“Emma Zunz” de Jorge Luis Borges: el concepto de Justicia

Autora: Rosa Vila [1].

Publicado en el Diario “La Ley”, Buenos Aires, Argentina. Suplemento Actualidad, del 11-7-13.

Pensar en Borges para compartir ideas sobre las perspectivas de la justicia en la literatura no es fruto del azar. La lectura de la obra de este gran escritor me ha acompañado hace mucho tiempo. El primer cuento que me tocó leer fue “El Inmortal” cuando estaba cursando el final del colegio secundario y aunque seguramente no entendí entonces sus implicancias, sé que me inquietó. Luego, a través de varios años de lecturas compartidas de su poesía, sus ensayos y sus cuentos fui tejiendo, claro que sin que él lo advirtiera, una amistad secreta. Por temor reverencial no me decidí a abordarlo en las dos ocasiones en que lo vi caminando por la calle Maipú de Buenos Aires, junto a alguien y ayudado por su bastón de ciego. Cuando murió en Ginebra en1986, los diarios de la época en mi país llenaron sus páginas con homenajes y recordatorios. Recorté entonces dos poesías que coloqué en una mesita adyacente a mi escritorio, las que me acompañaron mientras ejercí mi función de juez durante 22 años: una “Los Borges” que pertenece al volumen de cuentos El Hacedor de 1960. En ella la alusión a sus mayores, tan borgesiana, se conjuga con algunos de los temas caros a su literatura, tales como el tiempo circular y la circunstancia de que más allá de la pluralidad, todos los seres humanos somos esencialmente similares[2]. El otro que también estuvo por mucho tiempo en la mesita, con título en Inglés “On his blindness”, en “El Oro de los Tigres” de 1972, también autobiográfico, muestra de manera sorprendente lo que le quitó y a la vez le dio la ceguera que apareció en su vida hacia los 53 años.

Pero hay además otra razón para elegir a Borges. Y es que él encarnó la literatura en su doble cara. No sólo fue un inmenso escritor, uno de los más grandes que dio la literatura del siglo XX, sino que también –antes de ello- fue un ávido y consecuente lector. Sobre todo lo leído y sobre su cultura vastísima, su gusto por la enciclopedias y los mapas construyó su escritura que está hecha de teorías filosóficas, de citas, de intertextos, de retazos de textos de otros escritores, de historias de próceres, héroes y poetas. Dice en uno de sus prólogos “Lo cierto es que me crié en un jardín, detrás de una verja con lanzas y en una biblioteca con ilimitados libros ingleses[3] . Y en otro arriesga “A veces creo que los buenos lectores son cisnes aún más tenebrosos y singulares que los buenos autores”[4] Y en la misma línea de pensamiento, en su poesía “Un lector” señala: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído[5] .

El cuento Emma Zunz, en tanto narra una historia de lo que podría muy bien considerarse un “caso judicial”, se inscribe en lo que se ha dado en llamar Derecho en la Literatura.[6] Desde esa óptica, es recomendable la puesta a disposición de los estudiantes de Derecho por la utilidad que puede depararles para su formación universitaria.

La historia comienza cuando Emma Zunz, en 1922, recibe una carta procedente del Brasil con la noticia de que su padre, quien había huido de la acción de la justicia argentina años atrás, ha muerto ante la ingesta por error de una dosis excesiva de un barbitúrico. A partir de entonces, Emma decide matar a Loewenthal, ahora su jefe en la fábrica de tejidos y quien, según la versión que le revelara su padre antes de partir, había sido el verdadero responsable del desfalco en la hilandería. Entonces Emma, al creer a pies juntillas que su padre se ha suicidado y atribuyéndole tal muerte a Loewenthal, decide a su vez, terminar con la vida de quien ella considera el responsable indirecto. Para ello pergeña un plan que incluye un autocastigo. Busca en la zona del puerto un marinero desconocido, tiene sexo con éste, quien le paga por ello. Tal situación vivida como un ultraje, la ha de usar después como coartada frente a la policía y la justicia. Cuando finalmente mata a Loewenthal con el revólver que toma del cajón del escritorio de su oficina, la explicación que da y que luego habría de repetir muchas veces, es que no tuvo otra alternativa que matarlo porque su jefe había abusado de ella.

El relato, más allá de la maestría de su estilo, es transformador por los contenidos que pone en juego. Borges en el epílogo de “EL Aleph” ha considerado “espléndido” el argumento que le prestara Cecilia Ingenieros, señalando con la modestia que le es característica, “su ejecución temerosa”.[7] Quien lo lee, no es al concluir su lectura exactamente la misma persona que era cuando lo abordó. Ha tenido la oportunidad de posicionarse en el lugar de otras miradas y pensar sobre el bien y el mal, lo justo y lo injusto, lo verdadero y lo falso en las conductas humanas. Hay en el texto poderosos atractivos inherentes a los recovecos de la condición de seres que pueden tener una vida parecida a la nuestra.

El cuento remite a diversos temas de interés para el abordaje desde la perspectiva de la justicia. Uno es la dicotomía entre la justicia formal y la venganza o justicia ejecutada por mano propia. Otro, es el tema del castigo, que, a diferencia de lo que ocurre en la justicia común, en el cuento se presenta antes de la realización del crimen y según la discrecionalidad de la victimaria. Otro elemento que subyace en la narración es el concepto de verdad y si ésta es la que dicen las pruebas presentadas en el proceso judicial o la que guardan para sí los propios protagonistas. Además, el entrecruzamiento de indicios, apariencias y móviles sugiere la dificultad que suele presentarse a la hora de juzgar.

El concepto de justicia

Hay en el relato dos hechos delictivos centrales: el desfalco en la fábrica de hilados y años después, el asesinato de su dueño Aarón Loewenthal. El aparato judicial interviene en ambos delitos, pero ante la insatisfacción respecto del destinatario del castigo decidido por la justicia común, la protagonista actúa la justicia por mano propia.

Es así que en el cuento la idea de la justicia pivotea sobre sus distintos significados. En el caso del desfalco, por un lado, la justicia formal es la que ha dado su veredicto. Borges en abigarrada síntesis transmite el pensamiento de Emma “recordó la casita de Lanús que les remataron,…recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre “el desfalco del cajero””. No hay muchos más datos que permitan al lector recomponer los pasos del proceso judicial que se instruyó ante la desaparición del dinero. Se había dictado seis años antes “un auto de prisión” respecto del padre de Emma. No se sabe exactamente a qué aludía Borges con esta escueta referencia, en 1949, época en la que escribió el cuento. Hoy, se podría interpretar como el “auto de prisión preventiva”. Es decir, una declaración judicial según la cual en ese estado de la investigación había suficientes pruebas para inculpar al padre de Emma y su detención podía estar próxima. Desde otra mirada, podría considerarse que el padre de Emma ya había sido condenado y escapado. En cualquier caso, este hombre ha decidido eludir la acción de la justicia, circunstancia que también constituye un delito.

Como se ve, los procedimientos de los que se ha servido la justicia común para sentenciar a Emmanuel Zunz, luego cambiado su nombre por el de Manuel Maier, no están puestos en foco por el narrador.

El lector, ubicado en el lugar de desentrañar los sucesos que se presentan en la trama, advertirá inevitables similitudes con lo que sucede en los tribunales. Como en la vida real no todo está iluminado, los jueces muchas veces experimentan serias dificultades en la función de analizar conductas y juzgar. Desde que ocurrieron los hechos hasta que se los juzga, ha pasado tiempo. Y a los hechos “verdaderos” se agrega, mientras se extiende el procedimiento judicial, una serie de otros elementos: declaraciones de los testigos, informes de los peritos, otras pruebas no siempre fidedignas y más de una vez, la ausencia de datos sobre circunstancias relevantes. Ello, lejos de poner claridad, torna arduo el trabajo de indagación judicial. A la manera de los trabajadores de una hilandería, quienes “hacen justicia” deben ordenar los hilos del ovillo enredado y construir una interpretación, que sin dejar cabos sueltos, tenga sustento lógico y lleve a determinar quién es el responsable.

Por otro lado, el cuento presenta la justicia por mano propia como contracara de la justicia administrada por los órganos del Estado encargados para tal cometido. El relato transita por ese andarivel y los lectores son llevados de la mano de la obrera textil a asistir a cada uno de los pasos de la venganza que ésta ha decidido tejer. El jueves 14 de enero de 1922 en que recibió la noticia lloró y recordó hechos del pasado; el viernes 15 sin haber dormido la noche anterior alcanzó la idea del crimen perfecto; el sábado 16 llamó a su jefe y le dijo que pasaría por su oficina “al oscurecer” para informarle “algo sobre la huelga” de la que se hablaba en la fábrica, trabajó hasta el mediodía y hacia la tarde se sometió al vejamen sexual con un marinero sueco o finlandés en las cercanías del puerto. De allí se dirigió hacia la fábrica, hizo fuego tres veces y acabó con la vida de Loewenthal. Tomó el teléfono y dijo “..Ha ocurrido una cosa que es increíble… El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga…Abusó de mí, lo maté…”

En épocas primitivas la reacción contra los delitos se concretaba con el impulso instintivo de venganza y la víctima y/o sus allegados se hacían justicia por mano propia. Con el correr del tiempo y al surgir formas de organización del Estado, se crean órganos diferenciados que permiten el tránsito de la represión individual a la represión estatal. No parece que Borges –aunque el centro de la trama sea la venganza o justicia por mano propia- adhiera a la misma que es una institución jurídica propia de las sociedades más rudimentarias. Tampoco hay una explícita crítica al funcionamiento de la justicia común. En tanto el texto deja entrever que tanto el padre de Emma como Loewenthal pudieron haber sido uno u otro los responsables del desfalco, Borges nos invita a pensar en la falibilidad de la justicia humana en cualquiera de sus formas.

También, como en un juego de espejos tan propio de Borges, en el relato se alude a otra justicia, la de Dios, que es la que cree encarnar la protagonista. La justicia divina, por definición no está administrada por los seres humanos. Sin embargo, no es más ecuánime que la de las personas a estar a los desvalimientos de tantos seres, sectores de la sociedad y regiones en todo el mundo.

Dice el narrador “… Desde la madrugada anterior, ella se había soñado muchas veces dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana….Pero las cosas no ocurrieron así”. Y aquí aparece otra permanente preocupación de Borges, que es la dicotomía entre determinismo y libre albedrío[8]. Quienes son los que deciden sobre las conductas de los seres humanos?. Ellos mismos?. O hay alguien por encima que mueve los hilos?.

Más allá de los muchos abordajes que la historia permite, lo que llama la atención al lector es la sostenida invitación a reflexionar sobre los posibles caminos de la justicia, su precariedad, la dificultad de alcanzarla. El narrador describe los hechos y ahonda en las percepciones de la justiciera. Cabe en este punto recordar la influencia que tuvo en Borges el idealismo de Berkeley, según el cual ser es ser percibido. El autor no toma explícitamente partido. Y las diversas ambigüedades que contiene el relato permiten al lector que complete la obra.

El tema del castigo

Borges, tan afecto a reescribir sus textos, contó en uno de sus reportajes que el título originario del cuento era “El Castigo”. Esta centralidad que pudo haber dado nombre a la obra, provoca también diversas reflexiones.

El castigo es por definición aquello que sigue a la comisión del delito. Está dirigido a evitar que quien ha delinquido -ante el sufrimiento que la sanción le provoca-, evite transgredir la ley en el futuro. Pero al mismo tiempo, el castigo tiene un efecto disuasivo, al advertir a la sociedad las consecuencias negativas que puede traer la realización de un ilícito.

En el cuento “Emma Zunz” esta secuencia se halla invertida. Aquí el castigo es anterior a la perpetración del asesinato. La joven se somete a lo que vive como un vejamen sexual y tal autocastigo le da fuerza para ir a matar a Loewenthal. El narrador explica “El hombre sueco o finlandés, no hablaba español, fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia” .

Además de ser anterior al delito, el castigo es el que la propia victimaria elige. Esto también difiere esencialmente de lo que ocurre en los tribunales. Las penas se imponen en razón, no del antojo de los que han delinquido, sino de la gravedad del hecho, sus circunstancias, los antecedentes del ofensor.

El sacrificio elegido ha operado como un bill de indemnidad y Emma se siente relevada de culpa alguna. Su propósito es castigar a Loewenthal y hacerlo impunemente.[9] En dos pasajes el autor escribe, destacándolo entre paréntesis, como si la sanción no estuviera dentro de los cánones legales: “(No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no quería ser castigada)” y (“He vengado a mi padre y no me podrán castigar…”).

La conducta de Emma hace recordar a las indulgencias papales por las que la Iglesia Católica perdonaba total o parcialmente las penas debidas por los pecados. A diferencia de ello, el personaje de Raskcolnicov en “Crimen y Castigo” de Dostoievski, luego de huir durante mucho tiempo en razón del crimen que ha cometido, busca el castigo de la Justicia como necesidad de expiación de su conducta.

El concepto de verdad

El concepto de verdad y su antagónica, la idea de falsedad recorren todo el cuento. En un texto de sólo tres páginas, el autor provoca en el lector un natural cuestionamiento relativo a cuáles son los criterios sobre los que se asienta aquello que en las causas judiciales se suele llamar “la verdad objetiva”.

Los abogados y los jueces, acostumbrados en su quehacer diario a vincularse con la “verdad que aparece en el expediente”, saben muy bien que la verdad jurídica o la verdad objetiva dista muchas veces de ser idéntica a los hechos que efectivamente han ocurrido. Es que el proceso judicial no es más que una reconstrucción de acontecimientos para determinar quién es el culpable o el responsable. Y esa reconstrucción es necesariamente selectiva, está mediatizada por el transcurso del tiempo y las distintas versiones acopiadas, por lo que no siempre da cuenta de la verdad real.

Dice Borges “Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizás improcedente”. Esta observación puede muy bien trasladarse al ámbito del proceso judicial. La dificultad de aprehender la realidad es aplicable a la tarea de los jueces a quienes el Estado les encarga la función de decidir si un acto es o no condenable. No se cuenta siempre con todos los elementos que rodearon el caso sometido a juzgamiento. Se tienen a la mano las pruebas colectadas, los indicios, los relatos de partes, abogados y funcionarios involucrados. Los jueces, más de una vez, están enfrentados a situaciones cuyos pormenores no pueden asir. Ellos no han sido los observadores directos ni han estado en el lugar de los hechos. Los datos los traen los involucrados –de quienes obviamente no se puede pedir la presentación de la verdad- y también terceros que aun cuando quisieran exponer lo que ha sucedido, tienen la carga de su propia valoración que seguramente incidirá para el recorte de la realidad que en definitiva declaren. Todo ello, en consecuencia, restringe en gran medida la posibilidad de hacer justicia. En referencia a la natural evanescencia de los hechos por obra del paso del tiempo, unas líneas más adelante el narrador dice ¿…cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde?. Pero el juez no puede eludir la resolución del caso, el mismo tiene que ser fallado a partir de los elementos con que se cuenta, aún a costa de evaluar hechos que han sido distorsionados y eventualmente, equivocarse.

Desde el inicio Emma Zunz cree que su padre se ha suicidado, pese a que la carta dice “.. el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido…”. A partir de este dato que para un investigador judicial no sería suficiente, ella no tiene ninguna duda que su progenitor se ha quitado la vida. Había razones para dudar: el compañero de pensión que le envía la misiva ha escrito que su padre había ingerido por error la dosis. También cree a pies juntillas lo que su padre le dijo antes de huir de la justicia argentina: “..la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal..

Intervienen en la conformación de la verdad subjetiva que Emma construye, razones que el afecto filial y el honor familiar dictan. Y es por ello que Emma no se plantea la necesidad de mayor investigación. Sin embargo, no se lo cuenta a su mejor amiga porque, entre otras cosas, “quizás rehuía la profana incredulidad”. Pero además, la protagonista central del cuento a su vez incurre en falsedad. Ella se ocupa de destruir la prueba que podría incriminarla: la carta procedente del Brasil que daba cuenta de la muerte de su padre por la ingestión de un barbitúrico. Además de delatar falsamente a sus compañeras, construye una historia falsa que le sirve como coartada: el acceso sexual por el marinero desconocido, que después le ha de servir para atribuírselo a Aaron Loewenthal.

Si nuevamente pensamos el cuento desde la perspectiva de la cultura legal, éste muestra cómo los juicios, no ya de las personas del común, sino de aquéllas que integran el sistema judicial, pueden eventualmente edificarse sobre pre-juicios. En el caso de la justicia, es claro que la ideología o las creencias religiosas pueden teñir los fallos de los magistrados. Así, si el juez profesa la religión católica, será proclive a declarar la nulidad de un matrimonio entre personas de un mismo sexo, aun cuando la unión igualitaria haya sido sancionada por ley.

En el cuento hay también un interesante abordaje del material con el que se trabaja en la Justicia. En todo crimen hay huellas, pero también  pistas falsas, lo que lejos de ayudar a la investigación, puede tornarla muy difícil. Luego de perpetrado el asesinato, Emma construye pruebas “Desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero..”.

La verdad es elusiva. Y hace difícil el camino hacia la justicia.

Precariedades de la Justicia

En diversos pliegues del cuento, Borges sugiere las falencias de la justicia y convoca a repensarla. No solo está presentada la justicia individual que transita por una senda propia, sin acatamiento a reglas de convivencia social. También hay una mirada sobre la justicia del sistema judicial, con sus limitaciones derivadas de la mediatización del tiempo y de las distintas versiones de los involucrados. Finalmente y muy detrás, está la mirada sobre la justicia divina y en relación con ella, la pregunta sobre si todo está prefijado en las conductas de los seres humanos o hay resquicios de libertad[10].


[1] Trabajo desarrollado dentro del contexto del Proyecto  UBACyT –Universidad de Buenos Aires Ciencia y Técnica- 20020110200157BA, 2012/2014 titulado “Lectores para la justicia” y presentado en –versión en inglés- en el workshop Perspectives from Justice and Fundamental Rights in Literature: an Approach from Legal Culture in a European context”, organizado por el Instituto Internacional de Sociología Jurídica de Oñati, País Vasco, 20 y 21 de Mayo de 2013.

[2] Borges en “Kafka y sus precursores” (“Otras Inquisiciones”, 1952 en “Obras Completas”, Emecé Editores, Buenos Aires, 1974) escribe: “el hecho es que cada escritor crea a sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro. En esta correlación nada importa la identidad o la pluralidad de los hombres”.

[3] Borges, en “Evaristo Carriego”, 1930, prólogo (“Obras Completas” Emecé Editores, Buenos Aires, 1974).

[4] Borges en “Historia Universal de la Infamia”, 1935 (“Obras completas” Emecé Editores, Buenos Aires, 1974).

[5] Borges en “Elogio de la Sombra”, 1969 (“Obras Completas” Emecé Editores, Buenos Aires, 1974)

[6] Trinidade, André Karam y Gubert, Roberta Magalhaes, “Derecho y Literatura. Acercamientos y perspectivas para repensar el Derecho”en Revista Electrónica del Instituto de Investigaciones “Ambrosio L. Gioja” Año III, n° 4, 2009, págs. 176 y stes.

[7] Borges, Jorge Luis en el epílogo del El Aleph, 1949 en “Obras Completas”, Emecé Editores, 1974

[8] Borges, Jorge Luis dice al final de su poesía EL Ajedrez en El Hacedor, 1960. “…Dios mueve al jugador, y éste la pieza. ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza de polvo y tiempo y sueño y agonías

[9] Poe, Edgar Allan en “El barril del Amontillado” hace decir a quien ha decidido la venganza  “..No solamente tenía que castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin reparar cuando su justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando ésta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga”

[10] Borges, Jorge Luis-Ferrari, Osvaldo, “En diálogo II”, Editorial Sudamericana, 1998, p.289.  Ante la pregunta del entrevistador relativa a la fatalidad como género literario, Borges responde “Sí, y ese es un sentimiento bastante frecuente, y que puede consolarlo a uno también, ¿eh?. Porque si uno descree, del libre albedrío, como yo, entonces uno no se siente culpable: si yo he obrado mal, he estado obligado a obrar mal….Por eso descreo de la justicia; porque la justicia presupone el libre albedrío, y si no hay libre albedrío, entonces nadie puede ser castigado, ni recompensado tampoco. Y ésto nos trae de nuevo una frase que siempre cito de Almafuerte, que he citado cada vez que hemos conversado: “Sólo pide justicia, pero será mejor que no pidas nada”, porque ya pedir justicia es un exceso”.