Ensayo sobre la lucidez SARAMAGO, José


SARAMAGO, José. Ensayo sobre la lucidez - Argentina : Editorial Alfaguara, 2004.
ISBN 950-511-941-0

Información adicional:

Comentado por Panu Minkkinen (Profesor Titular de Filosofía del Derecho, Facultad de Derecho University of Helsinki, Finlandia)

Indización Juridica

DERECHO CONSTITUCIONAL > DEMOCRACIA > CIUDADANÍA >SUFRAGIO > PARTIDOS POLÍTICOS > DIRIGENTES POLÍTICOS.

DERECHO ELECTORAL > DERECHO AL VOTO.

CITAS TEXTUALES:

– Nada hacía prever que las cívicas esperanzas del presidente llegaran a ser satisfactoriamente coronadas por el contenido de una urna en la que los votos, hasta ahora, apenas llegaban para alfombrar el fondo. (Saramago 2004: 25).

– Los votos válidos no llegaban al veinticinco por ciento, distribuidos entre el partido de la derecha, trece por ciento, partido del medio, nueve por ciento, y partido de la izquierda, dos y medio por ciento. Poquísimos los votos nulos, poquísimas las abstenciones. Todos los otros, más del setenta por ciento de la totalidad, estaban en blanco. (Saramago 2004: 31).

– El gobierno […] confía en que la población de la capital, nuevamente llamada a votar, sabrá ejercer su deber cívico con la dignidad y el decoro con que siempre lo hizo en el pasado, dándose así por írrito y nulo el lamentable acontecimiento en que, por motivos todavía no del todo aclarados, pero que se encontraban en curso de investigación, el habitual preclaro criterio de los electores de esta ciudad se vio inesperadamente confundido y desvirtuado. (Saramago 2004: 35-36).

– Los votos en blanco, que han asestado un golpe brutal a la normalidad democrática en que transcurría nuestra vida personal y colectiva, no cayeron de las nubes ni subieron de las entrañas de la tierra, estuvieron en el bolsillo de ochenta y tres de cada cien electores de esta ciudad, los cuales, con su propia, pero no patriótica mano, los depositaron en las urnas. (Saramago 2004: 46).

 

INTERROGANTES:

-¿Existe un deber cívico de votar?

-¿Constituye la participación electoral un pre-requisito para la legitimidad percibida de cualquier sistema democrático? ¿Acaso una baja asistencia de votantes priva al gobierno electo de legitimación formal?

– ¿Puede afirmarse que la apatía y la abstención son enemigas de la democracia?

-¿A qué se llama “momentos constitucionales”? ¿Cuál es su trascendencia actual?

 

’Los Trucos Electorales’: El Electorado Constituido, el Pueblo Votante y el Estado Poroso

Por Panu Minkkinen

Profesor Titular de Filosofía del Derecho (Professor of Jurisprudence)

Facultad de Derecho P.O. Box 4

FI-00014 University of Helsinki, Finlandia

Tel. +358 2941 22944

Correo electrónico panu.minkkinen@helsinki.fi

TRADUCCION: Jimena Luciana Reides

EDITOR: Kevin Rother.

 

La historia

           Aunque la novela Ensayo sobre la lucidez del portugués ganador del premio Nobel José Saramago es muy famosa, voy a recapitular su escena inicial dado que es relevante para el argumento principal del este ensayo corto (Saramago 2006; on Saramago and the law, ver también Aguiar e Silva 2014; Aristodemou 2013; Wierzba 2014; sobre teoría constitucional y literatura, ver también Minkkinen 2016).

           El autor de la novela no divulga el nombre del país en el que transcurre la historia. Pero a través de la descripción hiperbólicamente detallada e idiosincráticamente puntualizada de los eventos, el lector puede ser completamente persuadido de inferir que estamos en algún tipo de pseudodemocracia, no demasiado diferente del Portugal nativo de Saramago, o el Estado Novo, antes de la Revolución de los Claveles en 1974. Las fuerzas armadas están continuamente presentes en el fondo como un aliado del gobierno de derecha, y la naturaleza jerárquica de las instituciones políticas del país resulta obvia por medio de la cultura del miedo y la formalidad que parece permear todas las relaciones entre el gobierno y las empresas.

           La historia comienza un domingo, cuando se llevan a cabo las elecciones municipales en el país. Las primeras escenas transcurren temprano en la mañana en la mesa electoral número catorce de entre las cuarenta y cuatro de la capital, donde los funcionarios designados por el gobierno se están preparando para sus tareas de organizar las elecciones. Entre estos funcionarios electorales se encuentran el presidente de la mesa, su subdirector, un secretario, un número de oficiales de los comicios y representantes de los tres partidos políticos que se están postulando para el cargo en estas elecciones. Los representantes del ’partido de derecha’, ’partido de izquierda’ y el ’partido del centro’, que apenas se distinguen el uno del otro, son caricaturizados como más preocupados con la adecuación ideológica de la fraseología vacía que usan que con la política misma.

           Lo que hace que este día de elecciones en particular sea especial es el clima. Es decir, ha estado lloviendo profundamente de manera extraordinaria. Comenzó a llover ya el día anterior, y ha incluso causado inundaciones y derrumbes. Por lo tanto, se espera una alta ’abstención’  (Saramago 2004: 12) —lo que probablemente signifique una baja asistencia en este caso— incluso si el representante del partido de derecha gobernante está seguro de que el ’alto sentido de deber cívico’  (Saramago 2004: 15) eventualmente hará que el electorado se ponga en marcha con ese clima horrendo. Cuando se abren las puertas del centro electoral, no hay siquiera un votante para ser testigo de cómo el presidente, en conformidad con la ley y para evitar cualquier ’trampas electorales’ (Saramago 2004), abre la urna electoral para confirmar y verificar que esté vacía. Después de esto, el presidente y sus colegas votan. Pero aún no hay nadie más a la vista.

           Ha pasado una hora, y para este entonces el presidente se ha puesto ansioso por la inasistencia. Con el secretario, llama al ministro del interior para preguntarle acerca de la situación en otros centros electorales porque ni un votante ha aparecido allí. El ministro confirma, como respuesta, que la situación es similar en toda la ciudad capital, mientras que en otros lugares las elecciones comenzaron normalmente y, lo que es lo suficientemente extraño, en partes del país en las que el clima está tan mal como allí. Por lo que claramente está ocurriendo algo raro. Una vez más, con la iniciativa del secretario de mente práctica, los funcionarios electorales, uno a uno, llaman a sus seres queridos para asegurarse de que al menos vendrán para cumplir con su deber cívico.

           Una hora después, finalmente llega el primer votante, y después, más o menos diez minutos después un segundo, y un tercero, y así. Aunque los votantes ahora están empezando a llegar, nunca son suficientes como para formar algún tipo de fila, incluso si los funcionarios electorales se toman su tiempo a propósito para verificar identidades y tomar las notas necesarias en los registros electorales. Para el mediodía, las nubes están comenzando a separarse pero, cuando finalmente deja de llover, el muy modesto flujo de votantes no parece cambiar. Por lo tanto: nada hacía prever que las cívicas esperanzas del presidente llegaran a ser satisfactoriamente coronadas por el contenido de una urna en la que los votos, hasta ahora, apenas llegaban para alfombrar el fondo. (Saramago 2004: 25)

     Por lo tanto, a este punto todavía estamos hablando sobre la vergüenza de una baja asistencia de los votantes que le quitaría al gobierno de la legitimación formal que necesita para dedicarse a sus políticas. Saramago representa claramente a estas elecciones como simuladas en el sentido que no tienen un significado real sustancial aunque los procedimientos formales que garantizan la integridad del proceso electoral en sí mismo se observan de manera recelosa. Sin importar quién gane, los tres partidos priorizan sus propios intereses sobre todo lo demás, y lo único que los separa es la retórica engañosa que utilizan para justificar sus propios intereses partidistas. Por otro lado, en la retórica usada por todos los funcionarios de gobierno supuestamente no políticos, estas elecciones sin sentido y formales de hecho se combinan con la pompa de las democracia representativa que describe a la participación como un ’deber civil’. En otras palabras, el voto en elecciones sin sentido es la obligación normativa de cada ciudadano elegible y, por lo tanto, por una asistencia baja, que es lo que parece que ocurre en este caso, siempre se puede culpar a un electorado moralmente sospechoso.

           De repente, a las 4 de la tarde, ’una hora que no es ni mucho ni poco, que no es carne ni pescado’ (Saramago 2004: 26-27), todos los votantes que por cualquier motivo se quedaron en sus hogares hasta ese momento comenzaron a llegar a las mesas electorales de la ciudad capital. Llegan en manadas. Los funcionarios tanto de la mesa electoral número catorce como de las otras oficinas gubernamentales en las que la situación se ha seguido con cierta inquieto largan un suspiro de alivio. De hecho, para cuando se espera que las votaciones hayan finalizado, aún hay tantas personas haciendo fila fuera de las mesas electorales que el ministerio debe extender la hora de cierre oficial, primero dos horas, y luego por otra media hora para permitir que todos aquellos que haya logrado entrar para ese entonces puedan ejercer su derecho al voto.

           De este modo ’la democracia estaba de enhorabuena’ (Saramago 2004: 30). O al menos así parece. Después de que las puertas se cierran, los funcionarios en la mesa electoral número catorce comienzan a hacer lo que todo funcionario debe hacer en cada mesa electoral conforme a la ley. Vacían las papeletas de las urnas y empiezan la ardua tarea de contar los votos. El conteo recién termina pasada la medianoche. Y los resultados son bastante increíbles: Los votos válidos no llegaban al veinticinco por ciento, distribuidos entre el partido de la derecha, trece por ciento, partido del medio, nueve por ciento, y partido de la izquierda, dos y medio por ciento. Poquísimos los votos nulos, poquísimas las abstenciones. Todos los otros, más del setenta por ciento de la totalidad, estaban en blanco. (Saramago 2004: 31)

         Aunque la votación había transcurrido normalmente en otras partes del país, este resultado sin precedentes se repite en las mesas electorales en la ciudad capital. La anomalía inexplicable en la votación desata al menos tres tipos de reacciones. Primero, dado que la anomalía se limita a la ciudad capital, el anuncio de los resultados está inmediatamente seguido de un regodeo desdeñoso desde las periferias del país, que no necesariamente ridiculiza a los ciudadanos que emitieron votos en blanco, sino que más burlón con el gobierno central que había comenzado a celebran el giro repentino en la asistencia de los votantes demasiado pronto. Segundo, los tres partidos políticos empiezan a explicar con vehemencia cómo y por qué el raro fenómeno se puede interpretar como un mandato del electorado, en especial para ellos, y como una victoria para las políticas que específicamente representan. Tercero, el malestar que causa el resultado en el gobierno y la maquinaria política provoca de manera más general una salvaje especulación de que seguirá y debería seguir: una anulación de los resultados y nuevas elecciones, esta vez orquestada con cuidado con campañas en los medios y cosas por el estilo para evitar que algo así ocurra de nuevo, o la suspensión de todas las garantías constitucionales a través de un estado de emergencia solo para esperar hasta que se calme la situión, o simplemente hacer de tripas corazón y no hacer nada.

      Al interpretar de forma amplia la ley acerca de cómo proceder cuando un desastre natural entorpece las elecciones, el gobierno opta por llevar a cabo nuevas elecciones en la ciudad capital ocho días después de las primeras. Al anunciar las nuevas elecciones, el primer ministro agrega que:

el gobierno […] confía en que la población de la capital, nuevamente llamada a votar, sabrá ejercer su deber cívico con la dignidad y el decoro con que siempre lo hizo en el pasado, dándose así por írrito y nulo el lamentable acontecimiento en que, por motivos todavía no del todo aclarados, pero que se encontraban en curso de investigación, el habitual preclaro criterio de los electores de esta ciudad se vio inesperadamente confundido y desvirtuado. (Saramago 2004: 35-36)

           ’Trampas electorales’, ¡en efecto!

           Llega el domingo, y el clima es excelente. Los votantes empiezan a hacer fila en las mesas electorales desde temprano en la mañana, incluso antes de que las puertas se abran. Pero los resultados de la elección anterior han logrado que el gobierno esté incómodo. Por este motivo, cada fila tiene espías infiltrados que tratan de descubrir los motivos detrás del extraño comportamiento electoral, así como a los individuos responsables de ello. Pero no se detecta nada fuera de lo normal. Las autoridades gubernamentales están preocupadas sobre dos cosas en particular. En primer lugar, incluso si una aparente buena asistencia sería bienvenida esta vez, uno también esperaría, de todas formas, ver un porcentaje decente de abstenciones. Un electorado entusiasta en exceso simplemente estaría cambiando una anomalía por otra. Lo que se necesita de forma desesperada es un regreso a la normalidad. En segundo lugar, y que tal vez sea más preocupante, los votantes son excepcionalmente indiferentes a las encuestas que se realizan después de votar. No solo hay una clara negativa a divulgar cómo han votado, sino que este comportamiento es homogéneo de una rara manera en diferentes partes de la ciudad, aunque la probabilidad de que alguien pueda coordinar algo así es prácticamente inexistente.

    Más tarde, luego de que se contaran los votos de esta segunda elección, en la televisión aparece un primer ministro resignado que anuncia cómo se han materializado sus mayores miedos con ’partido de la derecha, ocho por ciento, partido del medio, ocho por ciento, partido de la izquierda, uno por ciento, abstenciones, cero, votos nulos, cero, votos en blanco, ochenta y tres por ciento’ (Saramago 2004: 27). Y continúa:

los votos en blanco, que han asestado un golpe brutal a la normalidad democrática en que transcurría nuestra vida personal y colectiva, no cayeron de las nubes ni subieron de las entrañas de la tierra, estuvieron en el bolsillo de ochenta y tres de cada cien electores de esta ciudad, los cuales, con su propia, pero no patriótica mano, los depositaron en las urnas. (Saramago 2004: 46)

El análisis

       La historia de Saramago continúa con un intento sin éxito de normalizar la situación con un estado de emergencia, y luego con la espectacular salida de las elites políticas y legales del país de la capital, con el objetivo de establecer una nueva sede de gobierno fuera de los límites de la ciudad. Pero para nuestro propósito, este punto de partida inicial de las elecciones es suficiente.

           La primera preocupación del presidente de mesa es una familiar: la participación electoral es un prerrequisito para la legitimidad percibida de cualquier sistema democrático dado. Y un bajo índice de asistencia se interpretará con frecuencia como un desafío a su credibilidad (ver p. ej. Rosema 2007). Este es el caso claramente en, por ejemplo, la Unión Europea. En las elecciones europeas de 2014, el índice de asistencia final fue del 42,54 %, el más bajo desde las primeras elecciones directas en 1979 (ver Parlamento Europeo 2014), y las asistencias que disminuyen continuamente se consideran como un reflejo del resentimiento popular que se siente hacia el llamado ’déficit democrático’ de la Unión (para una discusión, ver p. ej. Habermas 2015). El presidente de mesa de Saramago y sus colegas están preocupados por los efectos adversos que el mal clima pueda tener sobre la asistencia (en relación con cuán realistas son estas preocupaciones, ver Persson et al 2014). Claramente, la apatía de los votantes es también un fenómeno familiar aquí. Después de todo, este es un simulacro de elecciones, al menos hasta el punto de que nadie parece creer de manera genuina que los resultados, sin importar cuáles terminen siendo, podrían introducir algún tipo de cambio político importante. Los funcionarios electorales están preocupados simplemente porque viven un momento difícil convenciendo al electorado de que participen incluso con buen clima. De ahí el ’deber cívico’ que con suerte puede motivar a una votante que de otra forma estaría renuente a dirigirse a la mesa electoral incluso si piensa que es un gesto inútil.

           Cuando el clima mejora y los votantes finalmente comienzan a llegar, hay una ola inicial de alivio. Si la asistencia termina siendo al menos aceptable, entonces se puede decir que el sistema político ha recibido su bendición del electorado democrático. Pero la comprensión de que tal porcentaje arrollador de los votos emitidos son en blanco cambia la situación. Un voto en blanco no es lo mismo que la inasistencia o incluso una abstención (es decir, llegar a la mesa electoral pero rehusarse a votar). Y la respuesta ansiosa que recibe el resultado por parte del gobierno cambia radicalmente el estado del electorado.

           Podríamos decir que tal resultado, confirmado con dolor en una segunda elección una semana después, tiene todos los elementos de una crisis política similar a la de un índice de asistencia inusualmente bajo en cualquier democracia representativa (conforme p. ej. a EUI [Instituto Universitario Europeo] 2016: 44, ’la apatía y la abstención son las enemigas de la democracia’). Sin embargo, el voto en blanco no es apatía. Una crisis política, por más inconveniente que sea, no tiene la capacidad de desestabilizar las bases de un sistema político. Así que más que un inconveniente, los votos en blanco representan una crisis constitucional (Levinson – Balkin 2009) hasta el punto que cuestionan las relaciones establecidas entre aquellos que gobiernan y aquellos que son gobernados. Al emitir votos en blanco, los individuos que participan en el acto rechazan la función del electorado que la constitución les ofrece y por la que los responsabiliza para emplear un poder democrático más radical que las instituciones de la constitución misma. Es un momento en el que una democracia representativa constituida y sus instituciones se ponen en duda por un soberano popular constituyente (sobre el poder constituyente y constituido, ver Sieyès 2003 [1789]; Loughlin – Walker 2007).

           Por lo tanto, estamos tratando con dos tipos diferentes de posiciones de poder en este caso: el electorado comprendido como el cuerpo de votantes elegibles y, por decirlo de alguna manera, ’el pueblo’ (ver Kalyvas 2005). El actor democrático juega ambos roles a la misma vez. En circunstancias constitucionales y políticas normales, el actor solamente puede mostrar el primer rol, por ejemplo, al participar en elecciones y otras formas de vida política constituida. Sin embargo, dado que la membresía en el cuerpo de los votantes elegibles es una posición de poder constituida —alguien o algo aún tiene el poder para definir tales términos de elegibilidad— también debe basarse en un mandato otorgado por algún otro actor más ’fundamental’ capaz de constituirla. Tal actor democrático es ’el pueblo’ como soberano popular (p. ej. Frank 2010).

           Cada constitución incluye un conjunto de instituciones y prácticas constituidas que son incapaces de constituirse a sí mismas. La principal justificación para su existencia debe, entonces, depender de algo más fundamental que las instituciones constituidas por sí mismas. Si nos reservamos el término ’el electorado’ para describir al cuerpo de potenciales votantes en una democracia representativa cuya elegibilidad para participar se determina en términos de nacionalidad, edad, capacidad mental, y algunas veces incluso el estado como residente (ver Hirst v. the United Kingdom [n.º 2] [GC], n.º 74025/01, ECHR 2005-IX; ver también el capítulo de Marshall en este volumen), entonces es claramente una institución constituida que no puede, dentro de sus criterios de elegibilidad, decidir sobre tales criterios. Por lo tanto, en el sentido estricto de la palabra, el electorado no puede decidir de manera válida sobre su propia elegibilidad para votar. Incluso si los representantes del electorado pueden facilitar la decisión al, por ejemplo, votar un programa político que incluya un cambio en dichos criterios, usamos la ficción de la soberanía popular para legitimarlo: el encargado definitivo de tomar decisiones debe ser ’el pueblo’ (para una noción más variada de la soberanía popular, ver Chambers 2004).

           Pero el electorado es una institución curiosa. Mientras podemos discutir que al decidir sobre aquellos criterios de elegibilidad el pueblo constituyente se restringe a sí mismo en un rol constituido como el electorado, y mientras también podríamos asegurar que tal autorestricción renuncia a la soberanía popular de su poder democrático definitivo, las instituciones constituidas no pueden jamás domesticar totalmente el poder constituyente al que le deben su existencia. De este modo, incluso si el actor democrático procede principalmente como un electorado constituyente al, por ejemplo, participar en elecciones,  siempre hay un remanente del pueblo constituyente en cada institución democrática constituida. El pueblo constituyente permanece latente dentro del electorado constituido hasta que un día se despierta y elige cuestionar a una u otra institución constituida, incluido el rol del electorado que este se ha dado a sí mismo.

           Esto parece ocurrir en la novela de Saramago también. Los ciudadanos elegibles del Estado  anónimo han participado tanto en elecciones nacionales como municipales antes, de maneras que los representantes gubernamentales identifican como ’normales’. Como lectores, se nos induce a pensar que la ’normalidad’ en este caso en particular incluye una admisión más o menos abierta del valor democrático menos que óptimo de estas elecciones, y la admisión siempre incluirá una cantidad aceptable de apatía por parte del votante. Pero dicha ’normalidad’ democrática será siempre frágil. En este caso en particular, la anomalía que se abre camino a través de las rutinas políticas es la ansiedad causada por la posibilidad de un índice de abstención crítico aparentemente provocado por el mal clima. Una vez que los votantes sí empiezan a presentarse, hay un suspiro de alivio infundado que resulta incluso más insostenible por el ’espectáculo vergonzoso’ (Saramago 2004: 35) de los votos vacíos.

           El abogado constitucionalista estadounidense Bruce Ackerman ha acuñado el término ’momento constitucional’ para describir los puntos de inflexión históricos en los que una situación determinada —o un ’régimen’— que hasta el momento se ha considerado inconstitucional se convierte en constitucional a través del ejercicio efectivo de una excepción (Ackerman 1991). La idea de Ackerman de tales puntos de inflexión se refiere a la formación de leyes de forma judicial a través de la interpretación constitucional y, por lo tanto, se aplica principalmente a las funciones democráticas de los tribunales. Debido a esto, un caso ‘precedente’ que legitima los matrimonios entre personas del mismo sexo (Obergefell v. Hodges, 576 U.S. ___ 2015]) podría, si fuese exitoso, imponer tal cambio de régimen. Pero podemos expandir la idea de Ackerman de momentos constitucionales como una elaboración de leyes superior y cambios de régimen para además incluir a otras instituciones. Desde la perspectiva adoptada aquí, los tribunales de Ackerman usan un poder constituyente, excepcional por naturaleza, para modificar los acuerdos existentes constituidos. Si tiene éxito, la excepción entonces se consolida en un nuevo régimen constituido. Esta misma relación entre lo que está constituido y el poder constituyente que lleva a cabo la excepción y la solidifica en un nuevo acuerdo constituido se puede utilizar para describir el poder democrático del electorado de Saramago también. Al ejercitar el poder constituyente residual que ningún marco constituido puede contener completamente, ’el pueblo’ pone en práctica un cambio de régimen cuyos detalles políticos la novela deja abiertos.

           Queda una última pregunta. ¿Qué hace que tales ’momentos’ sean posibles? ¿Simplemente siguen luego del poder ‘revolucionario’ arrollador del ’pueblo’ como la soberanía popular? La novela de Saramago apenas justifica tal lectura, dado que los votos en blanco no son lo mismo que derrocar a un gobierno a través de una revuelta popular. Y, sin embargo, el efecto de tales papeletas vacías parece mucho mayor que lo que el gesto mismo sugeriría. Por esto, ¿qué hace que el Estado sea vulnerable a tales gestos? Saramago da una pista sobre el modo en que se coloca a él mismo como un narrador en la novela. A pesar de que no hay duda sobre qué afinidad política tiene el autor, Saramago, de todas maneras, solamente puede relatar los pensamientos íntimos de los funcionarios de gobierno. Las motivaciones de los votantes sigue siendo un misterio para el autor, así como ocurre para los funcionarios. Esta calidad de misterio sugiere que los votantes continúan siendo inapropriables y, por lo tanto, también una ‘multitud’ autónoma políticamente (Hardt – Negri 2006).

           Sin embargo, quizá hay algo que debe decirse del Estado mismo también. En la discusión sobre los progresos constitucionales bastante únicos de Bolivia (p. ej. Van Cott 2005: 49-98), una explicación que se ha propuesto sostiene que las alianzas políticas inusuales entre el movimiento de campesinos y el pueblo indígena (p. ej. Fabricant 2012) que llevaron a la constitución ‘plurinacional’ en 2009 solo fueron posibles porque Bolivia no es un Estado ni fuerte ni débil en el sentido convencional pero, en cambio, un ’Estado con huecos’ (UNDP 2007: 99-100), es decir, un Estado en un proceso de construcción gradual y continuo (Gray Molina 2008: 110-111).  Aunque esta noción pluralista de un ’Estado con huecos’ se ha confeccionado específicamente para la situación boliviana, y a pesar de que se encuentra muy en deuda con la teoría del científico político argentino Guillermo O’Donnell sobre las democracias transicionales en especial en América Latina (p. ej. O’Donnell – Schmitter 2013 [1986]), se puede discutir con claridad que todos los estados son, al menos hasta cierto punto, estados ’con huecos’, ’porosos’. Esto se vuelve evidente durante aquellos ’momentos’ individuales en los que un poder constituyente se abre camino a través de acuerdos constituidos a los que el Estado se refiere como su marco establecido y tiene éxito al implementar el cambio.

           Mi objetivo en este ensayo corto ha sido ilustrar cómo, al contrario de lo que la tradición legal positivista sugiere, esto es que al menos idealmente un Estado es un sistema legal cerrado, todos los estados necesariamente son ‘con huecos’, ’porosos’, ’incompletos’, ’transitorios’. Todos los estados llevan, en apariencia, una existencia política establecida dentro de competencias contenidas de forma adecuada que asumimos que son una situación permanente. Pero solamente hasta que ocurra algo inquietante y fuera de lo común. El Estado de la novela de Saramago no es distinto de la mayoría de las democracias representativas, en el sentido que su existencia establecida incluye elecciones regulares en las que ’el pueblo’, por lo general incluido como el electorado, tiene un rol particular que ejerce, un rol cuya función principal es legitimar un régimen existente. Sin embargo, en estas elecciones específicas, en este ‘momento’ en particular, ’el pueblo’ se distanció de esa contención y volvió a asumir su posición como la soberanía popular constituyente que llama a esa legitimidad en cuestión. Solo podría hacerlo así porque el Estado que ofreció la contención nunca fue impermeable para comenzar.

           Uno podría preguntarse por qué tales ‘momentos’ no ocurren con más frecuencia de lo que lo hacen en el mundo real. Bueno, tal vez lo hagan. Una importante tendencia de investigación contemporánea ha comenzado a reevaluar la relación entre el ‘populismo’ y la democracia (p. ej. Panizza 2005; Arditi 2007). Visto desde esta perspectiva, los episodios populistas que pueden tomar la forma de, por ejemplo, un comportamiento electoral anormal, ya no se considerarían ‘patologías’ casuales en una democracia que funciona bien sino, en cambio, una reacción entre otras hacia el distanciamiento creciente que surge a partir de los defectos democráticos del liberalismo político. Por lo tanto, la narrativa de Saramago sobre los votos en blanco también puede leerse como una parábola sobre la desilusión política, o quizá incluso como un cuento de advertencia sobre qué podría ocurrir cuando tales papeletas en blanco comenzaran a completarse (Mudde 2007).

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Se halla prevista la publicación del presente trabajo en idioma inglés en: Subjectivity, Citizenship and Belonging in Law. Identities and Intersections. Edited by Anne GriffithsSanna MustasaariAnna Mäki-Petajä-Leinonen.  2017 – Routledge. 273 pages. Información disponible en: https://www.routledge.com/Subjectivity-Citizenship-and-Belonging-in-Law-Identities-and-Intersections/Griffiths-Mustasaari-Maki-Petaja-Leinonen/p/book/9781138121720

Foto final Panu