Influencia de la literatura en la formación de los operadores del derecho.

Autores: Battaglia, Alejandra Iñigo, Delia B. Rico, Margarita Vila, Rosa

Publicado en: La Ley Online;

Cita Online: AR/DOC/3407/2015

Sumario: I. Introducción. — II. Trayectoria lectora. Figuras relevantes en la función mediadora. — III. Lugar asignado a la lectura a partir del discurso de los entrevistados. — IV. Reflexiones sobre el lenguaje de jueces y abogados. — V. Presencia de la lectura literaria en ámbitos académicos. — VI. Corolario.

(*)

  1. Introducción

Este trabajo es el fruto de la investigación realizada por un grupo de integrantes del proyecto Lectores para la Justicia, en el marco del programa UBACyT 2012/2014 (www.lectoresparalajusticia) y tuvo entre sus objetivos principales indagar en las relaciones entre la Literatura y el Derecho a partir de la mirada particular de jueces, funcionarios, abogados en el ejercicio de la profesión y docentes universitarios. La intención de la muestra fue dirigirse al universo de decisores en sus respectivas áreas de incumbencia, de modo de analizar cómo eventualmente la Literatura podía haber influido en su formación personal y profesional. Como se verá, la edad de los entrevistados y su bagaje cultural hace de los resultados de la encuesta la palabra de un sector privilegiado de la sociedad, con acceso fluido a los libros y a la experiencia literaria. Queda para futuras investigaciones la amplificación de la muestra y su comparación con otros segmentos de la población de los operadores del Derecho —más jóvenes y/o pertenecientes a otros sectores de instrucción— para seguir pensando en los puentes entre la Literatura y el Derecho.

En un trabajo anterior nos hemos referido a las coincidencias y divergencias entre Literatura y Derecho (1). Ambos se sirven de la palabra como instrumento de comunicación y centran su mirada sobre las conductas humanas. Pero más allá de que el idioma utilizado y el objeto de observación sean los mismos, existen además de los contenidos propios de cada disciplina, notas diferentes. Mientras en el campo del Derecho los elementos relevantes son la ley, el orden lógico, la seguridad jurídica y los estándares de conducta habitual de las personas; en el ámbito de la Literatura de ficción lo que prevalece es la posibilidad de creación de mundos alternativos.

Esa diversidad de escenarios a la que nos conduce la lectura de ficción permite, desde la imaginación, recrear conductas humanas bajo una lógica diferente a la de las ciencias jurídicas, del mismo modo que construye situaciones que no se desarrollan ni culminan según los paradigmas reglados por el Derecho. Podría decirse que la lectura literaria genera miradas renovadoras, en tanto “de ella se espera la belleza, la imaginación, lo lúdico, la duda, la transgresión” y más allá de “la generalidad y la abstracción, normalmente atribuidas a la ley”(2), la literatura facilita una mayor proximidad con los actores sociales, sus emociones y sus miserias.

En esta investigación el objetivo ha sido analizar tanto cuáles pueden ser los vínculos entre literatura y derecho como la relación entre literatura y justicia, entendida ésta en sentido amplio, como posibilidad de acceso igualitario a los bienes no sólo materiales, sino también culturales de la sociedad. En este orden de ideas, la propuesta fue indagar en los operadores del derecho —jueces, funcionarios, abogados de la matrícula, docentes universitarios— la influencia que eventualmente pudo haber tenido la lectura de ficción en su formación personal y en su quehacer profesional.

La particularidad, en el caso, es que se trataba de abordar con los entrevistados temas que resultaban ajenos a lo que constituye su saber específico. Acostumbrados a hablar de sentencias, leyes y dictámenes, según ajustada síntesis de Borges en el “Poema Conjetural”(3); los abogados, jueces, profesores de derecho y funcionarios habrían de disponerse a bucear en sus inicios lectores, identificar referentes y/o mediadores de lectura, considerar las relaciones entre la literatura y el derecho, preguntarse sobre el valor de la literatura y reflexionar sobre las características del lenguaje judicial.

Los hallazgos que mostraremos a continuación se asientan sobre la base de la realización de 20 entrevistas semi— estructuradas: las primeras de ellas hacia mediados de 2013 y las últimas hacia fines de 2014. Los participantes de la muestra fueron todos abogados. Diez de ellos detentaban cargos en el Poder Judicial, entre los cuales se contaron Ministros de la Corte Suprema de Justicia Nacional, Jueces del Tribunal Superior de la Ciudad de Buenos Aires, Jueces de Segunda Instancia o con grado equivalente y funcionarios judiciales. La otra mitad estuvo constituida por abogados en ejercicio de la profesión ante los tribunales, directivos del Consejo de la Magistratura Nacional y del Colegio Público de Abogados. Tanto abogados como jueces, en muchos casos, eran al tiempo de las entrevistas o habían sido, profesores universitarios. (4)

  1. Trayectoria lectora. Figuras relevantes en la función mediadora

Entre los componentes que se destacan por su influencia positiva en la promoción del hábito lector, surge nítida la figura de un facilitador. En efecto, al evocar sus comienzos lectores, los entrevistados aluden asiduamente al contacto directo con personas claves en la transmisión del gusto por la lectura. Quienes les leían o les contaban cuentos en la infancia, son recordados con un alto grado de reconocimiento:

 “Mamá nos contaba cuentos (…) tenía un libro (…) gordo de todos cuentos de hadas (…) al final ya se los sabía todos de memoria” (Argibay).

La experiencia de recibir de otros el acercamiento placentero a la lectura aparece muy valorada entre aquéllos que han adquirido el gusto lector. Ello recuerda la frase de Michèle Petit: “al principio, fue pues, la experiencia del otro” (5). En este ensayo, la “experiencia”, sería un hecho susceptible de generar un sentimiento en alguien, al punto de motorizar, en mayor o menor medida una transformación. Y este mecanismo se traduciría en la adquisición de un conocimiento que no puede ser objetivado y enseñarse. Por eso, para esta autora, la lectura, puede concebirse como un arte que más que enseñarse se trasmite y que requiere de un mediador nutrido de experiencia y capaz de reconstruir un marco y una atmósfera apropiada para volver la cultura escrita deseable.

“La lectura era una actividad (…) aprendida desde el ejemplo (…) se leía mucho, mis padres eran muy lectores.” (Manguel).

Entre quienes han adoptado el hábito de la lectura se reconoce, en general, a más de un miembro lector dentro del contexto familiar. Los entrevistados aluden a la valoración de la lectura de ese primer grupo de pertenencia, y a los distintos modos en que esto se proyecta en la iniciación de la mayoría de ellos.

 “Si tengo que pensar en mi amor por la lectura tengo que decir que fue a través de la vida familiar…” (Cabral);

“De mi hermano mayor (…) recuerdo siempre la pose de él tirado en la cama leyendo un libro (…).Nosotros teníamos muchos lectores en la familia…” (Manguel);

“Todos eran gente que tenía actividad intelectual porque mis tías eran profesoras, mis viejos eran los dos profesores de biología y mi abuelo había sido profesor de literatura, de latín y de griego en la Facultad de Filosofía y Letras.” (Ruiz);

 “En casa siempre se leyó mucho (…).” (Miguens).

Desde otra perspectiva, se distinguen en la muestra roles habitualmente bien diferenciados entre los mediadores; y hábitos de lectura diversos en función del género. Con insistencia surge la figura materna como la principal facilitadora de lecturas. La evocación de transmisión oral de la madre en la primera etapa de la vida aparece con frecuencia en la memoria de los entrevistados:

 “Me acuerdo que mi madre en esas interminables siestas mendocinas, me empezó a leer un libro (…), y yo estaba subyugado por la voz de mi madre leyendo, cerraba los ojos y me dejaba llevar, imaginando toda la serie de episodios que sucedían en el libro. Y cuando ella dejaba, sentía una enorme curiosidad por saber cómo seguía, y entonces me devoré los libros.” (Ostroposky).

En algunos casos, y aún sin aludir a la lectura en voz alta, se aprecia la huella de la madre en esos acercamientos inaugurales a la ficción:

 “Mi madre contaba, que se dormía con los libros de Julio Verne debajo de la almohada para seguir leyendo a la mañana (….) de manera que siempre se fomentó la lectura” (Manguel);

 “Mi mamá leía siempre. Era socia de una biblioteca circulante y leía siempre (…), libros de ficción (…), yo no sé qué libros eran porque era chica. ” (Highton);

 “Mi madre era muy lectora” (Entrevistado anónimo);

“En mi casa, mi madre leía mucho” (Medina);

 “Mi madre siempre fue muy lectora” (Weinberg).

Por su parte, al padre se lo ubica como lector y reiteradamente en las entrevistas surge vinculado a lectura informativa: periódicos, historia, ensayos.

 “Mi padre era lector, pero de otro tipo. Era abogado, político, y leía más sobre historia. Era un apasionado de la historia argentina,…” (Ostroposky);

 “Mi padre era muy lector de periódicos.” (Lozano);

 “Mi padre (…) era un lector (…) de todo lo que tenía que ver con las cuestiones sociales, políticas, filosóficas.” (Ruiz);

 “Papá como era ingeniero y le gustaba la política, leía fundamentalmente sobre política.” (Miguens);

 “El era lector de diarios: un lector de diarios desde que yo tengo uso de razón hasta que falleció a los 89 años, (…) leía dos diarios por día.” (Entrevistado anónimo);

 “Yo tengo la imagen de mi papá leyendo. (…) y tenía un libro de medicina…” (Abritta).

Paralelamente, y como otro elemento indicador de relevancia en los inicios lectores, surge de la mayoría de las entrevistas una profusa disponibilidad de material literario en el ambiente doméstico, como un bien cultural de muy fácil acceso:

“En mi casa, donde vivíamos con mi padre, mi madre y mis hermanos, había una buena biblioteca y en la casa de mi abuelo materno una enorme biblioteca. Y, entonces, (…) me interesó la lectura. Empecé a leer desde pequeña.” (Ruiz);

 “Hay algo que —para mí—, define a la familia: el tamaño y la calidad de la biblioteca. La de mi casa, era muy importante; no tanto en cantidad sino en la calidad de los libros. En mi casa en todas las habitaciones había biblioteca.” (Ostropolsky);

 “En la casa de mis abuelos, había una biblioteca del piso al techo y una pared así enorme. (…) Y yo siempre andaba buceando y buscando y leyendo como investigando…” (Díaz).

De este modo, tanto el gusto por la lectura que transmite el facilitador, como la biblioteca, repercuten en los entrevistados a la manera de un legado que trasciende a estos dos agentes que juegan como “un puente entre lo que antes hubo y lo que vendrá, un puente a través del cual se produce un encuentro” (6).

Trasmitir el gusto por la lectura, es mucho más que enseñar a leer, excede al estricto cumplimiento de un acto humano; y en cambio está dotado de emoción, de sentimientos y también de cierta pasión (7). De allí entonces que el mediador se mantenga en el recuerdo de algunos de los entrevistados:

 “Mi abuelo materno era el personaje que toda la familia recordó….Yo no lo conocí, porque murió mucho antes de que yo naciera.” (Lozano);

 “Mi madre, que falleció hace muy poquitos meses, era muy lectora también. Sí, sí, era muy lectora” (Dubois).

En esta suerte de continuidad, la biblioteca también aparece en clave de mediación, como testigo y vehículo del gusto lector a través de las generaciones y la conexión de éstas entre sí. Se advierte en la mayoría del campo, la participación activa de “la elegante dotación de anaqueles”, según expresión de Borges en “La biblioteca de Babel”(8). Por ejemplo, uno de los entrevistados señala:

 “Mi padre (…) tenía junto con mi abuelo y su hermano una biblioteca espectacular y muy amplia que en parte he heredado afortunadamente.” (Cabral);

Otros recuerdan:

 “Había muchos libros que eran de mi abuelo (…) Casi toda la biblioteca había sido de mi abuelo, que se había muerto. Las novelas habían sido de mi abuela, que falleció cuando yo tenía tres años. O sea que de ella me acuerdo poco, pero yo andaba y leía de la biblioteca que había en mi casa…” (Highton);

 “A mí el primer contacto se me abre en parte importante con la biblioteca de mi abuelo materno…” (Entrevistado anónimo).

De este modo, a la biblioteca se la indica interviniendo como eslabón entre épocas diversas, como un factor que las reúne y confiere una señal de pertenencia a la familia a través de los libros que la componen, que se comparten y se conocen.

Como puede verse los “elegantes anaqueles” y el facilitador, se encuentran fuertemente incorporados en la memoria de los entrevistados. Decir “literatura” y decir “vida” es lo mismo (9); y esta inmanencia de la que participan el mediador y la biblioteca es un modo de traducir ausencias.

En otro orden de ideas, introduciéndonos en los resultados vinculados con el ciclo educativo de nivel primario y su relevancia en función del hábito lector, hay algunas menciones de los entrevistados en términos positivos. Son pocas:

 “En la escuela primaria yo tuve esos docentes que a uno lo marcan ¿no?….un maestro de Castellano (….). Lo más interesante era que los cuentos que se leían en clase se iban comentando. Cuando leíamos ´La autopista del Sur´ entendí cosas que, con doce años no me daba cuenta, pero él nos iba explicando el hilo de la lectura…” (Abritta).

Y otro entrevistado, hablando sobre toda su escolaridad inicial, dice:

 “Tuve una sola maestra, la de sexto grado, creo que séptimo, que era una persona a quien le gustaba mucho la lectura. Y una maestra de Inglés, que también….nos hacía escribir poemas.” (Manguel).

En cambio, para la amplia mayoría de los participantes de la muestra, ni los libros ni los docentes de la escuela primaria aparecen recordados de modo significativo

 “No me acuerdo, en la primaria, de ninguna lectura.” (Fargosi);

 “Olvidate, en la mía olvidate de que en mi escuela primaria se leyera.” (Nissen);

 “Eran un plomo las lecturas en esta etapa de la escuela.” (Highton);

 “En la escuela primaria había poco y nada y no se leía nada.” (Candarle).

En cuanto a la escuela secundaria, la mayoría hace referencia al canon de lecturas propuestas desde la institución educativa como desprovisto de interés:

 “En el colegio nos mandaban a leer todos estos libros de castellano antiguo que te parecían un plomazo.” (Crego).

De acuerdo a lo que indica la muestra, la literatura en la escuela se inscribía como medio para el aprendizaje de la retórica o en el marco de la Escuela Historicista:

 “Saber qué es una prosa, qué son las construcciones gramaticales, (…), sacar una analogía, una paradoja, una composición de lugar…” (Crego);

 “Lo que más conocí a través de la educación, en realidad, fue la ubicación histórica de las escuelas literarias…” (Cabral).

De este modo parecería que en la fundación del gusto por la lectura de los entrevistados, se presenta un claro contraste de influencias entre el entorno familiar y sus recuerdos escolares que se compadece con el criterio que sostiene que el aprendizaje de la lectura, se apoya mucho más en experiencias pre o extraescolares, que sobre la escolarización o aprendizaje escolar (10).

 “En materia de lectura, el sistema educativo no me atrapó” (Entrevistado anónimo)

Esta confrontación se extiende también al escaso acceso a material de lectura literaria en la escuela o a la falta de recuerdos de los entrevistados sobre éstos:

 “Por ejemplo, si usted me pregunta si yo recuerdo donde estaba la biblioteca del colegio, no se. Seguramente tenía una biblioteca, pero no era algo que estuviese a disposición de los alumnos para poder consultar, o inquirir, o investigar.” (Ostroposky).

En cambio, la figura de los profesores de letras es vivamente reconocida como mediadora y en varias ocasiones se los recuerda incluso por su nombre con especial afecto.

 “A los quince yo tuve una profesora de literatura en el colegio secundario, tenía una gran influencia sobre mí, fue otro estimulo para mí.” (Lozano);

 “En el secundario, mi profesor de literatura, (…) el Profesor Luis Poli (…). Maestro…” (Rizzo);

 “Tengo un recuerdo imborrable de quien fuera la profesora que yo tuve en primer año en castellano, Elena Pezzoni, que era…, yo creo que fue la más extraordinaria profesora que tuve.” (Ruiz).

III. Lugar asignado a la lectura a partir del discurso de los entrevistados

A menudo escuchamos que la lectura está en declive, y que es una práctica amenazada. La cultura contemporánea, que privilegia las imágenes y se ve cautivada por las nuevas tecnologías, aparece frecuentemente señalada como responsable de este retroceso. Así, en la historia personal de lectura que construyen nuestros entrevistados, la ausencia de dispositivos electrónicos en su infancia y primera juventud suele ser significada retrospectivamente como una oportunidad para el desarrollo del hábito lector:

 “No había absolutamente nada de lo que los chicos tienen ahora. Ni Internet, ni computadora, ni teléfonos, ni televisores, (…) con lo cual la lectura era una actividad obligatoria y aprendida desde el ejemplo.” (Crego);

 “En esa época no había televisión, así que todo era lectura.” (Highton);

 “No había televisión directamente, además se dormía la siesta. Entonces las revistas, los libros y todo eso eran parte de mí.” (Dubois).

Contrariamente, el recuerdo de la etapa de formación académica aparece, en varios casos, como un momento de exigencias en el que aminora el tiempo para la distracción que supone la lectura placentera. Podría decirse que la concepción utilitaria de la lectura, al valorizar el texto como herramienta de aprendizajes específicos y situar a la lectura de ficción como un simple entretenimiento ligado al momento de ocio, opera como valla para el acercamiento a los textos literarios durante el período universitario. En tal sentido, uno de los entrevistados recuerda:

“Mi viejo venía y me compraba los libros que yo tenía que leer para la Facultad de Derecho como regalo, pero los libros tenían que ser siempre los que tenía que usar para alguna materia (…). Pero si vos querías ir a comprar otro libro, no. Me acuerdo, una vez yo estaba interesado en un libro (que no era académico) y la plata me la dio mi madre. Era un libro muy caro, era un libro importado.” (Lozano)

A propósito de este testimonio, quienes se han ocupado de los temas referidos a la lectura señalan: “En Argentina corresponde subrayar que si se perdió la costumbre de la lectura fue también porque se cayó en una concepción utilitaria: “hay que leer para ser profesional”, “hay que leer para aprender ésto o aquéllo…con lo que se convirtió a la lectura en un castigo y en un chantaje. Y así se perdió el placer de la lectura.”(11)

En el relato de las trayectorias lectoras, el tiempo dedicado a la lectura de ficción durante el período universitario se recorta como un refugio al margen, un espacio fuera de la obligatoriedad de la academia y ligado al placer. Algunos entrevistados nos dicen:

 “No me quedaba mucho tiempo para la literatura. Cuando yo me iba al campo, ahí si leía. Llevaba diez o doce libros de esos que me gustaban a mí. Que no eran de Derecho.” (Crego);

 “Yo en ese momento trabajaba, estudiaba, (…) Y sí, leía, pero en ese momento leía más libros de texto.” (Manguel);

 “Cuando entré en la Facultad seguí leyendo, pero estaba muy apurado por recibirme (…) Leía una literatura que cuando me conmovía, me metía de lleno, y eso me entorpecía lo que yo tenía que hacer, porque me metía con cuerpo y alma.” (Ostropolsky).

Y otros entrevistados dan cuenta de la fuerza poderosa de la literatura en esa época de los estudios universitarios:

 “En mis primero años en la Facultad tenía un compañero… .el tipo era fanático, venía de otro colegio que tenía una cultura superior (…)había gente que había ido al Nacional Buenos Aires y ahí me metí con la literatura argentina y entonces conocí cosas maravillosas.” (Nissen);

 “Yo me independizo cuando voy a la Universidad y empiezo a incorporar mis propias lecturas, que tienen que ver con lo sociológico y lo político primero, y con la literatura, el boom de la literatura latinoamericana después. Estoy hablando de fines de los 60, comienzos de los 70. Ahí me emancipo de estas lecturas que estaban en mi casa.” (Entrevistado anónimo).

En otro orden de ideas, hay consenso respecto al valor que asignan a la lectura. No nos referimos, naturalmente, a las lecturas obligatorias para la formación profesional, sino a la lectura de obras literarias.

A lo largo de la muestra es notable cómo la imagen de “apertura” surge con marcada insistencia en el discurso de los entrevistados:

 “La literatura me abrió la cabeza completamente.” (Rizzo);

 “La literatura implica una mayor apertura para poder pensar, te da valores, te permite hacer comparaciones.” (Dubois);

 “Estuvimos un mes analizando ese poema [La noche cíclica de Jorge Luis Borges] que tiene menos de una hoja (…) Cada palabra era como las ventanas de Windows, estaba todo el saber.” (Ostropolsky);

 “Yo no tengo la menor duda de que la literatura me ha servido y que me ha abierto a muchos conocimientos que no tienen que ver con el Derecho en sentido directo, me ha servido mucho.” (Lozano);

 “Los que no leen son muy cerrados en su pensamiento, en su razonamiento, en su enfoque. Y las personas que leen tienden a abrir el espectro…” (Crego).

Desde sus experiencias lectoras, los entrevistados declaran que lo distintivo de la obra literaria consiste en que permite ver de cerca situaciones que de otro modo nos son ajenas, situaciones posibles y alternativas a las que suceden en la vida real, es decir, ofrece una ampliación del mundo cercano y conocido. En esta línea, señalan:

 “La lectura sirve para no pensar que el mundo está solo limitado al conocimiento que uno tiene, que hay mundos muchos más amplios…” (Cabral);

 “La literatura es una manera de aprender, de viajar, de ingresar en la aventura. La lectura te abre posibilidades.” (Díaz);

 “En la medida que uno sabe más, va descubriendo cosas que son de una profundidad increíble…entonces, yo creo que la literatura da esa posibilidad.” (Ostropolsky).

Estas reflexiones confirman la idea de que la ficción abre en la realidad cotidiana nuevas posibilidades de ser en el mundo. Abre escenas que pueden no ser propias y de este modo amplía la posibilidad de proyección de sí mismo (12). Así, la literatura permite contemplar las circunstancias reales con nuevos sentidos y enriquece la comprensión de los hechos impactando en la dimensión personal del lector.

En opinión de los entrevistados, al hacer luz sobre situaciones y mundos posibles, la literatura brinda herramientas que favorecen la capacidad del sujeto para vincularse con la realidad, atravesar obstáculos, resolver conflictos e incluso darle nuevos significados a la vida. Así expresan:

 “En cualquier circunstancia que uno enfrenta en la vida, los consejos de Martín Fierro o los del Viejo Vizcacha siempre sirven para vivir (…) para salir de situaciones que son complicadas”, “La literatura de ficción puede ayudar (…) a evitar un contratiempo.” (Rizzo);

 “La lectura es una manera de aprender (…) de luchar, de defenderse.” (Díaz);

 “Cuando leí Operación Masacre la vida cambió totalmente para mí.” (Nissen).

Desde otra perspectiva, la investigación da cuenta del valor de la lectura de ficción como estimulante de la capacidad imaginativa. Frente al marcado protagonismo de la imagen en la vida cotidiana actual, la literatura fecunda la imaginación y la creatividad. Con singular elocuencia, uno de los entrevistados opina:

“La proliferación de la información a través del servicio de cable, que aumentamos de cuatro canales a noventa, la Internet, (…) no nos permite tener el tiempo para leer. Nos dan todo servido, y la cara de Sandokán me la muestran, y yo no me la imagino. Creo que le pegamos un tiro a la imaginación.” (Rizzo)

Y otros refieren, con cierta melancolía:

 “Al leer uno crea sus personajes, los inventa, se los imagina de una forma diferente. En cambio, si lo ve en una película uno dice “No, no era esto. El mío era más lindo.” (Crego);

“A mí me parece que la literatura supera al cine. ¡Lo supera!. La literatura es el único hacedor del relato, es el autor y vos. Entonces vos te imaginás hasta los personajes, corpóreamente te los imaginás. En cambio, en el cine ya los tenés. Y si vos hubieras leído el libro, ¿no?. Te los hubieses imaginado.” (Abritta).

En suma, el discurso de los entrevistados construye una figura de lector que valora la narrativa de ficción no sólo porque entretiene y brinda un placer singular, sino porque permite además expandir su relación con la realidad, proyectar su experiencia y enriquecerla. Se ha dicho que el texto literario puede generar empatía o desacuerdo, extrañamiento o reconocimiento, pero siempre involucra, interroga y transforma al lector.

Complementariamente, hay quienes destacan que el valor de la literatura reside en la posibilidad de ahondar en la esfera de la subjetividad y de las relaciones humanas. Así, señalan que la lectura amplía el horizonte de la individualidad y favorece la comprensión de la condición humana:

 “La lectura contribuye a volver universal a la persona. Le permite tener un pensamiento mucho más abierto, más plural, más contemplativo. Ser más tolerante”. (Entrevistado anónimo);

 “Te facilita poder ponerte en el lugar de otra gente que ha padecido determinados conflictos o situaciones límites o…alegrías o aventuras…te da un bagaje en cuanto a lo humano….Te permite tener una mirada más general y menos discriminatoria.” (Díaz);

 “El contacto con la literatura yo creo que forma a mejores personas.” (Rizzo).

También en la concepción de algunos de los entrevistados aparece la lectura literaria como formadora de valores éticos. Surge de varios testimonios que en el proceso de lectura se actualiza y despliega un sistema axiológico que confronta al lector con mecanismos de legitimación o censura respecto del accionar de los protagonistas, de los juicios que sustentan sus actos, de las ideologías puestas en juego. Así, se dice:

 “Por ejemplo, un pensamiento al que he acudido más de una vez, porque me parece importante, proviene de Goethe. Cuando Mefistófeles le ofrece el pacto a Fausto (…) Entonces inmediatamente reflexiona Fausto: ah! Entonces el infierno tiene leyes…hay que cumplir con la palabra (…) Como cualquier otra situación, que vos dependés de la voluntad del otro y estás respetando la dignidad de ser libre.” (Lozano);

 “Llegar a la conclusión de que Aquiles no era un personaje para imitar, eso me viene desde más chiquito, me quedó muy grabado…la furia no me parece un valor muy interesante (…) Insisto que uno termina tomando cosas que tienen que ver con su modo de vida, esto me planteo.” (Lozano);

 “(…) Si lees a Moliere también te das cuenta cómo los personajes no han cambiado, las costumbres no han cambiado (…) Y que no hay que amargarse porque por ahí a uno le parezca que va como el Quijote, a chocar contra los molinos de viento. Yo hago lo que me parece que está bien y punto.” (Miguens).

Estas miradas evidencian el potencial que, en la perspectiva de los entrevistados, reviste la obra literaria para enriquecer la práctica del Derecho. Y no sólo la práctica, también la formación de los actores jurídicos.

 “Esa costumbre de leer te facilita muchos las cosas en la Universidad. Sobre todo en mi época que no había curso de promoción sin examen. Dabas materias libres entonces había que leer y leer… ” (Argibay);

 “La literatura influye indirectamente en la vida profesional… Las distintas capas en las cuales uno se va formando, o sea por ejemplo, la literatura social, coincide mucho con mi formación política y también después con la formación académica en las materias en las cuales yo me desarrollé, como Historia del pensamiento político y Derecho Constitucional, y obviamente, todo eso forma parte de una mirada donde también entra lo que uno toma de la literatura ¿no? ” (Entrevistado anónimo);

 “La literatura te da la posibilidad de abrir tu cabeza en determinados tipos de temas y no estar solamente con la cosa del “casito” para poder solucionarlo.” (Dubois).

Según algunos participantes de la muestra, el inicio en el ejercicio de la profesión una vez finalizado el período de formación académica, representa para el abogado un cambio, un “golpe” con la realidad que conlleva necesariamente una readaptación de lo aprendido. En este contexto con frecuencia advierten una distancia importante entre el enfoque tecnicista de la formación académica y lo “real” de la práctica jurídica.

 “Cuando salís de la Facultad de Derecho tenés que recomponer, frente a la realidad, todo una serie de ideas que en la Facultad te las inculcan. Y después llegás a la realidad y te das cuenta que no ¿viste? Te estudiaste todo el Código de Procedimiento, sabés muchísimo, que sé yo, que se cuánto….La primera vez que vas a un Juzgado te encontrás con que en cada juzgado la práctica es distinta con el mismo Código.” (Argibay);

 “Hay toda una concepción con la cual yo no estoy muy de acuerdo, en que lo que se busca con la escuela judicial más que nada es una postura academicista, contra lo que —para mí—, es fundamental. Y esto lo digo por experiencia profesional; para mí los jueces que más confianza me inspiraban en cuanto a que hicieran justicia eran los jueces que tenían “calle”. Y la “calle” es, no solamente el conocimiento sino también el advertir cuáles son las condiciones en las que viven determinadas personas, y que tienen que resolver afectando la vida de esa gente.” (Ostropolsky);

 “El problema es que quien lee los códigos, aunque se los sepa de memoria junto a las explicaciones de todos los libros de Derecho, no es un buen abogado si no conoce la sociedad, si no conoce el cómo y por qué se llega a esto. No puede resolver los conflictos o los va a resolver mal, que es peor todavía.” (Cabral);

 “Lo que se debería hacer es ampliar la formación en las ciencias del comportamiento social. El Derecho se está empobreciendo en función de una técnica que intenta enseñar un artefacto lógico.” (Zaffaroni).

Articular las nociones del Derecho con la literatura implica acercar éste a la realidad. La experiencia literaria enriquece el saber específico del operador del Derecho con variables más cercanas a la lógica “blanda” de las ciencias del comportamiento, aportando una mirada más amplia y más contempladora de las singularidades. El contacto con la literatura funciona como conector con la dimensión emocional, subjetiva y social del individuo, ampliando de este modo el horizonte en el ejercicio profesional. Abonando esta dirección, los consultados señalan:

 “La literatura contribuye porque abre la cabeza” (…) “uno conoce de sociedades, de conflictos” (…). “Por ejemplo, en los últimos dos días leí una novela policial que refleja una cierta conflictividad actual en la sociedad china. El autor se llama Qiu Xiaolong y su novela refleja una sociedad, refleja cuáles son los conflictos y en la comisión de los delitos se muestra a una sociedad real.” (Cabral);

“La literatura te abre la cabeza, yo me acuerdo cuando leí ´Boquitas pintadas´. Manuel Puig es un conocedor de las relaciones humanas” (…) “Conan Doyle y la capacidad que tenía de escribir sobre lo cotidiano (…), él tiene una novela —´La caja de madera´ o ´La aventura de la caja de madera´— que era un tema de celos donde el tipo termina matando a la mujer.” (Nissen);

 “Lo que yo llamo novelas de aeropuerto, porque me las compro realmente en los aeropuertos para los viajes (…), que tratan sobre juicios norteamericanos (…) con eso he aprendido muchísimo de todo el sistema judicial americano.” (Highton);

Es precisamente la apertura al mundo que supone la lectura de ficción, con la ampliación de miradas que ofrece, lo que la convierte en una herramienta fértil. Porque fecunda el conocimiento y el activo cultural, y construye lo que podría denominarse el bagaje filosófico del operador del Derecho. Esto, a su vez, ayuda al abogado a pensar la conflictividad de la realidad en la que ejerce su práctica desde una posición rica en matices y le permite comprender con mayor profundidad su incumbencia y el alcance de sus acciones. En esta línea se dice:

 (…) “uno tiene que saber que las sentencias son algo que tiene efectos sociales, efectos reales, y son un cuadro con un marco (…).””Un juez que no se da cuenta que está haciendo un acto de gobierno, creo que es ciego, o inconsciente, o se está engañando. Si uno piensa en el efecto social, el efecto social tiene que valorarlo…” (Zaffaroni);

 “Tener un juez que sea un erudito en Derecho, y que no advierta las consecuencias en el mundo exterior que provoca una decisión basada en la conformidad personal que él tiene con la adecuación del caso a la subsunción de una norma, con prescindencia de esas vivencias que palpitan y necesitan una resolución, se convierte en grandes injusticias.” (Ostropolsky);

 “Montones de veces ha habido fallos en los que un tipo estaba matando a palos a la mujer. La mujer manoteó el cuchillo que tenía arriba de la mesa de la cocina, le pegó un puntazo y lo mató. Entonces el juez te dice “No, no. Pero, bueno, el medio empleado no es razonable porque él no la atacó con un cuchillo”. Pero no es cuestión de paridad de cuchillos (…). Hay que ver las situaciones. Entonces, estas situaciones de vulnerabilidad de la mujer hacen que generalmente la reacción parezca desmedida. Y no lo es.” (Argibay).

Finalmente, los entrevistados advierten que Derecho y argumento literario comparten un denominador común, que es el de los conflictos personales. En la medida en que la retórica literaria es libre y no se ajusta necesariamente a la lógica del universo reglamentado de la ley, aporta matices, recrea alternativas de desarrollo del conflicto y colabora en la destreza argumentativa propia del quehacer jurídico. La literatura nos invita a ampliar la clave de los razonamientos y fundamentaciones y a neutralizar ese carácter “críptico” con el que varios entrevistados definen al “pensamiento” y al enfoque judicial.

 “La estructura del discurso del Derecho se puede pensar como un relato, como una narración. Esto es lo que yo recojo como una cosa muy interesante en la actividad jurisdiccional. Porque uno no construye de una cierta forma una sentencia porque esa sea la única posible, sino porque por razones diversas, muchas de ellas extrajurídicas, uno está eligiendo un modo de presentar una situación y otro podría presentarla de otra forma.” (Ruiz);

 “La otra vez había leído un artículo escrito por José Luis Romero, que se llama “La ópera y el crimen”. Porque es cierto. Vos andá a mirar la ópera y en todos los argumentos de ópera tenés delitos metidos ahí: traiciones, homicidios, adulterio, violaciones, lo que se te ocurra.” (Argibay);

 “Las novelas policiales, justamente, tienen que ver con el Derecho porque son novelas donde las soluciones… tienen que ver, bueno, con crímenes…..Las cosas que ocurren tienen que ver, se vinculan con la ley; se trata de conflictos con la ley, generalmente penal. Pero también las novelas tienen herederos, sucesiones, las novelas tienen estas cosas que uno, mirándolas ahora retrospectivamente, están relacionadas con el Derecho.” (Highton);

 “Es como una posibilidad de ver de una manera más refinada alguna parte del mundo donde nos toque intervenir. Entonces, percibir diferencias que de otro modo no se perciben. Percibir discriminaciones que de otra manera no se advierten. Percibir conflicto de valores y no sólo conflicto de intereses que a veces se pueden resolver y a veces no se pueden resolver…. Y hasta para poder pensar en la complejidad de los individuos, de los grupos y de las sociedades.” (Ruiz).

En un contexto en el que señalan una actitud de desinterés y falta de dedicación a la lectura entre los jóvenes, los participantes de la muestra asumen que el hábito lector contribuye a ampliar el vocabulario y a optimizar la forma de expresión oral y escrita.

 “…a los jóvenes casi toda la lectura les resulta árida.” (Ruiz);

 “Creo que hay una ausencia total, una falta de circuito entre las nuevas generaciones y la literatura.” (Rizzo);

 “El 80% de los alumnos esperan salir de la Universidad para trabajar, por lo que cumple estrictamente con el mínimo de materias que le dan y con la mínima bibliografía y si es posible, ver nada más que los apuntes…” (Entrevistado anónimo);

 “La literatura sirve para que aprendan a escribir, porque cuando uno lee y lee mucho, generalmente cuando escribe, escribe bien.” (Abritta);

“Cuanto más lees más se te amplía el panorama de las palabras (…). Para poder comunicarte (…) pienso que quien no lee, está más limitado.” (Dubois);

“La literatura mejora tu escritura, la ortografía.” (Candarle).

  1. Reflexiones sobre el lenguaje de jueces y abogados

Nos interesó también indagar en las características del lenguaje judicial y su comparación con el lenguaje que usan los ciudadanos. Quisimos saber si eventualmente la práctica de la lectura literaria podía influir en el modo en que abogados, jueces y funcionarios judiciales articulan sus discursos.

En una primera aproximación y con referencia al lenguaje jurídico, hubo coincidencia sobre el carácter alambicado y plagado de tecnicismos de muchas decisiones judiciales. En definitiva, una forma de expresión alejada de lo que la gente común puede entender, y por ende, ineficaz para comunicar. En tal sentido, se expresa:

 “Mirá, el lenguaje jurídico, en general, es hermético, farragoso, pretencioso, te diría. Porque es una cuestión de tradición, ¿viste? ¿Cómo te van a entender?… ” (Argibay);

 “Hay sentencias que están escritas en un lenguaje totalmente técnico o más, como en un dialecto judicial….” (Zaffaroni);

 “En general, el lenguaje del discurso jurídico es uno que no llega a la gente. Es un lenguaje rebuscado, o era. Hoy hay una tendencia a hacerlo más sencillo. No guarda una relación orgánica de conjunto, descriptivo, que la gente pueda captar.” (Medina);

 “Yo creo que la literatura sirve para que aquéllos que tienen que escribir las sentencias de la Corte tengan en claro, además, a partir de una cierta riqueza y transparencia en el uso del lenguaje, cómo tienen que escribir. Y no con lenguaje críptico, interlineado, esto que tomamos de los norteamericanos del ´holding´, del ´obiter dictum´.” (Abritta);

 “El lenguaje judicial obviamente es muy técnico. Es uno de los déficit de nuestra justicia en cuanto al acceso del ciudadano común a lo que dicen los jueces. Es una barrera para el ciudadano común. Igual en la Ciudad somos un poco más descontracturados por ser un Poder Judicial nuevo.” (Candarle);

En línea con la afirmación de que el texto judicial se torna difícil para la comprensión de los destinatarios, uno de los entrevistados señala que en el ámbito de la justicia penal está arraigada la utilización de voces propias de la jerga policial:

 “Yo, en primer lugar, detesto ese lenguaje judicial que copia el lenguaje policial. Cosa bastante común, ahora menos, pero bastante común en materia penal, desde hablar con palabras que no existen en lo usual…por ejemplo, cacos. Que no es que esté mal dicho, pero uno no usa esa palabra porque, entonces, no se dirige al común de la gente que tiene que leer una sentencia. Así, por ejemplo, al hablar de “cacos”, “encausados”, “masculinos” se da una impronta de ajenidad al hecho cuando, en realidad, los que se juzgan son hechos de la gente común.” (Cabral).

En la ejemplificación sobre el léxico de los tribunales de justicia, surge la comparación con el lenguaje de los médicos, que también se sirve de términos específicos de ardua comprensión.

 “….es como los médicos que te hablan todo con las palabrejas latinas, todos los términos técnicos, que sé yo, y vos no entendés nada y tenés que preguntarles, lo cual les da una especie de poder.” (Argibay).

Hubo entre los entrevistados quienes pusieron énfasis en la distancia que hay entre las palabras judiciales y los contenidos narrados. En relación a esa extrañeza que exhibe el lenguaje de los tribunales para quienes no lo transitan con habitualidad profesional, uno de ellos asegura:

 “El idioma judicial es pésimo, horrible, alejado de la gente, y el Derecho no lo es. Palabras como “contestes”, “deviene” “ut supra”. Los latinazgos son peores. ¿Qué quieren demostrar? ¿Qué saben latín?” (Nissen).

En similar sentido, otros de los participantes de la selección hablaron de la falta de sorpresa e incluso, del tedio que puede generar la lectura de los textos judiciales.

 “El juez escribe todos los días pero si usted ve lo que escriben los jueces, es muy esquemático. Por ahí pierden el efecto sorpresa, que en una obra es imprescindible.” (Rizzo);

 “Porque además el estilo de escribir de los abogados, el estilo de escribir de los jueces es tan aburrido. No hay peor castigo que leer la jurisprudencia. A mí me parece horrible. Cuando encontrás un juez, una jueza, que sé yo, que escribe con un estilo más fluido; seguro que es más entretenido. Pero lo habitual es que haya clichés que se repiten.” (Ruiz).

Tales afirmaciones recuerdan las reflexiones sobre la “retórica egoísta” de la narrativa judicial que sólo pertenece “a los odiosos y estólidos jueces, con su jerga oscura”(13).

A propósito de los latinazgos, aunque los consultados los consideraron todavía comunes y de larga tradición en el lenguaje judicial, el reclamo consistió en dejarlos de lado y explicarse con mayor sencillez.

 “Hay algunas expresiones que se han convertido también en usuales como “non bis in idem” o “mutatis mutandis”. Y tienen que ver con el conocimiento general, entonces se utilizan mucho. Yo trato de apelar a la expresión lisa de la cuestión, ¿no? La prohibición para perseguir dos veces por el mismo hecho a la misma persona …” (Cabral);

 “Yo trato de evitar los latinazgos, salvo cuando no escribo una sentencia, sino jurídicamente y ya están incorporados al lenguaje popular, que son muy pocos. No más de cinco.” (Medina);

 “El uso de latinazgos está promovido desde la Facultad y la práctica (…) no sabemos comunicar (…) por más que lo que se diga sea correcto, hay que saber transmitirlo…” (Zaffaroni).

También los convocados a la muestra observaron la extensión innecesaria de los textos judiciales y sugirieron mayor concisión y claridad. Así se dice:

 “Y creo que uno de los grandes temas para, de alguna manera, reconciliar la justicia con la gente, sería hablar en términos comprensibles y más breves. Las sentencias siguen siendo excesivamente largas, excesivamente largas, excesivamente largas y con un idioma al que el gran público no accede.” (Fargosi);

 “Hay jueces a los que le gusta escribir mucho. Poner muchas palabras cuando a lo mejor se puede decir una cosa muy simplemente con cuatro palabras y transmitir el mismo mensaje.” (Argibay);

 “… si todos tuviéramos claro que el discurso se dirige a los justiciables, sería más fácil y más corto porque hay sentencias muy largas y… ¿quién quiere leer una sentencia larga?” (Weinberg).

En el campo del Derecho es frecuente que los operadores se vean constreñidos por exigencias de una comunicación mejor y más económica a recurrir a un lenguaje técnico. Y vocablos como “prescripción”, “hipoteca”, “capacidad”, ahorran al jurista el esfuerzo que supondría aludir a las mismas complejas circunstancias con un léxico menos preciso y menos profesional (14). En general, los entrevistados coincidieron en la necesidad de valerse del lenguaje técnico en su discurso, pero hicieron una clara distinción con el lenguaje de difícil comprensión y abogaron por hacerlo más comprensible para la gente a la que las decisiones judiciales están destinadas.

Así fue que sobre la tensión entre el lenguaje técnico y el lenguaje accesible a la gente, los consultados manifiestan:

 “Yo no estoy muy de acuerdo con el lenguaje popular en las sentencias. Creo que tienen que tener un lenguaje técnico comprensible, que no sea hermético. Tiene que ser una cuestión técnica, porque sino caemos en la imprecisión del lenguaje aplicado al caso. Yo puedo explicar lo que quiero decir, pero a lo que yo le tengo miedo es a esta especie de desinflado de la exigencia hacia la excelencia. Pareciera que la excelencia es una cosa elitista que no condice con la media de la población, entonces tienen que bajarse los estándares. Creo que no es así, que hay que tender, y exigirse a uno mismo, para llegar a lo mejor, y no buscar solamente la conformidad.” (Ostropolsky);

“Yo no creo que se puedan escribir las sentencias en un lenguaje tan coloquial que cualquiera pueda entenderlo. Pero lo que digo es que una sentencia tiene que tener cierto grado de posibilidad de ser comprendida en términos generales.” (Ruiz);

 “Yo trato, a veces, sobre todo integrando una Cámara que es revisora (…). Hay que apelar a cuestiones técnico jurídicas para explicar una decisión, pero intento en lo posible hacerlo del modo más sencillo. Creo que ha mejorado mucho en ese sentido la redacción de las sentencias judiciales.” (Cabral);

“Me parece que las sentencias deberían ser más claras, con vocabulario, sí, preciso, y si hay que usar vocabulario técnico; técnico. Para algunas cosas hay que hacerlo necesariamente. Pero no crípticas, no ininteligibles para la persona de la calle. Es decir, que no solamente las entendamos los abogados, que las entienda todo el mundo.” (Crego);

 “La sentencia debe permitir que cualquier persona, sea una persona que esté en el secundario, que no sea abogado…cualquiera, pueda entender lo que quiere decir, más allá del basamento jurídico o doctrinario que pueda tener…” (Manguel).

Con referencia a la sintaxis, hubo quien señaló el uso abusivo de la fórmula comprensiva del “que” más el gerundio en la redacción de los textos. Y en forma complementaria, otro de los requeridos rescató el avance sustancial que se registra en los fallos de la Corte Suprema de Justicia Nacional al abandonar en muchos casos el uso del “que” al comienzo de cada uno de los párrafos. Pero advirtió las resistencias que esa modificación en la sintaxis generaba en algunos funcionarios acostumbrados a la tradicional forma de escritura y reacios al cambio.

 “Me parece que el abuso del ´que habiendo´, ´que sabiendo´, el ´que (…)´ es abrumador.” (Ruiz);

 “La Corte ha hecho un avance… tiene una modificación sustancial de su forma de escribir la sentencia. Carmen Argibay, hablábamos… Antes las sentencias empezaban “que, que, que”. Bueno, hay que ver los votos de Carmen, y cuando alguien le dijo “Pero siempre se hizo de esta manera”. “Bueno, yo no” le contestó. “Estoy harta que me digan en todas partes que siempre se hizo así”, decía Carmen.” (Cabral);

Si todo acto de lectura es una difícil transacción entre la competencia del lector —su conocimiento del mundo— y la clase de competencia que determinado texto postula con el fin de ser leído de modo económico (15), el texto judicial conformado por voces latinas y términos desconocidos para el receptor del mensaje, no logra el anudamiento deseable y se erige en un discurso cerrado que dificulta el acceso a la justicia.

Otro hallazgo de la investigación fue que el estilo barroco de la escritura judicial surge de la necesidad de los jueces de confrontarse, e incluso lucirse frente a sus colegas, poblando el discurso de citas y latinazgos. Sin ambages, se dijo:

 “Los jueces, en general, no escriben para el imputado, para el demandante, para el actor o para el demandado, las partes en el juicio. No escriben para ellos. Escriben para deslumbrar a sus colegas. Entonces, muchas citas, mucho latinazgo… A mi me hace mucha gracia…” (Argibay).

Esta aseveración es similar a lo que se señala desde la investigación lingüística: “¿Con quién dialoga el juez? De un modo indirecto y directo con los otros jueces del tribunal, y quizás con otros posibles jueces. Frente a ellos juega su propia imagen como magistrado (puede también que haya otros posibles interlocutores que tengan ya que ver con la vida privada del juez: mujer, hijos amigos, con quienes también enfrenta su imagen) y con las representaciones de las partes, los abogados.”(16)

En la misma línea de reflexión, hubo quienes señalaron la importancia de tener en claro a quién está dirigida la sentencia, poniendo de manifiesto que no en todos los casos el justiciable es el destinatario de lo que se dice en la resolución judicial. Interviene también en la factura del texto judicial, el interés de lucimiento propio del emisor del discurso.

 “… lo primero que tenés que pensar es para quién escribís la sentencia. A quién va dirigido ese discurso, y no siempre es al actor o al demandado. Es que no necesariamente está del todo claro cuál es el destinatario. Hay jueces que escriben porque creen que los leen los tribunales superiores del interior.” (Weinberg);

 “Hasta hay jueces que hacen citas en otros idiomas y no las traducen.” (Ruiz).

En igual sentido se ha dicho que “al redactar no nos mueve ni el simple afán de ver escritas nuestras ideas ni la satisfacción de leerlas, sino más bien el propósito de que el lector las comprenda y las acepte”(17). En relación con ello, se citaba el consejo de Quintiliano, abogado y pedagogo español del siglo I: “Al escribir proponte, no que alguien te pueda llegar a entender, sino que nadie te pueda dejar de entender”.

Hubo coincidencia generalizada sobre el progresivo empobrecimiento del lenguaje entre los abogados. En general, lo atribuyeron al menor tiempo dedicado a la lectura y a la utilización intensiva de los dispositivos digitales.

 “Yo creo que es muy pobre. Creo que es muy pobre y en esto sí creo que hay una influencia enorme de la computadora. Porque quizás por estar colapsado el sistema judicial, quizás por la falta de tiempo es un “cortar y pegar” muchas veces. Muy pocas veces uno puede ver realmente una sentencia, que aunque sea contraria a los intereses que uno está defendiendo, uno dice “¡Que buena sentencia!” (Manguel);

 “Los abogados jóvenes cada vez leen menos, el lenguaje es cada vez más pobre, algunos entran a un lenguaje técnico, pero ni siquiera es un lenguaje técnico, creo que hay un empobrecimiento del lenguaje… Yo no sé si eso viene de la Facultad o si es producto de que estamos manejando computadoras o que cada vez se lee menos … no sé, no sé, la verdad no sé, yo ya no corrijo exámenes escritos, hace muchos años los corregía y me volvía loco… he leído cosas, homicidios sin H y con S.” (Zaffaroni).

  1. Presencia de la lectura literaria en ámbitos académicos

En torno a la factibilidad de integrar textos literarios en el proceso de enseñanza del Derecho; los entrevistados coinciden en la importancia que revestiría en la formación de los hombres y mujeres del derecho.

 “… la literatura debe convivir con la formación del abogado.” (Lozano);

“la literatura puede dar mucha más formación y educación para poder tener más claro el concepto de justicia…” (Díaz);

“A mí me parece que nos puede ayudar para ser mejores operadores jurídicos (…). De lo que yo no tengo duda es de que cuanto más se motive a la gente que trabaja en el campo del Derecho a ampliar sus marcos imaginativos, habrá un enriquecimiento de la mirada y un reconocimiento, casi individual, de los límites que el sistema operativo propone y hasta cuándo estos límites son franqueables o no. Que no es lo que habitualmente se aprende en la Facultad” (Ruiz).

Desde esta perspectiva, los entrevistados, valoran la idea de una trasmisión de saberes en la que pueda encarnarse un universo más amplio a través de la articulación de textos académicos y de lectura de ficción. En ese sentido, hubo quienes dieron cuenta de experiencias satisfactorias realizadas en las Facultades de Derecho de la Universidad de Buenos Aires; en la Universidad de Derecho de la Matanza; y en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

 “La experiencia en mi materia, trabajando por ejemplo, con “El extranjero” de Camus. …fue una experiencia extremadamente interesante. …al principio a los alumnos les parecía que era una locura y después, se empezaron a ver ganados por esto de discutir algunas cuestiones del Derecho. Alguna vez, tomamos algunas partes de “Antígona” (…) Otra, (…) con el texto de Kafka “Ante las puertas de la ley” (…) Porque pretender que leyeran todo “El proceso” es difícil. ” (Ruiz);

“Hablando con el decano de la Facultad de Derecho de la Matanza en ese momento, me muestra algunos programas de las materias. En todas las materias introdujeron alguna lectura obligatoria de una obra de literatura universal que tuviera relación con la materia, (…) estaba “El Príncipe” de Maquiavelo en Derecho Político, lógicamente. En Derecho Penal había millones (…) estaba “Crimen y castigo” y había muchas otras también (…) “El extranjero”, de Camus. (…) en Derecho de Familia la novela universal que trata sobre la historia de la familia era “Los Buddenbrook” (…). Todo era así. Claro, son gente que tiene muy poca instrucción en la escuela y esto los va llenando mucho. Porque yo supongo que cuando empiezan a leer (…). Está bien, Dostoievski no es lo ideal para empezar a leer, pero podría ser algún otro que los fuera enganchando en la literatura porque si no, no empezás a leer nunca más. (Argibay) (18) ;

“Por ejemplo, yo estuve el año pasado en unas jornadas que se hicieron en la Facultad de Filosofía y Letras, había tres paneles en los que discutían sobre la policía y el género policial en los últimos treinta años de democracia. Entonces, hicieron una mesa integrada por gente que era de Letras y que la mayor parte venía trabajando como hace diez años en una experiencia fantástica que eran talleres literarios en las cárceles. (…). Yo les dije en ese momento, ´Mirá, yo creo que esto es una cosa muy interesante para llevar a Derecho´.” (Ruiz).

De cara al estímulo que requiere la introducción de textos de ficción en el plan de estudios de la carrera de Derecho, surge con frecuencia la propuesta de convocar a expertos en literatura y gente de letras para trabajar conjuntamente con profesores de la Universidad.

 “Una de las cosas que hay que hacer es empezar a traer a la gente que hace literatura a la Facultad de Derecho, ponerla en un lugar destacado, sentar a los profesores y que los alumnos vean que si citan a Cervantes, esto vale tanto o más que citar a Savigny.” (Lozano);

“La introducción de la literatura podría llevar la forma de alguna materia que no necesariamente necesita estar a cargo de gente que provenga del Derecho pero que trabajara en simultáneo… y que tuviera la humildad por parte de los de Derecho de buscar otra gente que pudiera colaborar en esta labor que serviría a dos puntas: despertarles un cierto entusiasmo por la lectura y por el otro lado, impulsarlos a escribir mejor.” (Ruiz).

Y en cuanto a cuál sería la oportunidad precisa para que los universitarios entraran en contacto con la Literatura, se señalan distintos momentos y formatos. Se la imagina al inicio de la carrera, como materia curricular, como aplicación puntual en algunas materias o como seminario, taller o debate.

 “No una materia específica de literatura, salvo que sea en el ingreso. Lo que serviría es concretamente que cada profesor en su materia tenga un punto en la bolilla que trate obras de Shakespeare, de Dostoievsky.” (Nissen);

“Yo creo que puede ser más interesante quizás, que se estimule la generación de seminarios en los cuales se aborden obras determinadas”. (Lozano);

“Sería muy bueno que hubiera un taller en las facultades…no sé si materia curricular o de puntos, u optativa” (Crego);

“Me parece que una actividad relacionada con la literatura podría desarrollarse a lo mejor, en el primer año de la carrera de Derecho… a lo mejor, al inicio, cuando la gente tiene todo el déficit con el que entra a la universidad pero, también, todavía no está muy marcado por estos clichés de la profesión. A lo mejor generar un espacio, una materia y seleccionar un buen grupo de gente preparada” (Ruiz).

También se propuso el desarrollo de actividades culturales ligando el entretenimiento y la literatura: cine, intervenciones teatrales sobre textos literarios, debates grupales sobre obras literarias que pudieran ser abordadas desde la perspectiva del Derecho. Actividades todas concebidas como una modalidad dinámica de aproximación al texto literario, desde una perspectiva que podría resultar menos exigente y más estimulante para el alumnado.

 “Después de trabajar ciertas cuestiones teóricas o dogmáticas, proponerle a los alumnos que reflexionen o que trabajen sobre las categorías o sobre las cuestiones que se han debatido, uno puede proponer una película o puede proponer una serie de televisión. Esto es mucho más fácil para los jóvenes, que están más acostumbrados a una cultura visual que a la de la lectura.” (Ruiz);

“Lo que hay que buscar son medios que estimulen el crecimiento. A veces el cine es una buena ocasión, porque como te viene embotellado vos no te podes resistir… tenés que estar muy cansado para dormirte… el pochoclo suele distraerte lo suficiente, muy poco como para que no veas la película… y me parece que esto puede ser una manera de ingresar el asunto..” (Lozano);

“Salones literarios como era el bar “La Paz”, que ya no existe. Pero me parece que habría que prestarle atención a esto. Además, todo ello tiene mucho de lúdico cuando uno lo hace bien…. Esto tenía que ver con concentrar a la gente en un espacio y hacerlos interactuar.” (Lozano);

“…tenía algunas anécdotas fantásticas: daba un pequeño texto y todos leían el texto buscando la solución jurídica, invocando el artículo cuando podría haber sido leído de cualquier otra manera sin que tenga que ver nada con el Derecho. Digo, hay una cierta perspectiva sesgada, que a mí me parece que habría que empezar a abrir. Y creo que no se hace sólo entusiasmándolos con que lean, más allá de que ya ese es un buen camino.” (Ruiz) ;

 “En el Colegio Público de Abogados de la Ciudad de Buenos Aires tenemos una Comisión de Cultura (…). Hacemos teatro, que es una forma de leer textos. De vez en cuando hay alguna representación de obra. El año pasado implementé un taller en donde se ven películas, después se debaten.” (Rizzo);

“Alguna novela de Piglia como “Blanco nocturno”; es una novela bastante interesante para jugar como una investigación. Uno puede imaginar cómo investigaría un juez, cómo investigaría un fiscal, cómo se armaría el relato de esa historia en un expediente judicial. ¿Qué es lo que puede haber en ese expediente, qué podría estar y qué no podría estar, no?” (Ruiz).

Ante la Invitación a pensar en el ingreso de la literatura a los claustros universitarios, los consultados relacionaron la práctica literaria con textos concretos, quedando diseñado una suerte de canon literario posible. En el ámbito de la literatura universal se mencionaron diversos textos clásicos y otros no tan clásicos. Tales, “El príncipe” de Nicolás Maquiavelo, “El mercader de Venecia” y “Medida por medida” de William Shakespeare, “El Conde de Montecristo” de Alejandro Dumas, “Crimen y castigo” de Fedor Dostoievsky, obras de Arthur Conan Doyle, “Los Buddenbrook” de Thomas Mann, “El extranjero” de Albert Camus, obras de Georges Simenon, “Tienda de los Milagros” de Jorge Amado, “Las intermitencias de la muerte” de José Saramago, “El chino” de Henning Mankell, “Mañana en la batalla piensa en mí “de Javier Marías y novelas de John Grisham.

Y en el escenario de la literatura nacional, entre las obras de los autores que tratan cuestiones susceptibles de ser miradas desde el Derecho, se citaron “Los premios” de Julio Cortázar, “Guayaquil” de Jorge Luis Borges, “Blanco nocturno” de Ricardo Piglia, “El caso Satanowsky” de Rodolfo Walsh, ” Morosos” de Osvaldo Soriano, “La profanación del amor” de Marcos Aguinis.

Si bien en el discurso de los entrevistados hay acuerdo en utilizar material literario, aparecen voces disímiles en cuanto a su implementación. Las ideas pivotean entre hacer de la literatura una práctica obligatoria como parte de la currícula o, en cambio, pensarla como una “invitación” estimulante, quedando la decisión de abordar la lectura a voluntad del alumnado.

 “Estimular la lectura…no desde la obligación para dar clase,…sino como una forma de trabajo de investigación, de placer… creo que desde los ámbitos institucionales es muy importante que se lo pueda estimular” (Dubois);

“A mí no me gusta recomendar mucho que lean algo, porque no es lo mismo cuando uno lo lee porque se lo imponen, yo me acuerdo una clase de literatura del colegio secundario, había que leer tal cosa, léanse una novela ejemplar de Cervantes. Y yo no leí después el Quijote hasta los 30 años….Y si uno, en libertad se leyera el “Martin Fierro” podría sacar una serie de conclusiones interesantes.” (Zaffaroni);

“Curricular como vos decís. Creo que es un entrenamiento. Un camino iniciático, una iniciación que uno tiene que atravesar para que después venga el placer en la lectura…. Si, si. Una literatura básica obligatoria, como me hacían a mí en el colegio. En todas las materias. Algo que tenga que ver, por supuesto: literatura y justicia, literatura y contratos, literatura y familia, literatura y sociología…” (Crego);

“Me parece que debería ser obligatorio porque ahora creo que los planes han cambiado respecto de mi época de estudiante. Pero actualmente hay materias que son optativas como Derecho romano que es una materia cultural” (Miguens);

“.. En Sociología leímos mucho nosotros con nuestro antiguo programa. Se leía mucho, mucho. Filosofía, Sociología, Historia de las instituciones, Historia del derecho.., eran materias en las que había que leer horrores. En Sociología tenías que leer a los grandes sociólogos de la historia. Y en Filosofía a los grandes filósofos de la historia. O sea, tenías literatura anexa.” (Crego).

A pesar del consenso en el segmento entrevistado respecto del valor de utilizar textos literarios en la formación del abogado, hubo quienes anticiparon posibles resistencias en la comunidad académica.

 “Los docentes son reacios en lo que se refiere a estas cosas. Pero bueno, es un proceso de reproducción…del modelo que hemos internalizado.” (Ruiz);

“No sé, porque acá también hay una cuestión de las tradiciones y las formaciones. Cuesta mucho salir de esas formas ya muy cristalizadas, digamos así. Más que cristalizadas, petrificadas…Costaría mucho porque sería una introducción de algo que nunca se hizo. Es algo demasiado nuevo…” (Argibay);

“…no es un problema simple,…en la Facultad donde hay poco interés por esto, incluyendo a los docentes, se hace más complejo.” (Lozano);

“La introducción de la literatura en la carrera depende de la mentalidad del profesor. Para el nivel normal del profesor de Derecho, que es muy técnico, le hablás de poner una película y te dice… Es para pocos profesores esto, hay gente que piensa que el Derecho todavía es una ciencia (…). Hay mentalidades que son muy cerradas” (Nissen);

“En el diseño de la capacitación judicial que tiene el programa de la Corte, que sé yo, hay profesores de literatura que más o menos te enseñan a escribir. Pero los abogados somos muy autosuficientes….El tema es que sabemos todo. Entonces… qué me van a venir a enseñar…” (Argibay).

Al tiempo que los informantes de este estudio dan cuenta, en forma generalizada, que la literatura puede ampliar el ámbito del conocimiento del Derecho y proveer recursos eficaces para el quehacer de los operadores jurídicos; muchas de las respuestas muestran que es preciso tener conciencia que todo posible cambio trae aparejadas resistencias y el camino de la modificación de las prácticas habituales de docentes y estudiantes universitarios es difícil de llevar a la práctica. Sin perjuicio de ello, hay quienes señalan que el ensayo, la evaluación periódica y la disposición a generar espacios nuevos son el sendero posible para la introducción de la literatura en la Universidad.

 “… no todo está perdido, la vida continuará y lo que hay que buscar son medios que estimulen el crecimiento.” (Lozano);

“Yo creo que hay que ir generando espacios y generando necesidades que tienen que ser satisfechas en los alumnos. Porque si los alumnos empiezan a descubrir que esto les permite determinadas cosas que antes no podían tener ni hacer, seguramente lo van a ir reclamando” (Ruiz).

  1. Corolario

Hasta aquí hemos intentado reflejar las voces de nuestros entrevistados. En el camino de indagar sobre el cruce de Literatura y Derecho, se abordaron diferentes temas, tales como el efecto de la lectura literaria en la formación de los operadores jurídicos, el lenguaje judicial, la comunicación de las sentencias, la educación universitaria. A partir de esta selección, confirmamos la idea de que la literatura es idónea para habilitar personas fortalecidas en su práctica profesional y en su dimensión humana. Por un lado, la observación general fue que “hoy no se lee como antes” (afirmación que acaso, hoy resulta controversial para los expertos en pedagogía de la lectura) y ello llevaría a un demérito en la expresión oral y escrita. Y por otro, se señala que los pronunciamientos judiciales conservan un lenguaje difícil y muchas veces inaccesible para sus destinatarios naturales.

Finalmente, al tiempo que nuestros interlocutores advierten los beneficios del ingreso de la literatura a la carrera de Derecho, dan cuenta de los reparos que todo cambio supone y ayudan a pensar formas creativas de presentar la lectura literaria.

 (*) En la realización de esta investigación que se concreta en esta producción escrita intervinieron además, Adriana Redondo, Sandra Wierzba, Ana María Vila y Bartolomé Orfila, tanto en la generación de ideas para el abordaje de las entrevistas, como en la concreción de las mismas. Quienes ayudaron en la desgrabación fueron los abogados y estudiantes de Derecho de la UBA Daniela Berisso Quintana, Pablo Pérez Ledesma, Paula Alvarado, Damián Barneche, Roberto Velázquez Rossi, Federico Olivera, María Eugenia Borrajo, Gonzalo Ana Dobratinich, Ornella Costábile y Agustina Vázquez.

 (1) VILA, VILA, BASSO, ORFILA, VINDERMAN, VILLEGAS, WIERZBA “Lectura, Literatura y Justicia en la formación universitaria” en Academia-Revista sobre enseñanza de Derecho, Rubinzal Culzoni Editores, n° 21, 2013, pág 185.

 (2) KARAM Trindade, André; MAGALHAES GUBERT, Roberta, “Derecho y Literatura. Acercamiento y perspectivas para el Derecho” en Revista Electrónica del instituto de Investigaciones “Ambrosio L. Gioja”, año III, n° 4, 2009, p. 172/175.

 (3) BORGES, Jorge Luis, “Poema Conjetural” en “El otro, el mismo” (1964), Obras Completas, Emecé Editores, 1974, p. 867.

 (4) Fechas de las entrevistas, listado de los participantes y agradecimiento: 1.-26-6-2013, Carlos M. Manguel, abogado; 2.- 23-7-2013 Marcela Crego, abogada; 3.- 18-9-2013 Mario Dubois, abogado; 4.- 8-10-2013 Gabriela Díaz, abogada; 5.- 7-12-2013 Dolores Miguens, Secretaria del Juzgado Civil N° 22; 6.- 26-2-2014 Elena Highton de Nolasco, Jueza de la Corte Suprema de Justicia de la Nación; 7.- 26-2-2014 Carmen Argibay, Jueza de la Corte Suprema de Justicia de la Nación; 8.- 26-3-2014 Jorge Rizzo, Presidente del Colegio Público de Abogados Ciudad Autónoma de Buenos Aires; 9.- 10-4-2014 Entrevistado anónimo; 10.- 15-4-2014 Eugenio Zaffaroni, Juez de la Corte Suprema de Justicia de la Nación; 11.- 21-4-2014 Ricardo Nissen, abogado y ex Director de la Inspección General de Justicia; 12.-25-4-2014 Alejandro Fargosi, miembro del Consejo de la Magistratura Nacional; 13.- 28-4-2014 Luis Lozano, Juez del Tribunal Superior Ciudad Autónoma de Buenos Aires; 14.-11-6-2014 Luis María Cabral, Juez subrogante de la Cámara de Casación Penal; 15.- 13-6-2014 Inés Weinberg de Roca, Jueza del Tribunal Superior Ciudad Autónoma de Buenos Aires; 16.- 1-10-2014 Cristián Abritta, Secretario de la Corte Suprema de Justicia de la Nación; 17.-15-10-2014 Graciela Medina, Jueza de la Cámara Federal Civil y Comercial; 18.- 17-11-2014 Alicia Ruiz, Jueza del Tribunal Superior Ciudad Autónoma de Buenos Aires; 19.- 19-11-2014 Daniel Ostropolsky, miembro del Consejo de la Magistratura de la Nación 2010/2014; 20.- 27-11-2014 Gisela Candarle, Secretaria de Coordinación de Políticas Judiciales del Consejo de la Magistratura de la ciudad de Buenos Aires. Agradecemos a todos quienes nos brindaron su tiempo, quitándoselo a sus valiosas ocupaciones profesionales y decimos que salimos enriquecidas del intercambio. En especial, un homenaje a Carmen Argibay, quien se nos fue poco tiempo después de entrevistarla, pero que permanece en este trabajo con toda su sencillez, inteligencia y generosidad.

 (5) PETIT, Michèle, “Al principio fue la experiencia lectora del Otro”, Diplomatura Superior en Lectura, Escritura y Educación, Flacso, 2013, Clase 6.

 (6) ANDRUETTO, María Teresa, “Sobre el acceso al exceso”, Diplomatura Superior en Lectura, Escritura y Educación, Flacso, 2013, Clase 23.

 (7) RIBAS, Tomás R., en el mismo sentido “El proceso de enseñanza-aprendizaje del Derecho”, Hammurabi, Bs. As., 2000, p. 32.

 (8) BORGES, Jorge Luis, “La Biblioteca de Babel” en “Ficciones”, Obras Completas, Emecé Editores, 1974, p. 465.

 (9) CORTAZAR, Julio, “Clases de Literatura. Berkeley, 1980”. Alfaguara 2013, p. 16.

 (10) HEBRARD, Jean, citado por R. Chartier. “El sentido social del gusto: Elementos para una sociología de la cultura”, p. 261, 1° Ed. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores.

 (11) GIARDINELLI, Mempo, “Volver a leer. Propuestas para ser una nación de lectores”. Edhasa, Buenos Aires, 2006, p.28.

 (12) RICOEUR, Paul, “Del texto a la acción. Ensayos de hermenéutica II”. Fondo de Cultura Económica, México, 2002, p. 108.

 (13) BRUNER, Jerome, “La fábrica de historias. Derecho, literatura y vida”. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2013, p. 71.

 (14) VERNENGO, Roberto J., “La interpretación literal de la ley”, Abeledo-Perrot, 1994, p. 44.

 (15) ECO, Umberto, “Interpretación y sobre interpretación”, Prima Gráficas S. L, España, 1997, p. 81.

 (16) PARDO, María Laura “Derecho y Lingüística. Cómo se juzga con palabras”, Ediciones Nueva Visión, 1996, p. 69.

 (17) CLAVEL BORRAS, Javier, “Cómo redactar mejor”, Librería El Foro, 3° edición, p. 39.

 (18) Débora Marhaba, integrante de Lectores para la Justicia, trabaja con “El fantasma de Canterbury” de Oscar Wilde para enseñar contenidos del Seminario de Derecho de los Consumidores, cátedra Graciela Barbieri, en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de La Matanza.