Escalas (melografiadas) VALLEJO, César


VALLEJO, César. Escalas (melografiadas) - 1a ed. - Rosario : Serapis, 2012.
ISBN 978-987-24892-9-8

Indización Juridica

DERECHO CONSTITUCIONAL > VALOR JUSTICIA / CONDICIONES DE DETENCIÓN / LEYES
DERECHO PENAL > PENA
DERECHO PROCESAL > CONDENA PENAL
DERECHOS HUMANOS > DISCRIMINACIÓN

Vinculación:

Escalas presenta un grupo de relatos cortos con profundas reflexiones acerca de la (in)justicia, la libertad – y su privación –  y el sistema jurídico penal. Es una exhortación a la valoración y el cuestionamiento de las conductas y emociones humanas y su relación con la administración estatal de justicia.

Citas textuales:

  •  “El hombre que ignora a qué temperatura, con qué suficiencia acaba un algo y empieza otro algo; que ignora desde qué matiz el blanco ya es blanco y hasta dónde (…) …no alcanzará, no puede alcanzar a saber hasta qué grado de verdad un hecho calificado de criminal ES criminal. (…) ¿cómo podría nunca alcanzar a fijar el sustantivo momento delincuente de un hecho, a través de una urdimbre de motivos de destino, dentro del gran engranaje de fuerzas que mueven a seres y cosas enfrente de cosas y seres?
    La justicia no es función humana. No puede serlo. La justicia opera tácitamente, más adentro de todos los adentros, de los tribunales y de las prisiones. La justicia ¡oídlo bien, hombres de todas las latitudes! se ejerce en subterránea armonía, al otro lado de los sentidos, de los columpios cerebrales y de los mercados. (…) Prestad más sutiles oídos a su fatal redoble, (…) su platillo vago e incierto, como es incierto y vago el paso del delito mismo o de lo que se llama delito por los hombres.
    La justicia sólo así es infalible: cuando no ve a través de los tintóreos espejuelos de los jueces; cuando no está escrita en los códigos; cuando no ha menester de cárceles ni guardias.
    La justicia, pues, no se ejerce, no puede ejercerse por los hombres, ni a los ojos de los hombres.
    Nadie es delincuente nunca. O todos somos delincuentes siempre.” (p. 24)
  •  “Este hombre es delincuente. A través de su máscara de inocencia, el criminal hase denunciado. (…) Hemos disputado con la inerme compañera, que llora para que ya no beba el marido y para que trabaje y gane los centavos para los pequeños, que para ellos Dios verá… Y luego, con las entrañas resecas y ávidas de alcohol, dimos cada madrugada el salto brutal a la calle, cerrando la puerta sobre los belfos mismos de la prole gemebunda. Yo he sufrido con él también los fugaces llamados a la dignidad y a la regeneración (…) Al fin la necesidad le hizo robar. Y ahora, por lo que arroja ya su instrucción penal, no tardará la condena.
    Este hombre es ladrón.
    Pero es también asesino.
    (…) Un asalto de anónimos cuchillos. Y errado el blanco del ataque, no va la hoja a rajar la carne del borracho, y al buen trabajador le toca por equívoco la puñalada mortal. Este hombre es, pues, también un asesino. Pero los Tribunales, naturalmente, no sospechan, ni sospecharán jamás esta tercera mano del ladrón.” (p. 35, 36)
  •  “–Palomino era un hombre bueno. Sucedió que se vio estafado en forma cínica e insultante por un avezado a tales latrocinios, a quien, por ser de la alta sociedad, nunca le castigaron los tribunales. Viéndose, de este modo, a la miseria, y a raíz de un violento altercado entre ambos, sobrevino lo inesperado: un disparo, el muerto, el Panóptico. Luego de recluido aquí, el pobre tuvo que sobrellevar tenebrosa pesadilla. Eso era horroroso. (…) Más valiera la muerte. Sí, señor. ¡Más valiera la muerte!…
    (…) –Cuando me acuerdo –agrega– no sé cómo pudo Palomino resistir tanto. Porque aquello era un tormento indescriptible. No sé por qué conducto fue noticiado de que se le tramaba un envenenamiento dentro de la prisión, desde mucho tiempo antes de ser alojado en ella. La familia del hombre que él mató, le perseguía de esta manera hasta más allá de su desgracia. No se contentaba con verle condenado a quince años de penitenciaría y arrastrar a su familia a una ruina clamorosa: llevaba su sed de venganza aun más abajo.” (p. 58)
  •  “…puede venir pronto mi indulto, y pagarían cualquier precio por evitar mi salida.” (p. 61)

Interrogantes:

  • Se pregunta Vallejo: ¿Cuándo es el hombre juez del hombre? (p. 24)
  • ¿Puede hablarse de ejercicio del valor justicia?
  •  ¿Es el valor justicia relativo al contexto y los intereses, o debe quedar él en la posición de valor absoluto, siendo la aplicación de la norma ajena al mismo?
  •  ¿Toda pena es, en definitiva, arbitraria?
  •  ¿Se encuentra la pena limitada únicamente a la letra de la condena judicial?
  •  ¿Cómo opera la condena social?

Comentario:

La percepción vallejista de la justicia

a través de Escalas

 Por Ornella Costabile
Abogada (UBA) Estudiante de Filosofía (UBA)
Trabaja en el Ministerio de Cultura de la Nación

Nadie es delincuente nunca.
O todos somos delincuentes siempre.”
César Vallejo1

Introducción

 

La Literatura se ha abocado notablemente al tratamiento estético, metafísico y humano de la justicia como valor y de los comportamientos del hombre histórico; ha sabido poner de manifiesto de un modo crítico y completo las injusticias de su época, los cambios y demandas sociales, los valores imperantes y las ideologías de cada clase. Por supuesto que, al tratarse de un área puramente artística, se encuentra ésta despojada de toda regla, alejada de las imposiciones lógicas del resto de las disciplinas, y esto es lo que le permite jugar un juego que ella misma inventa y reinventa, y expresarse del modo más libre – dentro de los infranqueables límites del lenguaje.

Derecho y Literatura son reflejos del mismo objeto, desde distintas perspectivas. Sin embargo, parece que la Literatura absorbe a la ley todo rasgo de humanidad, dejándola tiesa, mecánica, anacrónica, dando una inyección de vida a la justicia – y la injusticia –, liberando a los injustamente condenados, permitiendo uniones que la ley prohíbe, sacando a la luz la situación de los sectores marginados por la sociedad – y por la ley; en definitiva, reflexionando acerca de las conductas de los hombres a través de los sentimientos, apartándose de discursos rígidos e imperativos. La Literatura se mueve en el espacio del ser, la norma en el del deber ser.

Por otro lado, mientras la ley se toma su tiempo para positivizar inminentes necesidades sociales, la Literatura está allí, en cada momento del proceso, protestando, picoteando a la legislatura con su pico de oro. No debe extrañarnos que la Literatura – y quizá el arte en general – influya de manera subyacente pero decisiva en los movimientos sociales y las posturas legislativas; y viceversa: la norma jurídica es fuente de gran inspiración para la creación de obras literarias, que aportan diversos análisis a un hecho concreto de un modo más profundo y singular que el que surge de la interpretación de una norma genérica, posibilitando y ampliando la exégesis de la misma. Así, muchas veces una manifestación literaria arroja luz sobre algún rincón oscuro o vago de la norma. Y del mismo modo, el Derecho ha sido fuente directa de innumerables textos literarios, por supuesto que la mayoría de las veces, éstos han adoptado posturas duramente críticas: toda vanguardia artística y sobre todo literaria, ha puesto en tela de juicio el sistema social y normativo de su época, tanto en el plano estético como en el jurídico, psicológico, y en el de toda norma nacida de convenciones sociales.

La hermenéutica del artículo de un Código, de un fallo jurisprudencial, de una cláusula contractual, no tiene ni puede tener un método muy distinto al de la interpretación en la crítica literaria, o más cotidianamente, al de la interpretación del lector. Siempre es presente el contexto, los motivos, las partes intervinientes, la ideología latente y los intereses en juego. Un poema y un fallo se encuentran igualmente cargados de ideología, en la misma medida. Lo curioso es que, siendo tan evidente la relación entre ambas disciplinas, el mundo del Derecho en general aún no toma en serio a la Literatura, y se muestra reticente a reconocerla como herramienta a la hora de aplicar una norma o incluso de disipar una cuestión iusfilosófica, mientras que la Literatura, en la mayoría de los casos, reniega del sistema legal y ridiculiza, cuando no insulta, a los abogados, jueces y funcionarios del sistema legal. Oliverio Girondo en Persuasión de los días, se refiere a los abogados como “las polillas voraces de expediente cocido, disfrazadas de hiena, de tapir con mochila”2

Sin embargo: ¿Cuántas veces los jueces se han lucido con verdaderas obras poéticas en sus fallos cargados de metáforas y citas literarias? El juez y el poeta tratan de asemejarse a quien menosprecian, el juez pretende ser poeta en la ley, el poeta busca ser juez en la Literatura. Incluso la Literatura teoriza acerca de las temáticas más problematizadas en el campo del derecho. El mismo César Vallejo se pregunta qué es el crimen y más profundamente, qué es la justicia, esbozando posibles respuestas o conclusiones a lo largo de la mayor parte de su obra, a partir del año 1920, fecha en que fue apresado injustamente en la cárcel de Trujillo, Perú.

En conclusión, y respecto a las relaciones entre Derecho y Literatura, hay que permanecer atentos ya que actualmente, y quizá en un ataque romántico de regresión a la totalización y homogeneización teórica griega, es común volver a desenterrar los vasos comunicantes conceptuales entre diversas disciplinas humanísticas, que habían sido brutalmente sepultados, producto de la revolución cientificista y la hiper-especialización.

La percepción vallejista

Nos abocaremos en esta oportunidad al tratamiento de Escalas (melografiadas)3 por César Vallejo. Un conjunto de estampas y relatos con profundas reflexiones acerca de la (in)justicia, la libertad – y su privación, la dignidad y el discurso jurídico. Una exhortación a la valoración y el cuestionamiento de las conductas y emociones humanas y su relación con la administración estatal de justicia.

 Por supuesto que al momento de elegir establecer una relación entre una obra literaria y el derecho, estamos, de alguna manera, preguntándonos por la postura del autor respecto a la administración institucionalizada de justicia, por su visión del aparato jurídico-estatal que lo controla. Es por ello que interesa relatar brevemente la biografía de un escritor que ha tomado contacto personal con el sistema jurídico penal de su país, y que ha presenciado en variadas oportunidades tratos inhumanos a trabajadores e iniquidades socio-económicas. César Vallejo nació en la ciudad de Santiago de Chuco, Perú, en el año 1892. En 1910, se matriculó en la Facultad de Letras, pero debió posponer el comienzo de sus estudios por motivos económicos, los cuales lo llevaron a tomar un empleo que le permitió conocer de cerca la cruda realidad de los trabajadores mineros. En 1912 trabajó un corto período de ayudante de tesorería en una hacienda azucarera para poder continuar solventando sus estudios, época en que presenció la explotación y los maltratos dirigidos a los peones de origen indígena. En el año 1920 y durante un episodio de violencia en un marco político electoral convulsionado, fue acusado de instigar el incendio de un importante almacén, junto a otras 12 personas, por lo que fue apresado en la cárcel de Trujillo durante 112 días, logrando que un juez dictamine la improcedencia de la acusación gracias a las presiones efectuadas por la prensa y los grupos intelectuales de la época. Dato no menor, puesto que varios de los relatos de Escalas han sido escritos en el interior de su celda, al mismo tiempo que se encontraba trabajando en la imprenta de la penitenciaría.

Como señala González Vigil4, el título parece referir tanto a la escalera de mano que le permitiría escapar de la prisión, como a las escalas musicales. Sin embargo estas escalas se encuentran marcadas por el compás constante y preciso del reloj, al que está sometido a diario el oído del condenado. Asimismo, y forzando un tanto la interpretación, es dable remarcar que el Código Penal de la República Argentina habla de escala penal, al referirse a la suma de tiempo al que asciende la pena conforme al delito cometido y a las circunstancias atenuantes o agravantes que se detallan en el artículo 41 de dicho corpus legal.

El libro se encuentra dividido en dos secciones: Cuneiformes, seis relatos desde el interior de la cárcel, cada uno de los cuales posee un título que hace referencia a los muros de la prisión. Vallejo propone un espacio cúbico, el de la celda, donde se encuentra encerrado junto con otros condenados, no tanto marginales sino más bien marginados, producto de la iniquidad de los magistrados y la exclusión de la sociedad; y Coro de Vientos, textos que aluden mayormente a momentos de libertad, nutridos de una imaginación prácticamente surrealista.

Se hace evidente la presencia de un discurso filosófico-jurídico, tejido finamente con agujas poéticas que no hacen más que clavar en la conciencia del lector, a cada puntada, lo que experimenta un condenado convencido de la arbitrariedad de su sentencia. El primer relato, Muro Noroeste, manifiesta la irónica situación de un convicto, de un hombre que ha sido juzgado por otro hombre: otro hombre que, como todos, apenas da cuenta de su existencia, otro hombre que, como todos, ignora, duda y sufre, otro hombre que se ha valido de pruebas fortuitamente sustantivas para recrear un hecho concreto. Vallejo se encuentra en su celda con el único compañero que le queda, cuando advierte que éste ha matado una araña, pudiendo luego actuar como si nada. Este hecho aparentemente insignificante, es la excusa que dispara el arma reflexiva del autor, quien se pregunta una y otra vez por la justicia: “¿Cuándo es entonces el hombre juez del hombre?”.5 Vallejo descree de la eficacia de los códigos, las leyes, los tribunales y el sistema carcelario. Se pregunta hasta qué punto es posible enmarcar un hecho determinado dentro del discurso genérico de un artículo del Código penal sin caer en la arbitrariedad, dentro de una normativa que de por sí considera arbitraria. Asimismo, entiende que: “La justicia no es función humana. No puede serlo. La justicia opera tácitamente, más adentro de todos los adentros, de los tribunales y de las prisiones. (…) La justicia sólo así es infalible: cuando no ve a través de los tintóreos espejuelos de los jueces; cuando no está escrita en los códigos; cuando no ha menester de cárceles ni guardias.”6 El escritor propone olvidar la posibilidad de un ejercicio de la justicia, puesto que como valor, no puede ser ejercido por los hombres. Es una demostración musical de la postura del autor respecto a la imperfección e insuficiencia del sistema penal: “Nadie es delincuente nunca. O todos somos delincuentes siempre.”7

Zaffaroni define al delito como una conducta humana individualizada mediante un dispositivo legal que revela su prohibición, que por no estar permitida por ningún precepto jurídico es contraria al orden jurídico y que, por serle exigible al autor que actuase de otra manera en esa circunstancias, le es reprochable.8 Por supuesto que Vallejo no es ningún ingenuo, ni se desentiende del funcionamiento del aparato estatal y la vida cívica. No hay aquí un discurso abolicionista ni refractario, sino un llamamiento a la reflexión por parte de los autores y administradores del sistema legal, principalmente penal. Considero que Vallejo está solicitando a los jueces una visión que exceda un tanto lo meramente fáctico, al mismo tiempo que intenta descifrar el interés político subyacente a la norma que define un hecho como delictivo. De todos modos, al exigir una afirmación positiva y concreta acerca del grado de verdad de la calificación de un hecho como criminal, está forzando al sistema penal a hacer algo que está más allá de su competencia, porque lo que queda absolutamente claro de estas pocas e intensas líneas, es que Vallejo separa de una vez y en forma irreconciliable a la justicia de los tribunales, y desde esta perspectiva político-filosófica es que debemos leer toda su obra.

 Vallejo, en su celda, se vio inducido a dudar de toda norma – incluso biológica –, y en el Muro Antártico, demuestra esa sensación de desconcierto y angustia frente a las prohibiciones o límites impuestos tanto por la legislatura como por la moral social – así como por los axiomas científicos –, respecto a los actos públicos y privados. Una noche el protagonista es sorprendido soñando con su hermana en la oscuridad de su calabozo. Con la figura del incesto, el autor parece demandarle explicaciones a la norma, ponerla en ridículo, en una situación casi grotesca, para preguntarse lisa y llanamente: ¿por qué no puedo hacer esto? Esa pregunta infantil que muchas veces uno dirige a la autoridad paterna, Vallejo la dirige a la autoridad estatal. Plantea también el desdibujamiento de los límites en los espacios del sueño y la imaginación, y la inconmensurabilidad del espacio mental, el cual se encuentra exento de la autoridad de los magistrados, como surgiría del artículo 19 de nuestra Constitución Nacional, en virtud del principio de legalidad. Asimismo, y por último, presenta su relación con su hermana como de una pureza intangible de animales, una pureza que hace que se encuentren más allá del alcance de la ley, y más cerca de la irracionalidad del sentimiento.

El Muro Este, relata con oscuro humor la situación del condenado que no puede escapar de la burocracia aún al momento de su entrada en la prisión: la impresión de las huellas digitales, las firmas inacabables, las inspecciones, las fotografías. Todo ello mientras en su interior pide a gritos la muerte, antes que el encierro. ¿Es la privación de la libertad el peor daño que puede hacerse a una persona? También es posible establecer una segunda interpretación a este breve texto. El ingreso en prisión implica siempre un suceso traumático, probablemente Vallejo esté relacionando el hecho del encierro con la muerte, y se encuentre entonces firmando el acta de su propia defunción.

Vallejo, siguiendo toda una tradición literaria de odio y desacreditación tanto hacia los jueces como hacia los abogados, parece reírse de los magistrados en el Muro Dobleancho, y presenta a un hombre, uno de sus compañeros de celda, quien ha sido apresado por un robo, pero que en verdad es también un asesino, puesto que una noche, en medio de una pelea callejera, habría errado el blanco de ataque apuñalando a un trabajador inocente9: “Este hombre es, pues, también un asesino. Pero los Tribunales, naturalmente, no sospechan, ni sospecharán jamás esta tercera mano del ladrón.”10 Así, el condenado por un delito contra la propiedad, ha cometido en verdad un homicidio, sin que ello acarree ninguna consecuencia legal. Quiere nuevamente hacer hincapié en la arbitrariedad de la condena, y la imposibilidad del justo castigo, demostrar que por más completa y específica que sea una norma, no puede alcanzar la realidad de un hecho concreto, debido a que su ámbito de alcance es absolutamente abstracto, volátil, potencial, circunstancial, frente a la gravedad de lo cotidiano.

Finalmente, el último y brevísimo texto de la primera parte de Escalas, invita a pensar en una posible fuga de la prisión, o el deseo de ella: “Aquellabarba al nivel de la tercera moldura de plomo.” (Vallejo, 43)11 Aquí es quizá conveniente remarcar lo que establece el artículo 280 de nuestro Código Penal: Será reprimido con prisión de un mes a un año, el que hallándose legalmente detenido se evadiere por medio de violencia en las personas o fuerza en las cosas.

Ayer estuve en los talleres tipográficos del Panóptico, a corregir unas pruebas de imprenta.”12 Así inicia Vallejo el único texto de la segunda sección que quisiera analizar, por su gran aporte a este trabajo y su rico contenido: Liberación. Recordemos que César Vallejo trabajaba en la imprenta de la prisión durante el cumplimiento de su condena. Podemos remarcar que a ello refiere el artículo 9 de nuestro Código Penal al establecer que la pena de prisión, perpetua o temporal, se cumplirá con trabajo obligatorio. En este relato, presenta al jefe de dicha imprenta, Solís, otro condenado como él, como un joven inteligente y cortés: “…un bueno, como lo son todos los delincuentes del mundo.”13 Sin adentrarnos en valoraciones del tipo filosóficas acerca del Bien y el Mal o los deberes morales en alguna de sus formas, sí es útil destacar el modo en que el autor refiere respecto de sus compañeros de cárcel, muchos de ellos víctimas de penas inequitativas. Solís declara apesadumbrado: “De los quinientos presos que hay aquí (…), apenas alcanzarán a una tercera parte quienes merezcan ser penados de esta manera. Los demás no; los demás son quizá tan o más morales que los propios jueces que lo condenaron.”14 Nuevamente retoma la idea del hombre juez del hombre, concepto que por supuesto hace ruido a cualquiera que se adentre en el mundo jurídico desde una perspectiva filosófica.

Este personaje propone la historia de otro reo, otra “víctima inocente de la mala organización de la justicia”15: Palomino, quien fuera su anterior compañero de celda. Palomino “sevio estafado (…) por un avezado a tales latrocinios, a quien, por ser de la alta sociedad, nunca le castigaron los tribunales. (…) y a raíz de un violento altercado entre ambos, sobrevino lo inesperado: un disparo, el muerto, el Panóptico. Luego de recluido aquí, el pobre tuvo que sobrellevar tenebrosa pesadilla. Eso era horroroso. ¡Más valiera la muerte!…” Vemos cómo, a través de este relato, Vallejo denuncia el ya clásico problema de quienes son más pasibles de ser condenados: aquellos que pertenecen a clases sociales bajas, contra quienes son de clases altas o que presentan alguna posición de mayor poder en la escala social, que difícilmente caen bajo las garras de la ley, dado su emplazamiento. Pero el hecho de haber sido injustamente condenado no es el mayor inconveniente de este segundo personaje: “No sé por qué conducto fue noticiado de que se le tramaba un envenenamiento dentro de la prisión, desde mucho tiempo antes de ser alojado en ella. La familia del hombre que él mató, le perseguía de esta manera hasta más allá de su desgracia. No se contentaba con verle condenado a quince años de penitenciaría y arrastrar a su familia a una ruina clamorosa: llevaba su sed de venganza aun más abajo.” (Vallejo, 2012; 58)16 Por un lado está proponiendo a la prisión como la crónica de una muerte anunciada: aún fuera de ella, no se sale jamás. Ese temor y paranoia respecto a la muerte dentro de la prisión tiene que ver con la real sensación del convicto, que no ve luego del cumplimiento de su pena esperanza posible en retomar su habitual vida en sociedad. La ley 24.660 de Ejecución de la pena privativa de la libertad, establece en su artículo 1º: La ejecución de la pena privativa de libertad, en todas sus modalidades, tiene por finalidad lograr que el condenado adquiera la capacidad de comprender y respetar la ley procurando su adecuada reinserción social, promoviendo la comprensión y el apoyo de la sociedad. Ahora bien, sabemos que en el ámbito fáctico, las teorías de reinserción y resocialización son escasamente aplicables, quedando los que recuperan la libertad en total situación de marginalidad, y convirtiéndose el cubículo de la celda en cuatro “…muros de piedra, invulnerables, implacables, absolutos, eternos.”17 Puede desprenderse también de este relato, el hecho de que muchas veces la condena social es más cruel y prolongada que la penal: “…puede venir pronto mi indulto, y pagarían cualquier precio por evitar mi salida.”18 Y justamente la presencia de la encrucijada de la muerte-la vida, es la metáfora de la muerte en vida que significa tanto el calabozo como la sociedad toda, al haber apartado al condenado de sí, al haberlo arrojado al espacio otro en términos foucaultianos, ese espacio otro que hace de uno un otro irreconciliable con el grupo social, víctima de la heterotopía contemporánea, del modo más profundo. También puede tratarse de una forma simbólica para referirse al concepto del doble valor de la conducta: un acto puede significar muerte-vida, bien-mal, conforme al prisma político que lo observe.

Todo ello hace pensar inevitablemente en el sistema penal como institucionalización de la  venganza, justicia por mano propia bajo el aval del sello estatal. Porque, si bien en la evolución histórica del Derecho Penal pueden identificarse distintos períodos regulatorios, quedando la utilización de la venganza en la más primitiva de sus etapas, parece aún permanecer en el inconsciente social la idea de la aplicación de la pena como venganza, y justamente el empleo de la condena como castigo o medida ejemplar, no parece apartarse demasiado de una latente demanda social de venganza.

Respecto a los mencionados períodos, pueden distinguirse al menos cinco19: en primer lugar, se encuentra la etapa de la venganza privada, usualmente ocasionada por una agresión injusta y de naturaleza más o menos espontánea. En ese período, las acciones represivas solían estar en manos de los particulares, siendo la venganza el equivalente de la pena, si bien era socialmente reconocida como un derecho. Las extralimitaciones de dichos desquites hicieron surgir regulaciones tales como la de la ley del talión. La segunda etapa suele conocerse como la de la venganza divina, contemporánea por supuesto al desarrollo de la teocracia. Aquí, algunas conductas eran consideradas como causantes de la ira de los dioses, por lo que los tribunales juzgaban en nombre de la divinidad ofendida. En tercer lugar, se establece el período de la venganza pública, que supone ya una distinción más visible entre los delitos públicos y privados. Esta etapa se identifica con las tiranías y el poder despótico. Una de las características de este período es el uso de la tortura como instrumento preparatorio o punitivo, los claustros y las penas denigrantes.

 En cuarto lugar, se encuentra lo que se ha denominado como etapa humanitaria, toda esa crueldad trajo como consecuencia una concientización que desencadenó un proceso humanizador de la pena. Este período se caracteriza por reconocer la utilidad social de la pena, el grado de peligrosidad del delincuente, la determinación legal de los delitos y la proscripción de la interpretación de la ley. La quinta y última etapa es la científica, que comienza con la sistematización del estudio del Derecho Penal, y se caracteriza por la búsqueda de soluciones sistemáticas para resolver los problemas planteados por el Derecho Penal. Claro que, dichas etapas presentan límites borrosos y difícilmente delimitables de modo preciso ya que, con frecuencia, podemos percibir vestigios de cada una de ellas en las legislaciones actuales.

El valor de una obra literaria radica en la posibilidad de generar pequeñas o insondables descargas eléctricas en la imaginación y reflexión del lector/intérprete, instándolo a problematizar cuestiones vitales, tanto naturales como aquellas que son producto de la construcción social. A la luz de Escalas, se puede decir que la literatura de Vallejo abraza la justicia, la descompone, la pulveriza, pretende desarraigar la idea de racionalidad en la decisión jurídica, poniendo de manifiesto que todo discurso se sostiene sobre ficciones. Más allá de las teorías que el Derecho establece en extenso acerca de las prisiones, y las teorías del resto de las disciplinas sociales acerca de los espacios de encierro, resulta enriquecedor prestar atención a la opinión de un ciudadano, que habiendo pasado por los engranajes implacables del sistema jurídico penal, ha volcado sus dudas, reflexiones y críticas al respecto, en una agradable obra literaria, posible herramienta de gran utilidad para los juristas. Porque es a través de estas historias, en parte reales y en parte ficcionales, que se pretende interpretar con mayor profundidad los fenómenos sociales  plasmados en la norma.


1 Vallejo, César, Escalas (melografiadas), Serapis, Rosario, 2012.

2 Girondo, Oliverio, Persuasión de los días. En la masmédula, p. 109.

3 Vallejo, César, Escalas..., cit.

4 González Vigil, Ricardo, Prólogo en Novelas y cuentos completos de César Vallejo, Copé, Lima, 1998, pp. 7-33.

5 Vallejo, César, Escalas…, cit, p. 24.

6 Ídem.

7 Ídem.

8 Zaffaroni, Eugenio Raúl; Slokar, Alejandro; Alagia, Alejandro, Derecho penal: parte general, Ediar, Buenos Aires, 2002.

9 Véase Capítulo 3 del Código Penal de la República Argentina: “Homicidio o lesiones en riña”.

10 Vallejo, César, Escalas…, cit, p. 36.

11 Vallejo, César, Escalas…, cit, p. 43.

12Vallejo, César, Escalas…, cit, p. 57.

13 Ídem.

14 Ídem.

15 Ídem.

16 Vallejo, César, Escalas…, cit, p. 58.

17 Vallejo, César, Escalas…, cit, p. 62.

 18 Vallejo, César, Escalas…, cit, p. 61.

 19 Porte Petit, Celestino, Apuntamientos de la parte general de Derecho Penal, Editorial Porrúa, México, 1999, p 33-36.