Gran Sertón: veredas GUIMARÃES ROSA, João


GUIMARÃES ROSA, João. Gran Sertón: veredas - Barcelona : Seix Barral, S. A, 1975.
ISBN 84 322 1878 2

Indización Juridica

DERECHO CONSTITUCIONAL > DEFENSA EN JUICIO
DERECHO PENAL > SECUESTRO > PENA
DERECHOS HUMANOS > DELITOS CONTRA LA HUMANIDAD
FILOSOFÍA DEL DERECHO > ÉTICA

VINCULACIÓN:

Hay allí, en ese grupo de guerreros tan incultos como indómitos, más idea de civilización que la que lucieron hombres educados, integrantes de fuerzas armadas institucionalizadas, que muchas décadas más tarde se sentirían con derecho a asesinar, torturar y violar a miles de ciudadanos sin juicio ni defensa. Existe en aquélla comunidad que vive para la guerra, mata y muere con naturalidad y fatalismo, mayor noción de justicia y debido proceso que durante las persecuciones del terrorismo de Estado.

CITAS TEXTUALES:

-<¡Hemos vencido, Riobaldo! Se acabó la guerra. Además, Joca Ramiro apreció mucho que hayamos cogido al hombre vivo…> Aquello me rendía poco sosiego. ¿Y después? – ¿Para qué, Diadorín? ¿Le matan ahora? ¿Le van a matar? > Apenas pegunté. Pero el Juan Curiol se volvió y dijo: – <Matarle no. Van a juzgarle…>. (p.193).

-Aprobaron, los todos, todos. Hasta el mismo Zé Bebelo. Así, Joca Ramiro habló de nuevo, normal, seguro de su estancia, por más imponerse, un habla que él agrede vagaroseaba. Dicho dijo que allí, sometido delante, sólo estaba un enemigo vencido en combates, y que ahora iba a recibir continuación de su destino. Juicio, ya. Él mismo, Joca Ramiro, como es de ley, dejaba emitir opinión al final, dictar sentencia. Ahora, quien quisiese, podía referir acusación de los crímenes que hubiese, de todas las acciones de Zé Bebelo, sus motivos; y proponer condena. (p .199).

– < Resultando y condena, lo dejamos para el final, compadre. Espera, que luego verás. Ahora es la acusación de las culpas. ¿Qué crimen indica el compadre en este hombre?> (p. 201).

INTERROGANTES:

-¿Qué es la justicia? ¿Qué prevalece el odio y la venganza u el honor, justicia? ¿Hay socialidad sin alguna forma de justicia, sin responsabilidad respecto de los actos cometidos?

-¿El hecho de juzgar confiere identidad y orden?

-¿Vale la pena volver sobre el pasado y administrar justicia?

-¿Puede leerse esta obra en clave de anticipo a los Juicios militares que tendrían unos 50 años después de esta obra?

EDITOR: De vinculación, citas textuales e interrogantes por Kevin Rother, Integrante del proyecto Lectores para la Justicia.(rotherkevin@gmail.com)

 

COMENTARIO:

Por Carlos María Cárcova

Abogado y Doctor por la Universidad de Buenos Aires.

Profesor emérito de la Universidad de Buenos Aires.

Comentario publicado en: “La letra y la ley. Estudios sobre derecho y literatura”- Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación octubre de 2014. ISBN: 978-987-3720-10-9, cap. VII., disponible al 21-05-16 en http://www.saij.gob.ar/carlos-maria-carcova-capitulo-ii-proposito-gran-serton-veredas-joo-guimares-rosa-estirpe-yagunzos-dacf140815-2014/123456789-0abc-defg5180-41fcanirtcod

 

LA ESTIRPE DE LOS YAGUNZOS. 

  1. Preliminar.

La tradición hermenéutica representada por Gadamer, Ricoeur, Davidson y otros concibe a la interpretación como un proceso complejo que se asienta en la construcción de un acuerdo, de un pacto, entre la objetividad de un texto y la subjetividad de un lector. Ambos cambian cuando la tensión inicial consigue superarse. Existe tensión porque no hay lector ingenuo; cualquiera que él sea, ingresará al vínculo con el texto con lo que “ya sabe”, es decir, con sus pre-conceptos, con su pre-comprensión del mundo, a la que no siempre será sencillo reducir o adaptar el texto. La interpretación permite asir el sentido de este último y de ese modo, construir el acuerdo. Cuando el encuentro de que se trata, como en este caso, involucra una obra tan críptica y al mismo tiempo tan deslumbrante como Gran Sertón: Veredas, de João Guimarães Rosa, es posible que un lector ingenuo se sienta tentado a abandonar la empresa, antes de ser seducido por ella, suponiendo que no podrá concretar el pacto de sentido que exige, que reclama, ese corpus extraño y desconcertante. Varias son las cuestiones que hacen de la narración en cuestión una experiencia excepcional y al mismo tiempo, insólita.

  1. Se trata de un largo monólogo por donde desfilan cientos de personajes, sin voz.
  2. Son estos unos individuos cuasi mitológicos, anacrónicos, cuyas vidas discurren en una especie de topus uranus en donde todas las formas de la naturaleza están presentes en alucinante y alucinada diversidad.

III. Esas vidas son violentas, salvajes, heroicas, sacrificiales.

  1. El relato, por otra parte, exorbita las reglas sintácticas y semánticas del idioma elegido; se nutre de tropos metonímicos, metafóricos e irónicos; construye expresiones, inventa lexicalidades y seduce tanto como sorprende, desplegándose como un largo y bello poema, trasvestido en prosa.

Las cuestiones señaladas son solo algunas de las características que singularizan a Gran Sertón: Veredas y, sin ánimo de invadir territorios conceptuales que no son los míos, sin ánimo de arrogarme competencias propias de la crítica literaria —sólo con la intención de dar testimonio de las impresiones admiradas de un modesto lector—, formularé respecto de tales características algunos breves comentarios para concluir estas notas con consideraciones sobre un pasaje en especial, la escena del juicio a Zé Bebelo —en tanto síntesis brillante de toda la riqueza narrativa de la novela—, y también por lo que en esa escena hay, leída desde este presente que resignifica el texto, de anticipatoria sabiduría.

  1. Impresiones.

2.1. Los modos del relato y sus personajes.

En algo más de 550 páginas, Guimarães Rosa despliega un monólogo que, sin embargo, es también diálogo, porque el narrador incorpora permanentemente al narratario a través de lo que podemos presumir son sus gestos o sus visajes. “¿Se asombra Ud?” “¿Le parece irreal lo que le expongo?”, interrogará Riobaldo a su oyente, informándonos así que la escucha coadyuva para darle sentido a su extendido, discontinuo, anfractuoso y sólo aparente soliloquio.

Otros autores han usado también ese arriesgado recurso expresivo, como Rulfo en México o Lins do Rego en Brasil, pero Guimarães es el más original y potente de los rapsodas de una modernidad experimental que se une, se entrama indisolublemente, con el regionalismo narrativo.

Los rapsodas eran recitadores o pregoneros que cantaban/contaban los poemas homéricos u otros episodios épicos, sin acompañamiento musical.

Más tarde, en épocas no tan remotas, fueron los juglares los que cumplieron parecida tarea, refiriendo las vicisitudes románticas y militares de los caballeros medievales en su infatigable búsqueda del Santo Grial. No parece gratuita la comparación ¿No hay acaso en el temple, en el coraje, en el desprecio por la vida propia y por la ajena, en el misticismo, la lealtad y la comunidad de esos yagunzos descriptos en la obra, una especie de reposición, de reencarnación de las características, virtudes y demasías, de aquellos personajes de la guerra de Troya, del desfiladero de las Termópilas, de las leyendas artúricas, o —en otro Medioevo— de esos fieros samuráis, cuyas vidas adquirían sentido sólo en el combate y en la lealtad a un Señor?

Desconciertan esos yagunzos ¿Cuál es su estirpe? ¿De dónde proceden? ¿Por qué viven gran parte de sus vidas guerreando, cabalgando, soportando la inclemencia de prolongados aguaceros o de abrasadores desiertos, mal dormidos y a veces mal comidos, feroces e impiadosos, tan gregarios que sólo la pertenencia les brinda identidad? Son seres extraños. No se asemejan a los indígenas, ni a los colonizadores, ni a los afrodescendientes, pero sintetizan a todos ellos y se funden con una región, un paisaje exuberante, con su flora y su fauna algo exóticas y algo misteriosas. Esa realidad humana y natural que se sintetiza en el inasible horizonte del sertón, que es una geografía y al mismo tiempo un modo de existir, el del sertón minero, diferente del nordestino, en el que se combina la caatinga rala y la sequía agobiante de algunas zonas desérticas, con los pastos abundantes y la rumorosa frescura de las veredas, esteros y riachos. El sertón es aquí personaje y no solo escenario, “… donde manda el más fuerte, con las astucias, ¡Dios mismo, cuando venga, que venga armado. La bala es un pedacito de metal…”, según Riobaldo, el ya anciano narrador. El sertón está en todas partes y todo está en el sertón. El sertón es también el mundo. No tiene ventanas, ni puertas. Como en el poema de Borges: “no hay puertas, estás adentro”. Esa es la tierra del sol, de la que también nos habló Glauber Rocha. Allí habitan Dios y el Diablo. Pero el yagunzo de Guimarães, no es un cangaceiro. No se parece a Lampiao ni a Corisco. Tampoco a un llanero como los de Colombia o de Venezuela, ni a un huaso chileno, ni a un gaucho como los de sur de Brasil, de las cuchillas uruguayas o la pampa argentina.

El gaucho ha peleado, pero no por oficio sino por necesidad. Necesidad de patria o de política. Se gana su sustento con el trabajo —generalmente ocasional y cambiante— de la doma, la yerra o el arreo. No tiene jefe, solo patrón circunstancial. No anda en banda, deriva en soledad. Visita el boliche, cada tanto, por tabaco, alcohol o comida, y sigue viaje. Tiene apenas la compañía de su caballo y su facón.

El yagunzo en cambio, forma cuadrilla. Es hombre de Joca Ramiro, de don Candelario, de Ricardón o de Zé Bebelo, de Medeiro Vaz o de Riobaldo. Vive para la guerra, mata y muere con naturalidad y fatalismo.

Su coraje es más parecido al de los soldados de los tercios españoles que asolaron la Europa de los siglos XVI y XVII —tan extremo como cruel y suicida—, que al coraje de los bandeirantes portugueses, capaces de llegar a los quintos infiernos pero poco propensos a morir gratuitamente, valientes como el que más pero pragmáticos.

La escena final, trágica y conmovedora de la batalla en Disturbio Viejo, en la que, disparadas ya todas las municiones, ambos bandos, los hermógenes y los hombres de Riobaldo con Diadorím a la cabeza, en loco desafío, se forman en los extremos de la calle, desenvainan facas y puñales, y se lanzan los unos sobre los otros, evoca las guerras de trinchera de los sitios de Breda o de Rocroi en donde españoles y flamencos se enfrentaban por lo corto, en túneles y socavones, dagas en mano, que era allí el único modo de matar, hasta tajearse o despanzurrarse en nombre y por la gloria de sus reyes, resbalando en el barro a puro filo.

Aquellos yagunzos de Gran Sertón, tan peculiares y diferentes, serán seres mitológicos ¿Ha sido la fecunda imaginación del autor la que ha creado esa desmesura del arrojo y del valor? No parece; la historiografía los ha situado en escenarios reales como, por ejemplo, aquel de la guerra de Canudos, insensata y feroz.

Aun así, confirmados en su curiosa y extraña verosimilitud, la dimensión dramática de los personajes y la inconmensurabilidad del escenario, sorprenden y conmueven al lector ordinario, lo que nos devuelve al comienzo. El acuerdo de sentido entre texto y lector, es especialmente trabajoso.

2.2. La libertad narrativa

¿Qué decir acerca del estilo literario? Guimarães Rosa deforma, altera, transforma, retuerce los cánones y lo que resulta es tan logrado como apasionante. Es sabido que esta obra lo proyecta a la fama nacional e internacional, lo transforma en referencia ineludible de la literatura latinoamericana y la crítica especializada no elude el ditirambo. Mauro Libertella sostiene, por ejemplo, que el texto en cuestión constituye un “experimento monumental con el lenguaje” que adquiere “dimensiones titánicas en la inventiva lingüística”.[1]

Sin dudas, Guimarães explora con exhaustividad las posibilidades del portugués utilizando múltiples procedimientos. Introduciendo, por ejemplo, neologismos, arcaísmos, palabras derivadas, hablas (falas) y remisiones a otras lenguas, tal como lo explica acertadamente Susana Cella.[2]

Es claro que esa posibilidad es tributaria del sorprendente conocimiento que poseía el autor acerca de diversas lenguas. Con frecuencia, se citan en tal sentido las declaraciones que formula en una entrevista periodística. Dice ahí:

“Hablo portugués, alemán, francés, inglés, español, italiano, esperanto, un poco de ruso. Leo sueco, holandés, latín y griego (aunque con el diccionario a mano); entiendo algunos dialectos alemanes, estudié la gramática del húngaro, del árabe, del sánscrito, del lituano, del polaco, del tupí, del hebreo, del japonés, del checo, del finlandés, del danés y curioseé algunas otras. Pero todas mal. Pienso que estudiar el espíritu y el mecanismo de otras lenguas, ayuda mucho a una comprensión más profunda del propio idioma. Pero siempre, estudiando por diversión, gusto o narración”.

Con tan sorprendente cantidad de insumos y recursos lexicales, y con sutil inteligencia, Guimarães construye una textualidad compleja pero finalmente accesible. Vencidas las primeras resistencias, el lector consigue navegar en esas aguas relativamente intransparentes, guiado por la musicalidad y el contexto que cualifican y embellecen el relato, develando el universo dialectal mineiro y las expresiones recónditas del sertón.

Adam Méndez, un crítico chileno, afirma en este aspecto que “ya es opinable que sea traducible al portugués”, y concluye, en transgresión sintáctica del español, imitando al narrador, que “el trabajo tiene que ver con la lengua portuguesa, o mejor brasileira, o mejor mineira, si es que”.

Otro elemento que Guimarães utiliza insistentemente es el de una temporalidad fragmentaria, no lineal y recursiva. Quiebra la cronología de la historia y va y vuelve con singular libertad en su interior, armándola, desarmándola y rearmándola, en tractos anacrónicos que, sin embargo, embellecen y potencian las descripciones de caracteres y entornos.

Finalmente, como siempre ocurre con las obras de un valor universal e imperecedero. La publicación de Gran Sertón: Veredas, le dio a su autor definitivo y enorme reconocimiento, aunque no faltaron también los detractores, aquellos que resistían la heterodoxia que el texto implicaba y la audacia transgresora de su estilo. El entrañable Vinicius de Moraes afirmaba molesto: “eso no es escribir”. El crítico argentino Mauro Libertella, a quien ya he citado, recuerda las palabras de su colega brasilero Alfonso Arinos en las que parece desentrañar con belleza expresiva la construcción de sentido y los efectos que el texto produce:

“Cuidado con este libro —dice Arinos— porque Gran Sertón… es como ciertas casonas viejas, ciertas iglesias llenas de sombras. Al principio la gente entra y no ve nada. Son contornos difusos, movimientos indecisos, planos atormentados. Pero, de a poco, una luz nueva llega y la vista se habitúa. Y, con ella, la percepción empieza a admirar. Por eso el imprudente, el apurado que entra sin tiempo, chocará inadvertidamente contra cosas que, después, identificará como infinitamente bellas”.[3]

Es que el autor, que escribe con respiración universal, hace una literatura que sólo pudo ser hecha de este lado del mundo, en compañía de Rulfo, de Arguedas, de Scorza, de García Márquez, de Borges, de Cortázar, de Amado o de Lezama Lima, por citar sólo algunos. Guimarães no solo experimenta con el “habla” —en sentido saussuriano—; inventa un lenguaje y una estética de la comunicación literaria.

Permítaseme concluir estas impresiones cuyo sentido, como he dicho antes, es de naturaleza testimonial, con una cita del gran crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal:

“Por la magnitud de su empresa —sostiene— por el nivel de la creación verbal y mítica en que se sitúa Gran Sertón: veredas, por la sabiduría de su enfoque humanístico y la ironía sazonada de su visión narrativa, esta obra de Guimarães Rosa es una de las creaciones mayores de la literatura latinoamericana de hoy. Es también una síntesis magistral de las esencias de esa enorme, desmesurada, escindida tierra de Dios y el Diablo, que es su patria”.

  1. La escena del juicio.

Hemos de intentar cumplir con lo que era objetivo específico de estas notas: reflexionar sobre la escena en donde se juzga a Zé Bebelo.[4]

Este, imbuido de ambiciones políticas finalmente legítimas, ha llegado al sertón con un ejército. Se propone una especie de colonización, de conquista de esa región indómita y diferenciada. Se propone integrarla al Brasil moderno, pero para ello debe guerrear, debe vencer, cambiar el paisaje y la gente que lo habita. Él sabe que la encomienda no es sencilla, porque esos yagunzos son gente de temer. Él también tiene coraje y ambición. Bien pertrechado, con muchos hombres a su mando, marcha hacia aquel territorio. La lucha es prolongada y tenaz. Mucha gente muere. Son dos ejércitos enfrentados, con sus tácticas y sus estrategias. Finalmente, el sertón vence. Los yagunzos vencen y en una escaramuza, Zé Bebelo cae prisionero. La intervención de Riobaldo impide que sea ultimado, aun cuando aquél, en el fragor, se ofrece a la muerte.

Capturado, es llevado ante el jefe máximo, Joca Ramiro, hombre venerado, indiscutido, sabio y experiente. Ante él, Zé Bebelo se comporta, pero no se arredra y grita: “… o me matan ahora, aquí o entonces exijo un juicio correcto legal”. Y su pedido es concedido por el Gran Yagunzo.

Esos hombres no son un Estado, hacen la guerra. La instancia, entonces, es extraña y la escena en que ella se despliega, constituye un epítome de toda la obra. Las lógicas que se cruzan, los paisajes que se recorren (“Joca Ramiro, cuenta Riobaldo, navega tres leguas y convoca a todos los yagunzos y capataces y jefes… rumbo al Norte; todo por la gloria y por el juicio”); las características de los personajes principales; sus discursos en disputa; sus ánimos confrontados; sus sentimientos abismales: odio, venganza, honor, justicia. Sus debilidades y grandezas. Sus astucias, su valor. Todo está allí.

Todo el sertón está allí. Y una vez más, en ese espacio que es metonímicamente universo, también está la justicia.

Guimarães Rosa parece decir, cincuenta años antes de las tragedias que enlutaron los países del cono sur mediante el terrorismo de Estado, la desaparición forzada, la tortura, el genocidio, que no hay socialidad sin alguna forma de justicia; sin responsabilidad respecto de los actos cometidos; que éstos deben ser juzgados; que deben mediar las acusaciones, que ellas deben ser concretas, claras, precisas; que todos deben poder ejercer su defensa y que es finalmente la sociedad, a través de quienes la representan, la que debe condenar o absolver.

En la Hacienda Siempre Verde, en su amplia terraza, se reunirán todos y se celebrará el juicio. Zé Bebelo es tratado como prisionero, pero con respeto. Le dan de comer y de beber. Cuando es convocado al ruedo, no pierde la serenidad. Hay quienes quieren condenarlo a muerte infame y otros que lo hubieran matado en combate, pero que no encuentran adecuado tomar su vida ahora que está vencido. Algunos entre tanta confusión perciben, intuyen, que lo que están haciendo les confiere identidad y orden. Dice Don Candelario, uno de los jefes más destacados: “… Juicio. Es eso. Hay que saber quién es el que manda, quien es el que puede”.

Joca Ramiro, el más sabio y el más jefe, construye los sentidos de la densa escena. Le dice al enemigo: “El señor pidió un juicio… Le aviso que puede ser fusilado de una buena vez. Perdió la guerra, es nuestro prisionero”. Luego invita primero a los jefes y después a todo el mundo a que formulen acusación, él se reserva la sentencia.

Hermógenes, dueño él de la villanía, en lo que se ha contado ya y mucho más en lo que vendrá, quiere la muerte del prisionero, quiere que cientos de caballos lo pisoteen, lo insulta y le grita.

Zé Bebelo reclama: “Retengo que estoy sereno en juicio legal, de raciocinios… me opongo y con protestas… porque la acusación tiene que ser con palabras sensatas, no con afrentas de ofensa, de insultos”. –Y dirigiéndose a Hermógenes: “Hombre: no abuse de hombre! No alces la voz”, reclama con dignidad.

Joca Ramiro contiene, con paciencia, los ardores de Hermógenes y consulta a los otros jefes. Don Candelario no ve crimen. “Vino a pelear y perdió, pero con valentía, dignamente. Lo que yo creo es que se debe soltar a este hombre”.

Ricardón, coludido con Hermógenes, pide venganza, desquite. Un tiro de arma…

Otra vez en este tramo, Guimarães parece expresarse en el angustiado y contradictorio pensamiento de Riobaldo: “… Antes siendo que el juicio es siempre defectuoso, porque lo que la gente juzga es el pasado. Bien. Pero para lo escriturado de la vida, el juzgar no se dispensa…”. Hay que juzgar para vivir, parece ser la traducción.

Titan Passos dice: “en el caliente de la guerra lo hubiera matado… pero aquí es matadero o carnicería… yo no”. Joao Goanha, concuerda. Y, después de otras intervenciones. Riobaldo, que no posee aún liderazgo, ofrece argumento que será recibido mayoritariamente e instrumentado en la decisión final de Joca Ramiro. “Zé Bebelo es hombre valiente y digno, honra la palabra que da… ¿matarlo nos honra o nos avergüenza? Que fuera absuelto crearía una gran fama. Fama de gloria…” y propone condena de ostracismo. Zé Bebelo dice:

“Pedí este juicio arma en mano y merecí de la alta dignidad de Joca Ramiro, juzgamiento. Esto es lo que uno siempre tiene que pedir. ¿Para qué? Para que no haya miedo. Necesité de este juicio para que vieran que no tengo miedo. Si la condena fuera de ásperas, en mi coraje me amparo y si me pone a salvo con mi coraje agradezco. Perdón no pido, pero mi palabra cumplo”.

Finalmente Joca Ramiro decide perdonar su vida a condición de que se marche del sertón y prometa no volver mientras él esté vivo o hasta que lo mande llamar. Así dictada la sentencia, comen y beben y parten todos en distintas direcciones.

Como he dicho antes, la secuencia posee una majestuosidad impresionante y en mi entender, dice mucho más que lo que la anécdota agota.

Hay allí, en ese grupo de guerreros tan incultos como indómitos, más idea de civilización que la que lucieron hombres educados, integrantes de fuerzas armadas institucionalizadas, que muchas décadas más tarde se sentirían con derecho a asesinar, torturar y violar a miles de ciudadanas y ciudadanos sin juicio ni defensa. Con nocturnidad y clandestinidad, imbuidos de salvajismo e impunidad.

Es conocido el drama al que aludo. Mi país fue uno de los que sufrió de las más tenaces y bárbaras persecuciones del terrorismo de Estado. Los desaparecidos sumaron alrededor de 30.000 personas, que padecieron torturas y vejaciones de toda índole, en campos de concentración distribuidos en todo el país, para ser luego asesinados y calcinados en osarios comunes o arrojados al mar, desde aviones que lucían insignias de la Patria.

Cuando retornó la democracia, de la mano del portentoso fracaso del plan dictatorial, el gobierno civil del Presidente Alfonsín, quizá por primera vez en la historia, procesó a los responsables de los crímenes aludidos y creó una Comisión para investigar la desaparición de personas. En 1985, los comandantes del Proceso fueron condenados a prisión perpetua. Sin embargo, los acontecimientos que llegan hasta el presente, fueron extremadamente complejos y contradictorios. Inmediatamente después de aquel fallo histórico, se dictó la ley de Punto Final, instrumento mediante el cual se intentó limitar las responsabilidades a nivel cupular. Pero en el exiguo tiempo acordado por la norma, los jueces procesaron a más de 400 oficiales superiores.

Más tarde, en medio de maniobras golpistas, se dictó por el propio gobierno, la “ley de obediencia debida”, como instrumento destinado a exculpar. Cuando en 1989 llega al poder el Presidente Menem, corta por lo sano e indulta irregularmente tanto a condenados como a procesados. Pese a todo esto, dos ventanas quedarían abiertas: no se incluyó entre las conductas indultadas el robo de los hijos de desaparecidos, ni el saqueo de sus bienes. Es decir, parte —sólo parte— de los llamados delitos conexos. Las luchas, movilizaciones y demandas populares por juicio y castigo a los culpables continuaron. En 1998, el Congreso derogó las leyes de punto final y obediencia debida, pero no las nulificó, cosa que ocurriría recién en el año 2000. En el 2005, luego de la decidida actuación en todos los frentes del Presidente Kirchner, la nueva Corte Suprema declaró la inaplicabilidad de todas las leyes de perdón y olvido y los juicios se reactivaron en todo el país.

No se ha conocido un solo acto de venganza personal y todos los imputados han podido hacer uso de sus derechos de debido proceso y defensa en juicio.

El 29 de diciembre de 2011, la Procuración General de la Nación ha brindado un informe sobre el estado de las causas por delitos cometidos durante el terrorismo de Estado. La información está online, mencionaré aquí solo algunos datos. Actualmente hay 843 procesados; de éstos, 590 están en etapa de juicio o con requerimiento fiscal de elevación a juicio. Mientras tanto, los ya condenados suman 267 personas, solo 43 de ellos con sentencia firme.

Existen a la fecha del informe 593 personas detenidas, de las cuales 50,50% permanece en unidades penitenciarias; 43,40% en condiciones de detención domiciliaria; 5,90% permanece en dependencias de fuerzas de seguridad, y 0,20% en hospitales.

El presidente del Centro de Estudios Legales y Sociales, una de las más activas ONGs en la lucha por los derechos humanos, ha señalado que el 46% de los condenados recibió penas de prisión perpetua, el 32% deberá cumplir entre 16 y 35 años de cárcel; el 21% entre 4 y 5 años; y el 1% hasta 3 años. La dispersión de los castigos ilustra acerca del respeto que se observó por los derechos de los encartados.[5]

Los episodios que he referido, conocidos por todos ustedes —y algunos datos sobre la situación actual menos conocidos—, han sido traídos a cuento sólo a efectos de ilustrar, a través de una experiencia ciertamente atormentada, cuantos esfuerzos demanda volver sobre el pasado y administrar justicia. Sin embargo, si interpreto acertadamente el premonitorio mensaje de Guimarães Rosa, diría con él que bien vale la pena.

[1] LIBERTELLA, Mauro, “Gran Sertón: 50”, Página/12, Radar libros, Bs. As., 23/07/2006.

[2] CELLA, Susana, “Larga vida al Gran Sertón”, Página/12, Radar libros, Bs., As., 06/09/09.

[3] LIBERTELLA, cit.

[4] GUIMARÃES ROSA, João, Gran Sertón: veredas, Barcelona. Seix Barral S. A.,1975, pp. 192/222.
[5] Página/12, 24/04/2012.