La conjura de los necios KENNEDY TOOLE, John


KENNEDY TOOLE, John. La conjura de los necios - 3a ed. - Argentina : Anagrama, 2011.
ISBN 978-84-339-3014-9

Indización Juridica

DERECHO CONSTITUCIONAL > DERECHO DE HUELGA / DERECHO DE REUNIÓN / DERECHO DE TRABAJAR / CONDICIONES DIGNAS DE TRABAJO
DERECHO LABORAL > CONTRATO DE TRABAJO / DISCRIMINACIÓN LABORAL / HUELGA
SEGURIDAD SOCIAL > DERECHO DE LOS BENEFICIOS DE LA SEGURIDAD SOCIAL/ JUBILACIONES

Vinculación:

Un personaje extravagante se enfrenta a capa y espada con las obligaciones y normas sociales, reduciendo al absurdo cada una de las reglas del sistema en que está inserto. No encontrando escapatoria, accede a trabajar para ganarse la vida, efectuando una grave crítica al mercado laboral.

Citas:

  •  “- Vine por el trabajo de mozo que han anunciado en el periódico.
    – ¿Sí? – Lana Lee contempló las gafas de sol -. ¿Tienes referencias?
    – Un policía me dio una referencia. Me dijo que sería mejó que me consiguiera enseguía un trabajo remunerao – dijo Jones, y lanzó un chorro de humo hacia la barra vacía.
    – Lo siento. No queremos gente que tenga problemas con la policía. No van bien en un negocio como éste. Tengo que proteger mi inversión.” (p. 43)
  • “González se convirtió en jefe administrativo y pasó a controlar a los pocos y alicaídos oficinistas que quedaban a sus órdenes. Nunca lograba, en realidad, recordar los nombres de sus administrativos y mecanógrafas. A veces, parecían renovarse casi a diario, con la excepción de la señorita Trixie, la octogenaria ayudante de contabilidad que llevaba casi medio siglo copiando deficientemente números en los libros de contabilidad de Levy. (…)
    – La señorita Trixie lleva muchos años con Levy Pants – explicó el jefe administrativo (…)
    – Llevo años esperando la jubilación, pero siempre me dicen que me falta un año. Te hacen trabajar hasta que te desplomas…” (p. 73-74, 77)
  • “Bueno, el trabajo de archivo, que es el que usted hará, porque nos hace mucha falta alguien en los archivos, tiene asignado un salario de sesenta dólares a la semana; los días que no venga usted por enfermedad, etc., se deducirán de su salario semanal.
    – Desde luego, es muy inferior al salario que yo esperaba – el tono de Ignatius era descomunalmente engolado.
    – Pero, escuche – dijo confidencialmente el jefe administrativo –, la señorita Trixie sólo gana cuarenta dólares a la semana, y no me negará usted que tiene cierta antigüedad en la empresa.
    – Parece muy antigua, sí – dijo Ignatius, viendo a la señorita Trixie esparcir los contenidos de su bolsa sobre la mesa y rebuscar entre los trapos – . ¿No tiene ya la edad de jubilación?
    – Schisss – dijo el señor González. La señora Levy no nos deja jubilarla.” (p. 78)
  • “Puedo, por fin, describirte ya, lector amable, nuestra fábrica. (…) La escena que contemplaron mis ojos fue apremiante y repelente al mismo tiempo. En Levy Pants se ha preservado para la posteridad la cárcel – fábrica de inicios de la era industrial. (…) Es una escena que combina lo peor de La cabaña del tío Tom y de Metrópolis, de Fritz Lang. Es la esclavitud de los negros mecanizada; ejemplifica el progreso que ha hecho pasar al negro de recoger algodón a cortarlo y coserlo. (…) Sentí que se sublevaban mis profundas y enérgicas convicciones respecto a la injusticia social.” (p. 127)
  • “Cuando les pregunté por sus salarios, descubrí que la paga semanal media es de menos de treinta (30) dólares. Mi considerada opinión es que un individuo se merece más que eso como salario por el simple hecho de estar en una fábrica cinco días por semana, sobre todo si la fábrica es como la de Levy Pants, donde el techo agujereado amenaza con derrumbarse en cualquier momento. (…) Si yo hubiera sido uno de los obreros (…), habría irrumpido mucho antes en la oficina y exigido un salario decente.” (p. 133)

Interrogantes:

  •  Trabajo, ¿derecho u obligación?
  •  ¿El derecho constitucional de huelga es efectivamente operativo? ¿Cuáles son las condiciones de la huelga?

Comentario:

 La conjura de los necios

desde la perspectiva del Derecho Laboral

Por Ornella Costabile

Introducción

 El universo jurídico considera al trabajo como un derecho humano fundamental. En esta oportunidad abordaremos un análisis de la obra literaria La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, la cual demuestra de una manera humorística y disparatada, que el trabajo puede bien no ser un derecho, sino convertirse en una amarga obligación. Las observaciones del protagonista, Ignatius J. Reilly, acerca de sus diversos empleos y los trabajadores con los que toma contacto, arrojan luz sobre la realidad del mundo laboral capitalista en su mayor decadencia, revelando las paupérrimas condiciones de los empleados en sus espacios de trabajo, más allá de las normativas vigentes aplicables y los Tratados Internacionales de Derechos Humanos. Salvando las distancias entre las legislaciones argentina y estadounidense, reflexionaremos acerca de las condiciones laborales en la época actual.

El tratamiento del Trabajo en La conjura de los necios

Por supuesto que esta novela, escrita a principios de los años 60 en la ciudad de Nueva Orleans, Estados Unidos, posee una enorme riqueza de temáticas para abordar desde la visión jurídica, que haría de cualquier ensayo un análisis inacabable de distintos corpus legales y legislaciones comparadas. Es por ello que, en este caso, optaremos por ubicarnos en la perspectiva del Derecho del Trabajo.

Como sucede en la mayoría de los casos, ciertas vivencias del protagonista de esta historia son fiel reflejo de las experiencias personales del autor. De hecho, los dos trabajos que toma el personaje principal, uno en una empresa que fabrica pantalones y el otro como vendedor callejero de salchichas, guardan directa relación con empleos que ha tenido Kennedy Toole en la realidad. El protagonista de esta historia, Ignatius J. Reilly, es un personaje bastante particular, un inadaptado social que vive en la zona portuaria de Nueva Orleans, y que se ocupa de plasmar permanentemente su visión del mundo en una serie de cuadernos personales, que pretende en el futuro publicar como una gran obra maestra. A lo largo del relato, Ignatius escribe páginas y páginas de observaciones acerca de las actuales condiciones laborales y el sistema capitalista que tanto desprecia y al que, sin embargo, se ve obligado a someterse a través del trabajo, actividad que entiende como una forma de esclavitud. Justamente, sus experiencias laborales constituyen el hilo conductor que une y da sentido a toda la obra, y lo que la convierte en un duro retrato del ser humano y sus desdichas.

Nuestra legislación, en el artículo 4 de la Ley de Contrato de Trabajo, 20.744, establece el siguiente concepto: constituye trabajo, a los fines de esta ley, toda actividad lícita que se preste en favor de quien tiene la facultad de dirigirla, mediante una remuneración. El objeto del trabajo debe ser una actividad lícita para estar comprendido y protegido por las disposiciones de la citada ley. Lamentablemente, muchas veces los trabajadores deben someterse a la aceptación de trabajos que implican, la mayoría de las ocasiones de un modo oculto o disfrazado, ciertas actividades ilegales. Nos referiremos al respecto a un personaje, Burma Jones, un hombre perteneciente a la clase baja de la sociedad, que habiendo sido amenazado por la policía a caer en prisión de no conseguir un empleo – cualquiera sea –, debió aceptar el trabajo de portero-conserje en el “Noche de Alegría”, un bar que puertas adentro se dedica a la exhibición de bailes eróticos femeninos y solapadamente a la prostitución. Jones se aferra desesperadamente a su puesto de trabajo sólo para evitar ser arrestado por vagancia. Ahora bien, el artículo 39 de la mencionada norma considera ilícito el objeto cuando el mismo fuese contrario a la moral y a las buenas costumbres. Sin embargo, no se considerará tal si, por las leyes, las ordenanzas municipales o los reglamentos de policía se consintiera, tolerara o regulara a través de los mismos. En Argentina la prostitución no se encuentra tipificada como delito penal, sino que se trata de una contravención, es decir que, ejercer la prostitución de modo independiente no es en sí un acto delictivo, pero sí lo es tener una casa de tolerancia, como en el caso de ejemplo. De todos modos, el contrato de objeto ilícito no produce consecuencias entre las partes que se deriven de esta ley, conforme al artículo 41 de la ley 20.744. Restaría analizar qué sucede cuando el trabajador presta sus servicios creyendo de buena fe que el objeto de los mismos es lícito.

Al momento de presentarse Jones en el local “Noche de Alegría”, es en un primer momento víctima de un acto discriminatorio por parte de la dueña del mismo: “Lo siento. No queremos gente que tenga problemas con la policía. No van bien en un negocio como éste. Tengo que proteger mi inversión.”1 El señor Jones le explica que realmente no cuenta con antecedentes penales, sólo se trata de amenazas de la policía para que deje de estar desocupado. En primer lugar, sabemos que a través del artículo 17 de la norma en trato se prohíbe cualquier tipo de discriminación entre los trabajadores por motivo de sexo, raza, nacionalidad, religiosos, políticos, gremiales o de edad. La interpretación de este artículo se amplía notablemente en la práctica, puesto que, tanto doctrinal como jurisprudencialmente, tampoco se permite la discriminación por orientación sexual, aspecto físico, discapacidad, entre otros. Y en segundo término, por más que Jones hubiese estado en prisión, bien establece la ley 24.660 de Ejecución de la pena privativa de la libertad en su artículo 1º: La ejecución de la pena privativa de libertad, en todas sus modalidades, tiene por finalidad lograr que el condenado adquiera la capacidad de comprender y respetar la ley procurando su adecuada reinserción social, promoviendo la comprensión y el apoyo de la sociedad. Ahora bien, se hace evidente que en el ámbito fáctico, las teorías de reinserción y resocialización son escasamente aplicables, dejando a quienes recuperan la libertad en total situación de marginalidad, prácticamente sin posibilidad alguna de conseguir un trabajo digno. Un estudio del año 2005 en Estados Unidos, reveló que por año salen aproximadamente unas 600.000 personas de las prisiones norteamericanas , y atento a la importancia que tiene el empleo para el abandono de la delincuencia, se cree que si los ex-presidiarios no obtienen un trabajo legítimo, tienen más probabilidades de reincidir.2

Habiendo observado brevemente la historia laboral de Burma Jones, pasaremos entonces a hablar del personaje principal, Ignatius, cuyo primer trabajo fue en “Lévy-Pants”, una fábrica de pantalones en decadencia, de la cual será despedido por organizar a los obreros en una sublevación contra el jefe administrativo. Su siguiente ocupación será como vendedor callejero de “Salchichas Paraíso, Inc.”, debido a lo cual recorrerá los suburbios de la ciudad de Nueva Orleans, y conocerá distintas injusticias y situaciones penosas, como la existencia de una red de pornografía para escolares. Todo ello lo instará a la ambiciosa creación de un partido político denominado “Partido de la Paz”. En el prólogo del libro, Ignacio Walker Percy describe a Ignatius Reilly como “un tipo raro, una especie de Oliver Hardy delirante, Don Quijote adiposo y Tomás de Aquino perverso, fundidos en uno3 Reilly es para casi toda la crítica literaria, un moderno Don Quijote, tan realista como imaginativo, a veces hasta el punto de la ilusión. Detesta la modernidad, particularmente la cultura pop, y prefiere el pensamiento filosófico de la escolástica de la Edad Media, siendo su mayor referente Boecio. Sin embargo, también goza con el bienestar tecnológico, producto de los avances modernos.

Tras el ultimátum de su madre, que lo conminó a conseguir un empleo, arriba Ignatius a la empresa “Lévy-Pants”, a raíz de un aviso clasificado. Allí se encuentra con el señor Gonzalez, jefe administrativo de la fábrica, quien lo toma automáticamente en el trabajo de archivista, tras una brevísima entrevista en la que ni siquiera le pregunta su nombre, de hecho le demuestra que su persona no es relevante, siendo el puesto vacante un trabajo automatizado que podría hacer cualquiera. Claro que en ningún momento le hace firmar un contrato, pero como bien establece el artículo 21 de la ley 20.744, habrá contrato de trabajo, cualquiera sea su forma o denominación, siempre que una persona física se obligue a realizar actos, ejecutar obras o prestar servicios en favor de la otra y bajo la dependencia de ésta, durante un período determinado o indeterminado de tiempo, mediante el pago de una remuneración. Y de todos modos, la prestación de servicios hace presumir la existencia de un contrato de trabajo, salvo que se demostrase lo contrario – art. 23 de la citada norma. Mucho menos se cumple el texto del artículo 52, que dispone que los empleadores deberán llevar un libro especial, registrado y rubricado, en las mismas condiciones que se exigen para los libros principales de comercio con los datos completos del trabajador, del momento que el empleador y dueño de la fábrica, Gus Levy, detesta tanto el establecimiento, producto de la herencia de su padre, que rara vez se presenta en él, desconociendo a la mayoría de sus empleados y despreocupándose por las condiciones laborales y de seguridad e higiene. Tiene además el empleador, el deber de cumplir con las obligaciones que resulten de la ley 20.744, de los estatutos profesionales, convenciones colectivas de trabajo y de los sistemas de seguridad social, de modo de posibilitar al trabajador el goce íntegro y oportuno de los beneficios que tales disposiciones le acuerdan, lo que evidentemente no se ve reflejado en el accionar de Gus Levy. El empleador en este caso no sólo incumple con sus obligaciones como tal, sino que desconoce ciertos derechos de los trabajadores por su total negligencia y desinterés.

Allí Ignatius conoce a la señorita Trixie, una octogenaria ayudante de contabilidad que lleva casi medio siglo en su empleo, y que espera con ansias que le permitan acceder a su jubilación. Como la señorita Trixie sufre de demencia senil, la esposa del dueño de la fábrica, la señora Levy, le prohíbe el beneficio de la jubilación haciendo lo imposible para retenerla, supuestamente para que se mantenga activa. El contrato de trabajo por tiempo indeterminado dura hasta que el trabajador se encuentre en condiciones de gozar de los beneficios que le asignan los regímenes de seguridad social, por límites de edad y años de servicios – art. 91, ley 20.744, siempre que no se configuren otras causales de extinción. Al momento de configurarse alguna de las circunstancias establecidas en la primera parte del artículo, puede el empleador intimar al trabajador a acogerse a los beneficios jubilatorios, pero ninguna norma otorga al empleador la facultad de retener al empleado que reúne las condiciones para acceder a la jubilación en su puesto de trabajo.

 Luego del primer recorrido que hace Ignatius a la parte de producción de la fábrica, escribe en su cuaderno, al que denomina “Diario de un chico trabajador”: “Puedo, por fin, describirte ya, lector amable, nuestra fábrica. (…) La escena que contemplaron mis ojos fue apremiante y repelente al mismo tiempo. En Levy Pants se ha preservado para la posteridad la cárcel – fábrica de inicios de la era industrial. (…) Es una escena que combina lo peor de La cabaña del tío Tom y de Metrópolis, de Fritz Lang. Es la esclavitud de los negros mecanizada; ejemplifica el progreso que ha hecho pasar al negro de recoger algodón a cortarlo y coserlo. (…) Sentí que se sublevaban mis profundas y enérgicas convicciones respecto a la injusticia social.”4 Apartando el análisis de los conflictos raciales que históricamente se suscitan en Estados Unidos, debemos destacar el texto de nuestra Constitución Nacional en su artículo 14 bis: “El trabajo en sus diversas formas gozará de la protección de las leyes, que asegurarán al trabajador: condiciones dignas y equitativas de labor; jornada limitada; descanso y vacaciones pagados; retribución justa; salario mínimo vital móvil; igual remuneración por igual tarea…”

Continúa Ignatius,“cuando les pregunté por sus salarios, descubrí que la paga semanal media es de menos de treinta (30) dólares. Mi considerada opinión es que un individuo se merece más que eso como salario por el simple hecho de estar en una fábrica cinco días por semana, sobre todo si la fábrica es como la de Levy Pants, donde el techo agujereado amenaza con derrumbarse en cualquier momento. (…)Si yo hubiera sido uno de los obreros (…), habría irrumpido mucho antes en la oficina y exigido un salario decente.”5 Conforme a la Ley de Contrato de Trabajo, el salario mínimo vital, es la menor remuneración que debe percibir en efectivo el trabajador sin cargas de familia, en su jornada legal de trabajo, de modo que le asegure alimentación adecuada, vivienda digna, educación, vestuario, asistencia sanitaria, transporte y esparcimiento, vacaciones y previsión. El salario mínimo, vital y móvil actúa como piso legal a la hora de la negociación del salario, tanto colectiva como individual. Por otro lado, las condiciones dignas de trabajo refieren, no sólo al respeto de la dignidad humana, sino al buen trato moral, el cumplimiento de la legislación laboral y a la existencia de condiciones económicas acordes al empleo y el territorio en el que el mismo se lleva a cabo. En ningún caso el trabajador puede correr riesgo de vida o poner en peligro su salud en el establecimiento de trabajo.

Por supuesto que no estamos en esta obra frente a un trabajador ejemplar: “Ignatius estaba fijando con chinchetas a una columna próxima a sus archivos un gran letrero de cartón que decía en azules letras góticas: DEPARTAMENTO DE INVESTIGACIÓN Y REFERENCIA I. J. REILLY, CUSTODIO. Había aplazado el trabajo de archivo aquella mañana para hacer el cartel, tumbándose en el suelo con el cartón y pintura azul y consagrando más de una hora a escribir meticulosamente.” (91)6 Escribiendo también en su cuaderno: “He dado en llegar a la oficina una hora más tarde de lo que allí se me espera. En consecuencia, me encuentro muchísimo más reposado y fresco cuando llego, y evito esa primera hora lúgubre de la jornada laboral en la que los sentidos y el cuerpo entorpecidos aún por el sueño convierten cualquier tarea en una penitencia. Considero que, al llegar más tarde, mejora notablemente la calidad del trabajo que realizo.”7 Ignatius se toma todo tipo de atribuciones en su puesto de trabajo, descuidando totalmente las tareas para las que ha sido asignado. El empleador no es el único que posee obligaciones a su cargo, tanto él como el trabajador deben cumplir en primera instancia con el principio de buena fe. Se les exige a ambos actuar como un buen hombre de negocios y como un buen trabajador, respectivamente. El trabajador debe cuidar de cumplir con el horario establecido en el contrato, bajo apercibimiento de sanciones y/o despido con justa causa, de reincidir en dicha conducta.

Ignatius pretende solucionar lo que él entiende como un “problema moral” en la fábrica y un buen día se le ocurre reunir a los empleados de la fábrica, “Nuestro día ha llegado al fin. Espero que os hayáis acordado todos de traer vuestros ingenios de guerra. (…) Me refiero a los palos y cadenas y garrotes y demás. Riéndose a coro, los obreros esgrimieron postes de vallas, palos de escoba, cadenas de bicicleta y ladrillos. (…) Dejaremos tras nosotros una fábrica saqueada y destruida, hemos de responder al fuego con el fuego. (…) —Arrasaremos la oficina en seguida, sorprendiendo así al enemigo…”8 Ingresando a la oficina y amenazando sin más al señor González, Ignatius incitó a la masa de trabajadores a iniciar el ataque, sin embargo éstos tomaron conciencia de lo exagerado de la situación y recapacitaron, dejando a Ignatius a la cabeza de una absurda revolución que ocasionó su despido, con justa causa. El artículo 42 de la ley de Contrato de Trabajo, define a la justa causa de despido como la inobservancia de las obligaciones resultantes del contrato que configuren injuria y que, por su gravedad, no consienta la prosecución de la relación. Por supuesto que la valoración deberá ser hecha prudencialmente por los jueces, teniendo en consideración el carácter de las relaciones que resulta de un contrato de trabajo, según lo dispuesto en la citada ley, y las modalidades y circunstancias personales en cada caso. De todos modos, el empleador deberá comunicar dicha decisión al trabajador por escrito, con expresión suficientemente clara de los motivos en que se funda la ruptura del contrato.

El ejercicio del derecho de huelga sin autorización, constituye justa causa de despido en nuestra legislación. Este derecho está contenido en la Carta Fundamental y es reconocido únicamente a los gremios, no se trata por tanto de un derecho individual de los trabajadores, sino de un derecho colectivo reservado a los sindicatos con personería gremial. Es decir que un grupo de trabajadores organizados independientemente no puede tomar este tipo de medidas de acción directa, siendo pasibles de sanciones y despidos de llevarlas a cabo. Puede definirse a la huelga como la suspensión o abstención concertada, colectiva y temporal de la prestación de tareas, por la asociación dotada de personería gremial a fin de presionar a los empleadores y obtener los beneficios reclamados. Ahora bien, el ejercicio de este derecho debe ser pacífico, no puede implicar la realización de actos de violencia sobre personas o bienes de la empresa, ni implicar la ocupación de establecimientos de trabajo.

A partir de la reforma del año 2004, nuestro país posee, en materia de regulación del ejercicio del derecho de huelga, una legislación muy poco restrictiva, y con ello, particularmente respetuosa de la libertad sindical. En la actualidad el derecho de huelga sólo se encuentra limitado cuando es ejercido en el ámbito de los llamados servicios esenciales para la comunidad. La legislación Argentina, de conformidad con los criterios de los Órganos de Control de la Organización Internacional del Trabajo (O.I.T.), califica como tales a los servicios sanitarios y hospitalarios, la producción y distribución de agua potable, energía eléctrica y gas y el control de tráfico aéreo. Excepcionalmente se podrá calificar como servicio esencial a otra actividad cuando por la duración o extensión territorial de su interrupción se pudiera poner en peligro la vida, la seguridad o la salud de toda o parte de la población, o cuando se tratara de un servicio público de importancia trascendental. De todos modos, es cierto que si bien la O.I.T. admite que en los servicios esenciales se pueda prohibir el ejercicio del derecho de huelga en sentido estricto, nuestro cuerpo legal es menos severo, exigiendo la prestación de servicios mínimos para evitar su interrupción.

Tanto el reconocimiento de este derecho fundamental como así también su ejercicio regular, tienen una protección incuestionable. Desnaturalizar este derecho, violentarlo o encubrir tras su ejercicio intereses ajenos a la búsqueda de mejoras laborales, o que persigan viles pretensiones, implican la toma de una postura contraria a la moral y buena fe con la que originariamente fue ideada la norma. Lo mismo sucede cuando, mediante engaños y artificios de las patronales se evita la medida de acción directa por parte de los empleados, cercenando gravemente el principal derecho de los trabajadores agrupados.

Como bien establece el artículo 2 de la ley 14.786, suscitado un conflicto que no tenga solución entre las partes, cualquiera de éstas deberá, antes de recurrir a medidas de acción directa, comunicarlo a la autoridad administrativa, para formalizar los trámites de la instancia obligatoria de conciliación. Sólo si esa instancia obligatoria fracasa, los trabajadores agremiados pueden recurrir a la implementación de medidas de acción directa. Ahora, en el caso de haber mediado despidos en el desarrollo de este proceso, y conforme la doctrina plenaria establecida en “Navarro, A y otros c/ Cervecería y Maltería Quilmes SA”, para que los jueces consideren arbitrario el despido originado por una huelga, la legalidad de ésta debe ser expresamente declarada en sede judicial, haya o no declaración administrativa al respecto. En el primer caso, sólo podría prescindirse de tal declaración cuando la misma adolezca de error grave o irrazonabilidad manifiesta.

Habiendo sido despedido de su primer empleo, y bajo una nueva amenaza de su madre, Ignatius comienza a trabajar en “Vendedores Paraíso, Incorporated”, una empresa de venta ambulante de salchichas a cargo del Sr. Clyde. Reilly, aceptando las condiciones que el dueño de la empresa le propuso y negociando las que a él le parecieron necesarias, comenzó a marchar con el carro de salchichas; pero a pocas cuadras de recorrido se sintió cansado y frenó el carro, comenzando a consumir los alimentos que en verdad debía vender. Esto sucedía habitualmente, y al preguntarle el Sr. Clyde las razones de la falta de ventas, Ignatius siempre inventaba una nueva y estrafalaria historia. A lo largo del desarrollo de este nuevo y último trabajo, Ignatius viola la mayoría de las obligaciones básicas correspondientes al trabajador, a la vez que es sometido a distintos vejamenes y ridículas innovaciones en su contrato de trabajo, como por ejemplo, el deber de usar un incómodo disfraz para atraer tanto a los pueblerinos como a los turistas.

 Si bien el personaje de Ignatius no es el de un trabajador ejemplar, con sus excentricidades ha sabido relatar a lo largo de esta historia todas las iniquidades y tratos indignos a los trabajadores dentro del sistema capitalista. Su profunda indignación no debería ser tomada como un simple giro humorístico de la obra, puesto que muchas formas de empleo actuales no se encuentran alejadas de las prácticas esclavistas, y el trabajo en sí, puede ser entendido como derecho, pero también como una obligación, a la que se ve sometido el hombre moderno, puesto que la idea de dignificación de la persona a través del trabajo, pertenece claramente al discurso burgués.

1       Kennedy Toole, John, La conjura de los necios, Anagrama: Argentina, 2011, p. 43.
2  Larrauri, Elena; Jacobs, James B., REINSERCIÓN LABORAL Y  ANTECEDENTES PENALES, Revista Electrónica de Ciencia Penal y Criminología, ARTÍCULOS – ISSN 1695-0194 RECPC 13-09, 2011.
3     Kennedy Toole, John, La conjura…, cit, p. 10.
4     Kennedy Toole, John, La conjura…, cit, p. 127.
5     Kennedy Toole, John, La conjura…, cit, p. 133.
6     Kennedy Toole, John, La conjura…, cit, p. 91.
7     Ídem.
8     Kennedy Toole, John, La conjura…, cit, p. 146.