, es el primer “derecho natural” de los hombres.

Pues, tal y como indica al iniciar el capítulo XI del Leviatán —“De la diferencia en las Maneras”—, la felicidad en esta vida no consiste en la serenidad de una mente satisfecha porque no existe el finis ultimus ni el summum bonum, como decían los viejos filósofos moralistas. La felicidad es un continuo progreso de los deseos, porque el objeto de los deseos humanos no es “gozar una vez solamente, y por un instante, sino asegurar para siempre la vía del deseo futuro”[3].

Y los deseos difieren porque la búsqueda de la felicidad, identificada con la satisfacción de los goces, surge de las diversas pasiones y de las diferentes costumbres u opiniones que tienen los hombres. Pero los hombres son iguales en cuanto a las facultades del cuerpo y del espíritu. Aunque posean diferencias físicas y de intelecto, siempre el más débil tiene fuerzas suficientes para matar al más fuerte mediante maquinaciones o alianzas. De esa igualdad de capacidad “se deriva la igualdad de esperanza respecto de la consecución de nuestros fines”[4]. Esta es la causa por la que, si dos hombres desean la misma cosa y en modo alguno pueden compartirla, se vuelven enemigos y en el camino que conduce a su fin, que es la propia preservación o simplemente el goce, tratan de aniquilarse o sojuzgarse el uno al otro. Por eso, no hay ningún otro procedimiento más apto para protegerse que la anticipación. Es decir, dominar a los otros mediante la fuerza o la astucia.

Puesto que los hombres no experimentan placer en estar reunidos cuando no existe un poder que se imponga sobre todos, cuando no reconocen ningún poder común que los sujete. Ello es suficiente para que se destruyan, con “… todo ello es manifiesto que durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que los atemorice a todos, se hallan en la condición o estado que se denomina guerra; una guerra tal que es la de todos contra todos”[5].

Precisamente por eso, solo el contrato que deposite todo el poder en uno puede suspender la guerra de todos contra todos.

Las consecuencias de esto son también bien conocidas: la suposición de Hobbes justifica la monarquía absoluta[6]; mientras que la de Rousseau, la democracia directa[7]. Así lo expresan en sus obras, indispensables referencias de la modernidad[8].

  1. El malestar en la cultura

Freud, de alguna manera, concuerda con ello. Admite que su indagación sobre la felicidad no lo ha llevado a ningún lugar poco conocido[9]. Pues, aparentemente podemos lidiar con los desengaños que nos proporciona la “hiperpotencia” de la naturaleza y la “fragilidad” de nuestro cuerpo —las dos fuentes primarias y por momentos invencibles de dolor—. Pero frente a la que menos recursos parecemos contar es la tercera: “lo social”, sobre la que afirma, “…nos negamos a admitirla, no podemos entender la razón por la cual las normas que nosotros mismos hemos creado no habrían más bien de protegernos y beneficiarnos a todos”[10].

Ello tal vez explica que en la obra de Golding, pese al intento inicial de Ralph de mantener las reglas que alimenten la esperanza de rescate, serán los instintos dionisíacos de Jack Merridew serán los que, en definitiva, venzan por sobre los frenos de la cultura, por sobre aquello que nos ha devenido, impuesto por siglos de represión, obra lenta y siempre inestable de la vida social. Él azuzará a los cazadores en pos de satisfacer su deseo más primario: el de alimentarse. Alrededor de este sentará su poder.

Esos rasgos perviven hasta en el propio Ralph desde que éste, en una parábola poco explorada de la obra, enarbola en su defensa la lanza sobre la que se clavaba la cabeza de cerdo transformada en un “proto-tótem”.

En el instante final en el que su vida corre peligro ante la cerca impuesta por los cazadores, es Ralph mismo el que desentierra el hacha de la guerra.

La historia, sin embargo, concluye con la reaparición también paradójica de la sociedad adulta. Pues el episodio representa el acto de mayor salvajismo y autodestrucción de Jack: el incendio de toda la foresta para hacer salir a Ralph y atraparlo.

¿Puede ser leída esta secuencia de actos como una parábola de la segunda guerra mundial, en la que Golding combatió? ¿Puede ser interpretada como una analogía de la violencia criminal del nazismo seguida por la violencia criminal de los aliados?

El primer título que le dio a su novela —rechazado por varios editores antes de que Faber and Faber la editara en 1954—, “Strangers from Within” (“Extraños desde el interior”), parece una confirmación de ello. La extranjería, la extrañeza, la otredad, es algo que viene del interior, no del exterior de nosotros mismos. Es ese “siniestro” sobre el que alerta Freud y que parece estar siempre en latencia que, por consiguiente, amenaza con destruir de un soplo el leve andamiaje de la sociedad humana.

Es que en la naturaleza humana conviven el bien y el mal y la línea que los separa es delgada y leve.

  1. Abandonar el fuego: los “quitapenas”

La referencia al accionar de Ralph sonará a lo largo de toda la novela como una letanía: todo lo que buscaba era mantener una hoguera encendida para poder ser vistos desde lejos y así ser rescatados.

La domesticación del fuego aparece como un logro extraordinario sin precedentes. Aunque en las sagas se relate que, al toparse con él, desencadenaríamos un placer infantil. Al apagarlo mediante la orina —como hacen los gigantes modernos: Gulliver en Lilliput y el Gargantúa de Rabelais—, advierte Freud la experimentación de un placer que “… era por tanto un acto sexual como varón, un goce de la potencia viril en la competencia homosexual”[11].

El ser humano suele conseguir la economía libidinal a costa de la sustracción ante cualquier modo de presión de la realidad y ante la posibilidad de refugiarse en un mundo que procure mejores condiciones de sensación[12], para sentir aquello que la realidad no nos brinda.

Una de las formas de conseguir esto es a través de ayudas como las químicas o las del “extrañamiento” del eremita. Jack les promete a todos un “quitapenas” que es además portador de la satisfacción de la primera necesidad: cazar aún antes que devorar, como adorar al cerdo.

A esto se oponen el potente y débil aullido de la caracola de Ralph, y su intención de dejar el fuego encendido, la cultura encendida, las reglas sostenidas.

Dice, además, que también es cierto que el ser humano se vale de desplazamientos libidinales en la defensa del sufrimiento. Pues en la sublimación de las pulsiones se encuentra una ganancia de placer. Satisfacciones tales como la alegría del artista en el acto de crear o de corporizar su fantasía, o la que le procura al investigador la solución de problemas y el conocimiento de la verdad, aparecen como formas más finas y superiores; pero —afirma— su intensidad está amortiguada por comparación con la que produce saciar las pulsiones más groseras y primarias.

  1. La caza del cerdo sobre la fogata

4.1. Un experimento entre experimentos

En El señor de las moscas, Golding recurre a un experimento contrafáctico: coloca a un grupo de niños varones en situación de aislamiento de la sociedad. No está presente el sexo, tampoco aparecen objetos materiales de la cultura externa al grupo —la cultura de los adultos—, exceptuando a las pocas ropas que los visten y a la persistencia de Ralph en mantener un orden racional en vías de preservar la posibilidad del rescate.

Las conexiones con el mundo exterior se dan en contados, aunque decisivos, momentos de la novela. El primero de estos momentos es el del avistamiento tardío de un navío que la torpeza, producto de la falta de apego a las reglas que comienzan a mostrar los partidarios de Jack, deja pasar con la hoguera de señales apagada. El segundo es el de la batalla de aviones que ellos no presenciarán, pero que dejará en la isla el alimento básico para la creación de un mito terrorífico sobre el que se montará la tragedia: un paracaidista y su paracaídas que, inflados por el viento y vistos a la distancia, les harán pensar en la existencia de un ser supranormal. El tercero, y último, es la aparición súbita de un barco que los rescata y los devuelve a la normalidad interrumpiendo lo que parecía ser la cacería final de Ralph por el grupo de Jack, donde nuevamente el fuego tendrá un rol principal.

  1. La caracola y el jardín de los senderos que se bifurcan

Podemos encontrar la respuesta a la pregunta sobre la posibilidad de desaparición de la sociedad, nuevamente, en la metáfora literaria. Si, como dice Luhmann, la decisión es el tercero excluido, entonces las decisiones no construyen el laberinto en el que estamos. El laberinto está predeterminado por la literatura anterior, por los relatos que nos “sitúan”, ello con la condición de que el visitante crea en la obra literaria —o que el sistema impida en algún sentido que se “salga” de laberinto—.

El señor de las moscas es una cabeza de cerdo y los restos de la humanidad están más presentes en “Piggy” (cerdito) que en ninguno de los otros niños, Ralph incluido.

Entiendo que debe aceptarse que la tesis de Luhmann aproxima a la tesis analítica en cuanto que concibe al sistema de la sociedad como “sistema de mensajes”. Pero creo que la analítica deja de lado la relación de los “mensajes” con las “acciones”; que son a su vez “mensajes de mensajes”, en el sentido que una semiótica de la conducta, que puede ser aportada desde el campo de la psicología, nos revelaría el modo en que todo es continua producción y reproducción de normas —entendidas como enunciación de deseos de coordinación de acciones—. Así la cadena “constitución- legislación-jurisdicción” no puede ser vista sino como un círculo deesos “extraños bucles” de los que habla Hofstadter.

Dice Raffaele De Giorgi que el sistema debe ser visto

“como una jerarquía intrincada en la cual se han condensado los rastros, los residuos, los fósiles que la evolución del derecho ha sedimentado a lo largo de su recorrido. Si el derecho moderno, que es derecho plenamente positivo, ha abandonado en la actualidad el uso de viejas distinciones, todavía, en la autorepresentación universalizante de la Jurisprudencia, muchas de aquellas distinciones continúan celebrando su resistencia.

Piénsese por ejemplo en distinciones como ley y derecho, naturaleza y razón, naturaleza y cultura, hecho y valor, ser y deber ser, realidad y construcción. La Jurisprudencia es la jerarquía intrincada que las conserva y que periódicamente las reactiva, aunque sí de manera claramente contrafáctica.

En esta intrincada jerarquía se forman ‘extraños bucles’. En el lenguaje de Hofstadter extraño anillo indica ‘algunacosa que está dentro del sistema, sale del sistema e incide en el sistema, como si estuviera fuera del sistema’ (…) Puntos de vista internos del sistema resultan aislados mediante el uso de distinciones que luego son reintroducidas en el sistema como orientación y guía de la construcción de otras distinciones, con las cuales el sistema se asegura su capacidad de continuar operando”[13].

La caracola es un fósil sobre el que los restos imprevistamente arcaicos de la sociedad moderna son simbolizados por Ralph. En ella, en su potente sonido que surge de un soplido adecuado, reside su poder débil y leve, apenas apoyado en una racionalidad que, vuelta de cara a lo salvaje, es ella misma salvaje cada vez que necesita afirmarse.

La caracola de Ralph estallada bajo la piedra junto con el cuerpo de Piggy, es el resto fósil y a la vez sangrante de una sociedad que se autodestruye.

  1. El lado oscuro de la caracola

“La obediencia es un elemento tan básico en la estructura de vida social como uno pueda indicar. Algún sistema de autoridad, es una exigencia (un requisito) de toda vida comunitaria, y esto es así a excepción de la persona que vive aislada, no forzada a responder, con el desafío o la sumisión, a las órdenes de otros. Para muchas personas, la obediencia es una tendencia de comportamiento profundamente inculcada, de verdad una anulación de impulso potente que se entrena en la ética, la compasión, y la conducta moral”.

Así comienza Stanley Milgram su conocida obra “Los peligros de la obediencia” (”The Perils of Obedience“) [14]. Pues el autor —conmocionado, como tantos, por las atrocidades del nazismo— se preguntó si era posible que Eichmann y su millón de cómplices en el Holocausto solo estuvieran siguiendo órdenes, además de si podían ser llamados cómplices. Por lo que en la década de 1960 realizó una investigación en la Universidad de Yale, que respondiera estas preguntas. Los resultados fueron publicados en 1963, en la revista Journal of Abnormal and Social Psychology, bajo el título “Behavioral Study of Obedience” (“Estudio del comportamiento de la obediencia”). Fueron publicados nuevamente en una versión resumida en 1974, bajo el título “Obedience to authority. An experimental view” (“Obediencia a la autoridad. Un punto de vista experimental”).

Milgram resumiría el experimento en su artículo “Los peligros de la obediencia” en 1974 escribiendo:

“Los aspectos legales y filosóficos de la obediencia son de enorme importancia, pero dicen muy poco sobre cómo la mayoría de la gente se comporta en situaciones concretas. Monté un simple experimento en la Universidad de Yale para probar cuánto dolor infligiría un ciudadano corriente a otra persona simplemente porque se lo pedían para un experimento científico. La férrea autoridad se impuso a los fuertes imperativos morales de los sujetos (participantes) de lastimar a otros y, con los gritos de las víctimas sonando en los oídos de los sujetos (participantes), la autoridad subyugaba con mayor frecuencia. La extremada buena voluntad con que los adultos aceptan casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio”.

Las preguntas de Abraham y de Antígona se mezclan en el texto de Golding que, al igual que Milgram, se pregunta hasta dónde es posible el horror, creando una situación contrafáctica: niños aislados, de un solo sexo, que reestablecen el camino de una tendencia que parece atávica.

La novela recorre la vía inversa del camino de Hobbes, desestructurando poco a poco la represión de la violencia.

La tesis de Golding parece ser decididamente freudiana: la desaparición del sentimiento “oceánico”[15]queda marcada con el progresivo retorno a la caverna originaria, simbolizada en el estallido simultáneo de la caracola y del cuerpo de Piggy, un héroe con nombre irónico, que contraría la mala fama del pobre animal —en la distopía de Orwell[16], por ejemplo, servía para simbolizar, precisamente, al Leviatán—.

Freud niega sentir él mismo ese sentimiento “oceánico” y afirma que

“Normalmente no tenemos más certeza que el sentimiento de nuestro sí-mismo, de nuestro yo-propio; lo que, nos aparece como autónomo, unitario, bien deslindado de todo lo otro (tengo la fuerte tentación de escribir lo Otro, así, con mayúscula), pero esta apariencia es un engaño, el yo más bien se continúa hacia adentro sin frontera tajante, en un ser anímico que designamos ‘ello’ y al que sirve, por así decir, como fachada…”[17].

Para Freud la idea de dios, que es el centro de toda idea religiosa, es sólo la añoranza del padre y con ella se vinculan las prohibiciones fundantes de toda cultura: la del incesto y la del asesinato. Prohibiciones que sin embargo empiezan con una muerte, con la muerte “fundadora”, la del padre de la horda primordial.

La pregunta en la que coincidirían Freud y Castoriadis —de haber leído El señor de las moscas— son: si no hubiesen sido rescatados, ¿cuál habría sido el siguiente paso de la horda, ¿matar a Ralph, autoconstituido en el padre originario, aquél que buscaba reglar el placer con la esperanza de la salvación? Luego haber adoptado la prohibición de comer cerdo, para perfeccionar la adoración del “señor de las moscas”, ¿podrían? ¿Transformarían luego al dios animal en dios humano, para dejar sólo subsistente la prohibición de comer cerdo? ¿No es esto lógico?

La madre es el primer objeto de amor porque es la proveedora de alimento y es también la primera protección frente a los peligros del mundo exterior[18]. Si el cerdo es el alimento, también es la protección, por eso debe ser venerado y para ser venerado, prohibido y para mejor prohibirlo, matarlo. Por eso también Piggy, que es un cerdito, debe morir.

  1. ¿Puede una caracola ser el símbolo del poder?

La asociación parece ser tan simple que suena, valga la redundancia, burda. ¿Puede un aparato, para sonar, establecer la idea de poder? ¿Por qué no? ¿No son las campanas que doblan las que llaman la a guerra y la paz?

¿Se encuentra allí la fuerza del “como si”, así como el reinado de una divina providencia bondadosa, eterna y prometedora de todo buen futuro, calma la angustia frente a la existencia, frente a los peligros de la vida? [19]

Es que una ilusión —como aquella que decía que solo los indogermanos eran aptos para la cultura, o que los niños carecen de sentimiento sexual—, dice Freud, no es lo mismo que un error. Pues, aunque es siempre la derivación de un deseo humano, no necesariamente es falsa, ni irrealizable o contradictoria con la realidad. Sin embargo, algunas desafían tan abiertamente aquello que hemos llegado a saber sobre el mundo que no dudamos en calificarlas de delirantes.

El problema consiste en que la distinción entre realidad y delirio depende de un hilo tenue, absurdo, banal, y que mientras cruzamos esa delgada línea roja, muchas cosas suceden. La paradoja es que a veces una ilusión descubre una parte del mundo real, como hoy sabemos los normandos pudieron llegar a la América del Norte.

 

“A propósito de El señor de las moscas de William Golding, La marca de la caracola” Por Jorge E. Douglas Price en RUIZ, Alicia E. C.; DOUGLAS PRICE, Jorge E.; CÁRCOVA, Carlos María, “ La letra y la ley. Estudios sobre derecho y literatura”– Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación octubre de 2014. ISBN: 978-987-3720-10-9, cap. VII., disponible al 21-05-16 en:

http://www.saij.gob.ar/jorge-douglas-price-capitulo-vii-proposito-senor-moscas-william-golding-marca-caracola-dacf140827-2014/123456789-0abc-defg7280-41fcanirtcod

[1] GOLDING, William, El señor de las moscas, 2a reimpr., Barcelona, Edhasa, 2008.

[2]Dos años de vacaciones de Julio Verne es, seguramente, un relato que debió conocer Golding, las similitudes entre ambos son varias y bien señaladas. Pero no es el caso de relatos como La rebelión en la granja (1984) de Orwell, o Farenheit 451 de Bradbury, o La naranja mecánica de Burguess, que son variaciones de un mismo tema.

[3] HOBBES, Thomas, Leviatán: o la materia forma y poder de una República Eclesiástica y Civil,

México, FCE, 1998, p. 79.

[4] HOBBES, ibid, p. 101.

[5] Ibid, p. 102.

[6] Bien que sus ideas sobre el origen popular del poder, y no divino, y la admisión de que en ciertas condiciones la desobediencia civil estaría justificada (limitadísimas, según se ve en el Leviatán), le valió en su época acerbas críticas de los realistas tradicionalistas. Estos, además, de no admitir restricciones al poder real, no elevaban el famoso “King can’t no wrong” a categoría suprema, tal como la iglesia católica hará con las decisiones papales: omnia scrinia habet in pectore suo. No extrañamente un rey inglés será el único que se atreverá a asumir en Occidente, a excepción del propio Papa de Roma, la doble condición de jefe de la iglesia y jefe del Estado.

[7] Aunque una lectura atenta del Emilio deja ver cómo Rosseau también abonaba la idea de una democracia representativa.

[8] Al mismo tiempo, las historias de vida de Rousseau y de Hobbes parecen de modo muy lineal justificar que ambos siguiesen sendas orientaciones, pero —en honor a la verdad—, no conocemos estudios de la psicología de estos autores que pudiesen abonar más allá de esa linealidad, una correlación entre sus teorías y su experiencia de vida. Sin embargo, si pudiésemos admitir que tales suposiciones son correctas —esto es que la vida de Hobbes transcurrió en un período de extrema y continuada violencia, en medio de la guerra civil que sacudía a Gran Bretaña, mientras que la de Rousseau lo fue en medio de cierta bucólica calma en su Ginebra natal—, también tendríamos que admitir que existe más parentesco entre la vida de Golding y la de Hobbes, que entre aquella y la Rousseau.

[9] FREUD, Sigmund, “El malestar en la Cultura”, en Obras Completas, t. XXI, Bs. As., Amorrortu, 2001, p. 56 y ss.

[10] FREUD, S., ibid, p. 85.

[11] Ibid., p. 89.

[12] Ibid., p. 78.

[13] DE GIORGI, Raffaele, Jurisprudencia, México, Campeche, 2009, pp. 3/4, traducción del autor, inédito.

[14] MILGRAM, Stanley, “The Perils of Obedience”, en Harper´s Magazine Foundation, 247: 1483 (1973: Dec.), p. 62.

[15] Relata Freud que Romain Rolland así llamó, en su carta de respuesta al envío El porvenir de una ilusión, al sentimiento de “eternidad” que embarga a los hombres, del que no dimana ninguna promesa de vivencia personal, pero es la fuente de la energía religiosa que las iglesias y sistemas de religión captan y sin duda, dice Freud, también agotan. En Freud, op. cit.

[16] En referencia a La rebelión en la Granja, donde una rebelión de animales, encabezada por un cerdo, revierten el orden social, reinstaurando poco a poco, a través de la dictadura la misma desigualdad contra la que se alzaron. Como 1984, esta distopía se alzaba contra los totalitarismos del siglo XX.

[17] Ibid., p. 67.

[18] FREUD, Sigmund, “El porvenir de una ilusión”, Obras Completas, t. XXI, Bs. As., Amorrortu,

2001, p. 24.

[19] FREUD, S., ibid., p. 30